Bitcoin: 413 muertes y nadie apaga la luz
Imaginen la escena que dibuja un inversor del foro: comprar una navaja de seis centímetros por cien euros, afilar el machete y poner su dinero en forjas y metales industriales porque, sostiene, serán lo único que se venda. Sobre la mesa, un iPhone 10 heredado del abuelo. Ese cuadro postapocalíptico apareció cuando la cotización del
bitcoin se despeñó, y retrata el humor de buena parte del inversor patrio: cabreo, ironía y poca fe en el relato cripto. La tesis de fondo es que la especulación ha inflado el precio de productos básicos y ha quemado
recursos energéticos irrecuperables.
El diagnóstico: energía quemada y cesta de la compra por las nubes
El argumento central es económico antes que moral. Se sostiene que el capital que entró en criptoactivos disparó la demanda de electricidad, que ese gasto ya no se recupera y que la presión sobre la energía acaba trasladándose al precio de bienes corrientes. De ahí el aviso de que la
clase media pagará la factura mientras una minoría consolida posiciones.
Hay quien va más lejos y habla de un hipotético gobierno tecnocrático global que se consolidaría hacia
2030, con financiación ya garantizada. Es la parte que mezcla análisis con sospecha conspirativa, y conviene tratarla como lo que es: una afirmación que se deja caer sin un solo dato que la respalde. Lo verificable es lo otro, la factura energética y su traslado al carrito.
¿Cuántas veces ha muerto bitcoin? La respuesta es 413
Frente al anuncio de defunción, media conversación responde con un contador:
413 veces. Ese es el número de ocasiones en que el activo habría muerto y resucitado según el recuento que circula. La réplica más repetida tiene una simpleza aplastante: si ya ha caído veinte veces, ¿por qué no va a caer la vigesimoprimera y volver a levantarse?
En el otro extremo hay quien recuerda que
la inflación existía antes del bitcoin y que el abandono del patrón oro explica buena parte de la pérdida de poder adquisitivo del dinero fiat. Se subraya que hay
21 millones de bitcoins como techo, frente a la impresión ilimitada de euros y dólares. Es la defensa clásica: escasez programada contra emisión discrecional.
Tres carteras con el 3% de todo el bitcoin
La defensa se topa con una foto incómoda: la concentración. Un mismo mensaje cifra que
3 carteras poseen el 3% del total de bitcoins y que 84 carteras, sin contar las anteriores, suman otro
14%. El 17% de la oferta estaría en manos de apenas 87 carteras. Con ese mapa, el argumento de que el primero que entra se forra y para eso miles tienen que perderlo todo se sostiene solo. Economía elemental.
El problema no es el precio, es encontrar comprador
Aquí está el nudo que casi nadie discute: la liquidez. La objeción más sólida señala que el bitcoin no sirve para pagar directamente casi nada y que cambiarlo exige que exista alguien dispuesto a comprar. Y a medida que el precio sube, quedan menos compradores dispuestos. El símil con el oro es recurrente: un lingote también es difícil de colocar, y por eso se fracciona.
Fraccionar no sale gratis. A un comprador no le resulta atractivo cambiar
57 euros por 0,001 bitcoin, y la paradoja es que cuanto más caro se pone el activo, más cuesta colocar una parte. Quien cambia divisa en países donde no aceptan euros paga comisiones que rondan el
6% en servicios tipo Moneygram, y hay quien ve ahí el terreno abonado para las criptomonedas. Otra cosa es que el remedio funcione.
De los pronósticos al ajuste de cuentas
A lo largo del tiempo, la disputa ha ido pasando de la teoría a los pronósticos. Una voz enfrentada presume de haber acertado: cuando el bitcoin cotizaba a 60.000 y muchos auguraban los 100.000, él dijo que bajaría, y efectivamente
cayó a 40.000. Reconoce después que se equivocó al prever un descenso inmediato tras el rebote, pero se queda con el acierto grande.
Quien abre la discusión reconoce que se nutre del disgusto ajeno, y lo dice sin rodeos: le basta leer las noticias para estar pletórico. Cuando se le responde que alegrarse de los males ajenos es de oportunistas, contesta que solo le alegra la caída del que busca en el bitcoin su vía de escape. La conversación, como casi todas las de este tipo, tiene más de ajuste de cuentas que de análisis.
Optimismo, tulipanes y un cuenco de arroz
La conversación tiene su carnaval. Está quien compró por 68 euros, ahora tiene 73 y presume de operar bien. Está quien quiere que el bitcoin caiga a 10 dólares para ver vender a todos. Está quien compara la fiebre con los tulipanes. Y está la defensa más citada: si el bitcoin muere, «tendrás una posibilidad menos de ser libre».
Al final, la única certeza no está en el gráfico. Un inversor duro de convicciones resume así su apuesta: si el bitcoin, el oro y el dinero fiat van a caer algún día, nadie sabe cuándo ni en qué orden. Y el otro cierra con una frase que ya es declaración de principios: «Al final, siempre prevalecerá... el cuenco de arroz».