El buen hablar
Creo que lo más importante que he aprendido no son conocimientos concretos, ni métodos, ni meditaciones, ni fórmulas, sino algo que tiene que ver con el orden natural de las cosas. No importa mucho en que ámbito lo aplicas pero siempre confirmas que el orden natural es transversal a todos nuestros planos.
El “novedoso” concepto de fractalidad fue comprendido y manejado por las grandes culturas que hoy llamamos ingenuamente “pre-históricas”. Este concepto ahora es mil veces más fácil de comprender, gracias a que la tecnología nos puede mostrar la similitud del patrón de formación de una galaxia con un caracol. Esto no hace sino poner en evidencia que en el universo operan leyes que funcionan más allá de nuestra opinión.
El punto es que así como podemos reconocer visualmente ese patrón de formación u ordenamiento en la materia, no estamos muy lejos de comprender o “imaginar” que por analogía debe suceder algo así con la energía y especialmente con lo que llamamos consciencia.
El sagrado principio de la dualidad o doble naturaleza de las cosas –maravilloso re-descubrimiento de la física cuántica- es la punta del hilo de la madeja con el cual empezamos a recuperar la memoria del camino perdido.
Como la energía, a veces se manifiesta en forma continua, de un extremo de su polaridad hasta el otro y otras veces nos muestra, cómo en su camino se destacan ciertos momentos que podemos interpretar como puntos, momentos, planos o dimensiones.
Los Upanishads, una de las escrituras sagradas más antiguas de la humanidad, ya rezaba de esta manera:
“asato ma sadgamaya
tamaso ma jyotirgamaya
mrtyorma amrtam gamaya”
“Llévame de la irrealidad a la realidad
de la oscuridad a la luz
y de la gloria a la inmortalidad”
Toda la experiencia humana está contenida en este espectro. Del cero al infinito, de la violencia a la paz, de la inconsciencia total a la consciencia absoluta. Este es el viaje de la existencia, querámoslo o no, sepámoslo o no.
La violencia es a la oscuridad como la paz es a la luz. La transformación de nuestra violencia es la transformación de nuestra propia oscuridad, por eso no hay cosa que nos violente más que descubrir o que descubran nuestra gran oscuridad (o nuestra gran violencia). Esto genera emociones indecibles que solo la madurez del ser aprende a transmutar.
Nada se escapa en el universo de cierto grado de violencia, todo depende del punto de vista. Así como la luz se puede tornar violenta e hiriente para quien sale de un cuarto oscuro, el conocimiento puede causar el mismo efecto para quien vive en la comodidad de sus penumbras.
No me molestan los insultos desde la oscuridad, los creo justos, le pido sincero perdón a quien incomodo en mi camino. Pues aunque trato de entregar mi “verdad” con extrema delicadeza -para que no se vuelva un arma o nuevamente un instrumento de dolor- sé que es imposible no causar incomodidad.
Hace muchos años leí una antigua enseñanza Sufí que decía: “La verdad es como un precioso diamante, puedes mostrar con discreción su belleza o le puedes explotar la máscara a alguien”.
Aun siendo la misma energía, mi apuesta sigue siendo por la belleza de la forma, hasta donde sea posible, hasta donde el amor nos alcance.
El segundo centro, más conocido como el centro sensual (sede del instinto reproductor, así como el primer centro lo es del instinto de supervivencia) es el centro de nuestras emociones, las que principal y cotidianamente se expresan a través del habla. Nuestro hablar puede bendecir o maldecir nuestra vida y la de quienes nos rodean, dependiendo únicamente del grado de consciencia que hayamos logrado, de la cristalinidad de nuestra mente. Nuestro ego intentará manipular la realidad –a la hora de retransmitirla mediante nuestro hablar- para acomodarla a sus propios intereses.
La verdad y la belleza resuenan en la misma frecuencia, no conozco ninguna cosa bella que no sea verdadera ni ninguna verdad que no sea en el fondo hermosa.
Una vez “asegurada” la supervivencia humana, el ser se abre paso hacia la siguiente dimensión de la consciencia, aquí es donde la valoración estética empieza a cobrar importancia. Lo siguiente que se nos ocurre no es solo vivir mucho sino vivir “bonito”, hablar bonito.
Miles de años atrás surgió en la humanidad el deseo de hacer música, poesía, teatro, cuentos que hablen sobre esa enorme belleza que existe y que los humanos empezamos a percibir.
Claro que siempre hubieron y habrá a quienes no le interese y vendrán con sus espadas, sus rifles o sus sonajas a intentar parar la función de la armonía, pero el universo sigue su curso... Tarde o temprano la belleza terminará seduciendo hasta al más insensible personaje.
El buen hablar y la poca violencia no solo son un tema estético, nuevamente la buena ciencia pone en evidencia el tremendo poder organizador y modificador que tiene la vibración a través del sonido y la intención.
La “cimática” se encarga de estudiar los patrones gráficos que produce el sonido en la materia. Esto es algo totalmente científico y fácilmente comprobable. Si nuestros cuerpos son 70% agua y nuestro cerebro más del 90%, pensemos como están nuestras “agüitas”, nuestras células, recibiendo todo tipo de influencias sonoras, muchas de ellas provenientes del oscuro y misterioso océpandero de nuestras emociones.
¿Cómo quedan nuestros cuerpos luego de escuchar en un día tanta palabra poco enamorada?
Si bien el hablar de cada pueblo es algo particularmente cultural y hay palabras que en una sociedad suenan más dulces que en otras, si vale la pena el prestar atención a nuestra expresión sonora. Principalmente porque los primeros afectados somos nosotros.
Querer insultar a alguien es olvidar que para que le llegue una gota de veneno nosotros tenemos que generar diez, las otras nueve quedan en nuestro cuerpo, a todas luces un mal negocio.
Si a alguien no le gusta lo que escribo, es suficiente con no leerlo, no es necesario insultar. Aunque a mí me haga bien (porque lo que no mata engorda), me preocupa que haya gente por ahí que se castigue de tal forma.
Pensemos –antes de hablar- que cada vez que decimos algo no solo estamos dibujando en nuestras células y en las de los que nos rodean, sino también en el universo entero la paz o la violencia.
Alonso del Río. Los Cuatro Altares
🙂