De 13 a 266 dólares: el año que Bitcoin se multiplicó por 20
Dos cifras resumen el año de Bitcoin mejor que cualquier informe. El 1 de enero de 2013 cotizaba a
13,51 dólares. Alcanzó un máximo de
266. Entre medias, no hubo una explicación consensuada de por qué subía; después, tampoco de por qué se hundía. En octubre, tras un desplome que llevó el precio de 170 a 128 y una recuperación instantánea hasta 150, seguía sin haber una explicación técnica consensuada. Ese es el asunto: un activo que multiplica por veinte su valor sin que exista un solo motivo verificable detrás.
Cuánto subió el bitcoin entre 2010 y 2013
El repaso anual deja a cualquiera pensando. En 2010 arrancó en 0,05 dólares y cerró en 0,30, con un máximo de 0,50. En 2011, de 0,30 a 32 y cierre en 4,70. En 2012, de 4,70 a 15,50 y cierre en 13,51. Y en 2013, sobre un precio de partida de 13,51, el pico alcanzó los 266 mientras la referencia volvía a los 109,70 en pleno otoño. Traducido a porcentajes,
2011 se cerró con un +1.466% y 2013 superaba el +712%.
La trampa está en el volumen. Una sesión cualquiera sostenía
123 dólares durante 15 minutos con transacciones de entre 0,01 y 3,99 bitcoñas. Eso no es un mercado: es un tenderete. La consecuencia lógica la apuntaba una de las voces más ácidas del seguimiento: si el mercado apenas se apoya en órdenes minúsculas, cualquier venta mediana puede hundir el precio, y cualquier compra pequeña puede dispararlo. Con semejante liquidez, el precio no informa de nada.
Los más veteranos contestaban con una metáfora sencilla:
el tren sale todos los días, solo que el billete se puede poner por las nubes. Otro replicaba el cálculo opuesto: en el último mes se había pagado por el mismo activo desde 50 hasta 266, cinco veces más o cinco veces menos según el día en que uno subiera.
Por qué Bitcoin depende de solo tres plataformas
Aquí está el punto débil que señalaba el propio debate: el ecosistema dependía de
MtGox, Bitstamp y BTC-e, con la particularidad de que no existía un sistema de intercambio entre particulares que funcionase de forma ágil y barata. Quien probaba las alternativas peer-to-peer se topaba con un proceso lento y poco operativo.
Las cifras de las comisiones explican por qué el arbitraje era la actividad favorita. En Bitstamp, operar por encima de 150.000 dólares dejaba la comisión en el
0,20%, margen suficiente para comprar en una plataforma barata y vender en la cara. El problema: mover el dinero entre plataformas tardaba hasta 48 horas, y el precio se movía mucho antes.
Las grietas se multiplicaban.
Citibank dejó de procesar transferencias a MtGox por su vinculación con Liberty Reserve, según recogían los enlaces compartidos. BTC-e seguía sin autenticación en dos pasos, y eso tiene un precio: quien opera ahí asume un riesgo que el mercado descuenta con una prima permanente. Y en paralelo, varias plataformas menores habían cerrado sin devolver el dinero.
Baidu acepta bitcoins: el dinero chino mueve el precio
El 15 de octubre de 2013 llegó el anuncio que lo cambió todo, al menos en el relato.
Baidu empezó a aceptar bitcoins como forma de pago. El buscador ocupaba el número 5 en el ranking de Alexa y superaba los
50.000 millones de dólares de capitalización.
La lectura inmediata fue que el tráfico detectado en las plataformas chinas durante la semana previa cobraba sentido. Los datos de nodos repartidos por el mundo lo corroboraban a su manera: Estados Unidos sumaba
33.136, China
18.591, Alemania 10.988, Rusia 8.389 y Reino Unido 8.127. España, con 2.462, aparecía en el puesto 13. Con China entrando en juego, el discurso de la descentralización dejaba de ser una promesa abstracta.
Alemania declara el bitcoin dinero privado sin IVA
Por esos días, la respuesta del ministerio de Economía alemán a una pregunta parlamentaria dejó un titular para enmarcar:
la adquisición o venta de bitcoins no está sujeta al pago del IVA, aunque sí lo están los bienes y servicios comprados con ellos. En la práctica, Alemania reconocía al bitcoin como dinero privado.
El oro y el bitcoin: la guerra que no acaba
El enfrentamiento con los metales fue el ruido de fondo de todo el año. La chispa: una minera, Kenilworth Exploration, abría la puerta a capitalizarse con bitcoins. El sector aurífero lo interpretó como una herejía y la trifulca fue subiendo de tono.
Los argumentos no eran banales. Se sostenía que comprobar la autenticidad de una moneda de oro exige tecnología —densitómetros, espectrómetros— porque combinaciones de
tungsteno, iridio u osmio pueden superar los controles habituales. Frente a eso, revisar una transacción en la cadena de bloques es una consulta a una base de datos. La respuesta contraria: el oro es un elemento químico, no depende de que funcionen el WiFi y un teléfono. El resumen más elegante lo puso quien defendía que Satoshi Nakamoto no reinventó el oro, sino que diseñó algo distinto que mejora varias de sus propiedades monetarias.
Los clones del bitcoin y el ruido de fondo
Una inquietud recorría la conversación: la multiplicación descontrolada de imitaciones.
Litecoin, Namecoin, PPcoin, Terracoin, Devcoin, IxCoin, NovaCoin, Freicoin y un reguero de copias más descaradas —BBQCoin, Bytecoin, Feathercoin— que prometían bloques cada minuto o emisiones de cientos de millones de unidades. Algunos veían ahí una amenaza real: si cualquiera puede clonar el protocolo, la señal se diluye. Los más templados respondían que el problema nunca fue clonar el código, sino resolver el gasto duplicado de forma descentralizada, y eso solo lo hacía uno.
La actualización 0.9 y los contratos inteligentes en 80 bytes
Mientras el precio hacía lo que hacía, la parte técnica avanzaba. La versión 0.9 habilitaba la posibilidad de asociar hasta
80 bytes de información arbitraria a una transacción, mediante una salida de valor cero que puede podarse después. La aplicación práctica: firmar el hash de un contrato privado y dejarlo grabado en la cadena sin hincharla.
La duda que surgió de inmediato fue si eso encarecería las comisiones y si serviría para pagos cotidianos. La respuesta de fondo era incómoda: para comprar el pan, un sistema que confirma operaciones
entre 6 minutos y 24 horas no compite con una tarjeta. La disrupción iba por otro lado.
Desde entonces el debate no ha cerrado ninguna de sus preguntas. Se multiplicó por veinte en un año, entró en China, Alemania lo llamó dinero y seguía moviéndose entre 50 y 266 según el día en que uno mirase. La pregunta que queda abierta no es si el bitcoin funciona: es si algo que se mueve así puede ser, algún día, algo más que una apuesta.
Este análisis no constituye una recomendación de inversión. Los datos citados proceden del periodo 2010-2013 y no reflejan la situación actual del mercado.