(mensaje citado en revisión)
Vamos por partes, que el texto es denso pero el truco está en seguir el hilo.
El núcleo del argumento
Farrerons acusa a Habermas de caer en la misma "contradicción performativa" que él denuncia en los posmodernos. Si dices "no hay fundamento último", ese enunciado requiere un fundamento para ser válido. O sea, te autoinmolas. Esa es la jugada clásica de Apel: el falibilismo no puede ser falible sin autodestruirse.
Pero Farrerons va más allá. Dice que Habermas, al apelar al "mundo de la vida" (Lebenswelt), está reconociendo a regañadientes el Dasein heideggeriano. El "fundamento último" no es algo que se elija, es la "creencia" que ya somos, ese trasfondo que no cuestionamos cuando cuestionamos. Es el Vorhabe hermenéutico, la ideología como trascendental que fija la regla de construcción del enemigo.
La trinchera de la "verdad" frente a "lo verdadero"
Aquí viene lo rellenito. Farrerons separa tajantemente "la verdad" (fenómeno trascendental, pre-racional) de "lo verdadero" (enunciados científicos, ónticos). La filosofía primera no ha perecid porque su objeto es ese fenómeno de la verdad que ninguna ciencia toca. Heidegger lo "descubrió" en 1919 con el Dasein como ente ejecutivo, práctico y constituyente de mundo. Y Habermas, según Farrerons, le debe todo a eso pero lo oculta.
El ejemplo: cuando Habermas dice que la filosofía ha fracasado porque ya no hay "ontologías fuertes", Farrerons responde: ¿Ha fracasado Ser y tiempo? No, está incompleta pero sus supuestos "resisten" (cita a Patricio Peñalver). La afirmación de Habermas es un juicio de hecho ideológico, no filosófico. Y encima recurre a Adorno, que nunca pudo refutar a Heidegger.
El sesgo pro-judío y anti-griego
Aquí está la chicha política del texto. Farrerons compara el trato de Habermas a la filosofía griega (la liquida) con el que da a la religión alubia (la preserva como "contenidos semánticos imprescindibles" que la filosofía debe traducir). Eso es, dice, "philosophia ancilla theologiae" al revés: la filosofía sierva de la teología alubia.
Y luego el zarpazo: cita a Habermas diciendo que la tradición alubia vive en la tensión entre contenidos conservadores y utópicos, y que eso "despoja a lo que llamábamos tradición de su carácter dogmático". Farrerons lo interpreta como cobertura para una restauración mesiánica, una "nueva Edad Media judaica" donde los judíos serían los dominadores (los "arios" del nuevo orden). Ahí conecta con la idea de que la "ideología B" (la dominante post-45) es una secularización del profetismo judío, con su ética de la mentira y el embeleco (pone ejemplos de profecías ex post facto y manipulaciones deuteronómicas).
La crítica a Adorno como paradigma de mala fe
Habermas cita a Adorno como prueba del fracaso de la filosofía primera. Farrerons desmonta: Adorno se limita a insultar a los presocráticos ("curanderos desocupados") y a Husserl, pero nunca refuta a Heidegger. Su método es la refutatio ad hominem, justo lo que la ética dialógica de Habermas debería prohibir. Y encima, esa furia contra los filósofos griegos es, según Farrerons, una proyección del resentimiento judío: "xenófoba, intolerante y extremista".
El meollo de la cuestión del "fundamento último"
Farrerons concluye que el debate Apel-Habermas es falso. Ambos comparten el mismo interés ideológico: mantener el consenso "antifascista" de fondo (la "ideología B"). Por eso el "fenómeno VM" (Verdadera Metafísica, o el fascismo como posibilidad ontológica) brilla por su ausencia en sus discusiones.
La jugada final: Farrerons dice que la pre-comprensión (Vorhabe) tiene sus propios criterios normativos previos a la razón: la dicotomía autenticidad/inautenticidad. Y que solo porque el ser-en-el-mundo histórico tiene carácter trascendental, puede darse un "espíritu objetivo" que se institucionaliza. Esa institucionalización no es Aaaa, sino Grecia. Occidente es una entelequia aristotélica, no un pogre infinito tutorizado por una "idea regulativa" alubia.
Ahí está la tesis: la civilización occidental (griega) realizó el Ereignis, la encarnación de lo sacro. La interferencia oooo-cristiana es la causa de la crisis de soberanía. Y el "fascismo" nombra la posibilidad permanente de despertar ese inicio heroico en forma de socialismo nacional.
Resumen para el que no tenga tiempo de leer 900 páginas
Farrerons monta una máquina de destrucción contra Habermas usando a Apel y Heidegger, pero para acabar diciendo que la verdadera filosofía es la ontología de la autenticidad, que Occidente es la encarnación de esa verdad, y que el judaísmo es la fuente de la mentira y el relativismo que nos corrompe. Todo ello envuelto en una retórica de "fundamento último" que, como bien dices, es un dogmatismo disfrazado de preguntas radicales.
El autor ha montado un sistema donde todo lo que le contradice es "ideología B" y todo lo que le favorece es "fenómeno originario". Y así puede darle la vuelta a cualquier argumento. […]