Canarias y la ruta argelina: millones sin auditar en la frontera
España ha dejado de discutir sobre inmigración para discutir sobre las cifras que deja atrás. La frontera sur opera como un sistema sin responsable claro: las llegadas irregulares se cuentan por centenares en cada oleada, los fallecimientos en ruta se miden en centenares al año y el dinero público que sostiene la acogida —subvenciones, contratos y conciertos— se reparte sin que exista una cifra consolidada que aguante un escrutinio serio. El choque no es nuevo, pero el tiempo lo ha vuelto más áspero. En 2017 se contabilizaron 224 migrantes fallecidos en las rutas con destino a España; con el aumento de las entradas irregulares, ese cómputo escaló hasta rozar los 850.
Canarias y el goteo desde Tan-Tan
El Atlántico se ha consolidado como la principal puerta de entrada irregular al país. En una sola oleada, más de 200 personas alcanzaron las islas procedentes de costas marroquíes, y más de un centenar partió desde la zona de Tan-Tan, en el extremo sur de Marruecos, un punto teóricamente vigilado por Rabat. El patrón se repite con una incomodidad que el relato oficial esquiva: cada salida masiva desde aguas bajo control marroquí reabre la pregunta de para qué sirve exactamente esa cooperación. Hay quien lo atribuye a la falta de medios en origen; en contra pesa el argumento de que las salidas no se producen por sorpresa, sino por tolerancia calculada.
La ruta argelina y el aviso de operación salida
Si Canarias mira al Atlántico, el Levante mira a Argelia. Se alertó de una operación salida de embarcaciones desde costas argelinas con destino a Almería, Murcia y las Islas Baleares, con inicio previsto en la madrugada de un lunes. La advertencia, difundida por periodistas que siguen el fenómeno hora a hora, apunta a un patrón conocido: la presión se desplaza según dónde aprieta el control, y el litoral mediterráneo paga cada movimiento del tablero. Que el aviso llegue antes que las pateras dice menos sobre la eficacia de la vigilancia que sobre la previsibilidad del negocio.
El negocio de la acogida: quién cobra
Donde el relato se vuelve más opaco es en el dinero. El gasto destinado a acogida y atención de migrantes ha crecido de forma sostenida, y con él el volumen de subvenciones y contratos que recaen sobre distintas organizaciones. La crítica más incómoda no habla de solidaridad sino de mercado: se sostiene que existe un entramado que depende del flujo constante y cuyo rastro contable rara vez se publica desglosado. El caso más citado es el de ProActiva Open Arms, que antes de operar el rescate marítimo llevaba décadas facturando al erario por contratas de socorrismo en playas y piscinas. El desglose de qué entidad cobra qué, por qué concepto y en qué año existe, pero no suele estar en portada.
La ficción de la cooperación con Marruecos
Una de las corrientes más críticas del análisis sostiene que el discurso de la cooperación ejemplar con el reino alauí no resiste los datos. La paradoja que se repite es sencilla: se aplaude un control «efectivo» mientras se documentan salidas de centenares de personas desde zonas que deberían estar bajo ese mismo control. Para el oficialismo, se trata de un socio imprescindible sin el cual el goteo sería insostenible. Para sus detractores, es un cortafuegos retórico que traslada a Rabat una responsabilidad que España no ejerce ni verifica.
Las muertes que no salen en portada
El punto más duro del asunto no es económico sino humano, y por eso conviene separarlo del ruido. El salto de 224 a cerca de 850 fallecidos en ruta no admite interpretación ideológica: son personas que murieron intentando llegar. Algunas de esas muertes ocurren en el tramo canario, otras en el mediterráneo, y casi todas se conocen semanas después de que el flujo que las provoca haya dejado de ser noticia. La memoria del sistema es corta; el recuento, imparable.
Con estos mimbres, lo previsible es que la discusión no se cierre: volverá cada vez que una oleada supere las previsiones o cada vez que una cifra de fallecidos obligue a mirar de nuevo al Estrecho. Nadie ha presentado aún un cuadro completo que cruce llegadas, coste público y víctimas, y sin ese cruce cualquier pronóstico es una apuesta. La única certeza es que la factura —en euros y en vidas— seguirá llegando puntual.