Kit de supervivencia: seis litros de agua al día y una Luger de segunda mano
La recomendación europea de tener un kit para 72 horas ha derivado, en la práctica, en un inventario doméstico que va del abrelatas manual a la pistola suiza. El punto de partida es un listado clásico:
seis litros de agua potable por persona y día, comida no perecedera, linternas LED con pilas de repuesto, radio a manivela, botiquín con antiséptico y paracetamol, copias físicas y digitales de la documentación y dinero en efectivo en billetes pequeños. Nada revolucionario. Lo interesante es lo que se le va añadiendo encima.
Qué incluye un kit de supervivencia básico para tres días
El núcleo del equipo no admite discusión técnica: agua, comida que no caduque, un abrelatas que no dependa de la electricidad, una cocina portátil con gas o pastillas combustibles, cubiertos reutilizables y varias fuentes de luz. A eso se suman saco de dormir o manta térmica, muda completa, chubasquero, guantes de trabajo y una lona con cuerdas para improvisar refugio. La parte sanitaria incluye gasas, vendas, yodo, tijeras, pinzas, antiséptico y analgésicos; la administrativa, copias de DNI, pasaporte y tarjetas sanitarias, mapas en papel y un silbato o espejo de señales.
La lista es razonable y aburrida, que es exactamente lo que debería ser. El problema aparece cuando se pregunta para qué.
Tres días es el horizonte que fija la recomendación, y ahí es donde el consenso se rompe: hay quien sostiene que tres días no cubren ni la mitad de una interrupción seria de suministros, y quien responde que si el escenario exige abandonar la casa, la mochila da igual porque el plan ya ha fracasado.
Cuántos días de suministros hay que tener en casa
La cifra de tres días genera rechazo inmediato. Una corriente del análisis sostiene que el mínimo realista son diez días de autonomía doméstica, contando fallo eléctrico, caída de internet, interrupción de la distribución de víveres y ausencia de combustible. La autocaravana aparece aquí como el ejemplo de autarquía cómoda: permite vivir a capacidad completa durante más tiempo que una mochila y sin renunciar al colchón. Quien tiene animales añade días, en función del número y el tamaño.
El contraargumento es más duro. Si el escenario obliga a salir de casa de inmediato y probablemente sin volver, la recomendación de echarse al camino se convierte en una condena: mejor quedarse, cerrar la puerta y afrontar el final con el coñac más caro de la estantería que morir antes y peor en una carretera. La discusión no es logística, es de umbral: cada cual fija el punto en el que el kit deja de ser un seguro y pasa a ser una ilusión.
El equipo no sirve sin saber montarlo
El aviso más repetido no tiene que ver con el material.
El hardware no funciona sin el software: de nada sirve una tienda de campaña nueva si hay que leer las instrucciones de noche y en plena montaña. Quien acampa con regularidad señala que las suyas son viejas y feas, pero las monta con los ojos vendados y una mano atada a la espalda. La recomendación práctica es hacer un simulacro de 72 horas sin luz, agua ni internet, descartar lo que no se usa y añadir lo que falta. Cada casa acaba con una lista distinta.
Hay otra lección que se repite: la duplicidad. Lo indispensable conviene tenerlo por partida doble, porque el sistema natural de gestión de crisis no avisa. Y una advertencia sobre el formato: la mochila de 72 horas está pensada para llevarla a la espalda, no para almacenarla en el trastero, lo que obliga a decidir si el objetivo es resistir en casa o desplazarse.
Armas, dinero y otros suministros que no salen en la lista oficial
La conversación deriva hacia el armamento con una naturalidad que llama la atención. Se citan precios concretos:
una Luger nueva por 800 francos suizos y entre 300 y 400 de segunda mano, con la advertencia de que hace falta permiso de armas y que no se puede sacar del país sin la documentación correspondiente. También se menciona un fusil de asalto por 745 francos. La conclusión práctica de ese tramo es que el mercado legal existe, pero está cerrado para quien no tenga papeles.
El dinero en metálico aparece en el listado inicial y vuelve después con más fuerza, incluidas divisas distintas del euro. La hipótesis que sobrevuela es la de un escenario de varios días sin electricidad, agua, comunicaciones ni abastecimiento, con salida restringida y un sistema de pagos digital que llega después. No hay prueba de nada de eso, y conviene decirlo: son escenarios planteados, no hechos. Pero explican por qué alguien mete billetes pequeños en una bolsa junto a las pastillas potabilizadoras.
La lista inicial era un ejercicio de sentido común. Lo que ha quedado es un recordatorio incómodo: la mayoría de las casas no aguanta tres días sin supermercado, y la discusión sobre cuántos días hay que aguantar no tiene respuesta técnica. Con estos mimbres, lo previsible es que el kit acabe siendo un cajón con linternas, agua y una radio a pilas. Lo imprevisible es cuánta gente lo montará antes de necesitarlo.