Me rindo ante la Agenda 2030
He tomado una decisión difícil. Muy difícil.
Me rindo ante la Agenda 2030.
He decidido dejar de luchar contra ella.
No porque haya llegado a la conclusión de que quienes pretenden organizar nuestro futuro tengan razón. Tampoco porque haya descubierto de pronto las virtudes de que gobiernos, organismos internacionales, grandes corporaciones y ejércitos de expertos nos expliquen cómo debemos vivir.
Es algo mucho más sencillo.
He comprendido que llevo demasiado tiempo peleándome con una realidad que probablemente no puedo cambiar. Así que voy a hacer otra cosa: voy a estudiarla cuidadosamente, aprovechar todo aquello que pueda hacerme más libre y esquivar cuanto pretenda hacerme más dependiente.
Voy a practicar una especie de judo político.
Utilizaré la fuerza del adversario en mi propio beneficio.
Empecemos por la frase más famosa asociada a esta concepción del futuro:
«No tendrás nada y serás feliz».
Hagamos primero una precisión, porque no quiero construir un argumento sobre una falsedad. Esa frase no forma parte de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. Procede de una publicación del Foro Económico Mundial de 2016 que imaginaba cómo podría ser el mundo en 2030.
Pero la frase hizo fortuna porque condensaba perfectamente una determinada idea de sociedad: sustituir pogre la propiedad por el acceso a los bienes y servicios.
Pues bien.
Acepto.
Con una pequeña modificación.
No tendré nada, pero tampoco quiero que nadie se ocupe de hacerme feliz.
La felicidad es asunto mío.
Lo que quiero es ser libre.
Y ése será mi único criterio para juzgar cada una de las propuestas que pretendan construir el mundo de 2030:
¿Me hace más libre o menos libre?
Todo lo demás es propaganda.
La trampa de la propiedad, por ejemplo.
Durante siglos nos explicaron que la propiedad nos hacía libres.
Y seguramente fue verdad.
Quien poseía su casa, sus tierras, sus herramientas o su negocio disponía de una esfera material que el poder difícilmente podía arrebatarle.
Pero algo ha cambiado.
Los Estados modernos han descubierto que la propiedad es también una extraordinaria forma de tener localizado al ciudadano.
Compre usted una vivienda. Y comenzará la fiesta.
Impuestos por adquirirla. Impuestos por poseerla. Impuestos municipales. Comunidad. Derramas. Seguros. Mantenimiento. Reparaciones. Certificados. Normativas. Inspecciones. Restricciones. Y algún día, impuestos por transmitirla.
La casa es suya, naturalmente.
Salvo para decidir unas cuantas cosas sobre ella.
Con el automóvil ocurre algo parecido.
Cómprelo. Páguelo. Matricúlelo. Asegúrelo. Manténgalo. Repárelo. Pase la ITV. Pague impuestos. Busque dónde guardarlo. Y observe cómo las sucesivas normativas determinan por qué calles puede circular el objeto que usted compró precisamente para circular.
Magnífico negocio. Para alguien.
Quizá ha llegado el momento de formular una pregunta que hace treinta años habría parecido absurda:
¿y si poseer ciertas cosas ya no nos hace más libres?
Entonces, de acuerdo: no poseeré
Aquí comienza mi conversión a la Agenda 2030.
No quiero coche.
Quiero automóvil cuando necesite automóvil.
Si puedo alquilarlo un día por 25, 30 o 40 euros y sólo necesito utilizarlo unos pocos días al mes, ¿para qué quiero poseerlo?
Quiero cogerlo, conducirlo y devolverlo.
No quiero saber cuándo toca cambiar los neumáticos.
No quiero saber cuándo vence el seguro.
No quiero pasar la ITV.
No quiero averiguar por qué se ha encendido una lucecita naranja en el salpicadero.
No quiero buscar aparcamiento durante los otros 330 días del año.
Quiero transporte. No automóvil. La diferencia parece pequeña. Es gigantesca.
Porque empiezo a sospechar que durante décadas hemos confundido tener cosas con disponer de cosas.
Y no son lo mismo.
Tampoco quiero una vivienda
Quiero vivir bien. Que es diferente.
Si existe una vivienda de alquiler adecuada, estable y barata, ¿por qué tengo necesariamente que inmovilizar una parte enorme de mi patrimonio en cuatro paredes?
Más aún: si el Estado quiere impulsar vivienda protegida, alquiler asequible, ayudas a determinados colectivos o fórmulas de acceso que reduzcan drásticamente el coste de vivir, pienso estudiarlas todas.
Absolutamente todas.
No voy a sentir ninguna obligación sarracena de pagar más por vivir simplemente para poder pronunciar las palabras mágicas:
«Esta casa es mía».
Quiero utilizar una buena vivienda durante el tiempo que me convenga.
Después quiero poder marcharme.
Sin vender.
Sin inmobiliaria.
Sin notario.
Sin plusvalía.
Sin preguntarme si éste es buen año para vender.
Sin descubrir que una decisión tomada veinte años atrás determina dónde tengo que vivir hoy.
Eso también es libertad.
No estoy proponiendo abolir la propiedad.
Sería una patidifusez.
Estoy proponiendo algo bastante más incómodo: dejar de considerarla automáticamente una ventaja.
Hay propiedades que proporcionan independencia. Y hay propiedades que producen dependencia.
Una herramienta que utilizo constantemente puede hacerme más libre.
Un patrimonio productivo puede hacerme más libre.
Un pequeño objeto que necesito diariamente probablemente tiene sentido poseerlo.
Una lechuga también.
No voy a alquilar una lechuga.
La compro, me la como y se acabó el problema.
El criterio no puede ser ideológico.
Tiene que ser práctico.
¿Poseer esto aumenta mi libertad?
Si la respuesta es sí, lo poseo.
Si la respuesta es no, que lo posea otro.
Que otro inmovilice el capital.
Que otro pague las reparaciones.
Que otro soporte la obsolescencia.
Que otro discuta con la Administración.
Yo pagaré por utilizarlo cuando lo necesite.
Y después me marcharé.Pero aquí aparece la verdadera trampa
Porque existe otra posibilidad mucho menos agradable.
Quizá el problema no sea dejar de poseer.
Quizá el problema sea quién posee aquello que nosotros dejamos de poseer.
Ésta es la pregunta que rara vez acompaña al famoso «no tendrás nada».
Porque alguien tendrá las viviendas.
Alguien tendrá los automóviles.
Alguien tendrá las plataformas.
Alguien tendrá los servidores.
Alguien tendrá las tierras.
Alguien tendrá las infraestructuras.
Alguien tendrá el capital.
Y si yo no poseo nada pero para comer, vivir, desplazarme, comunicarme o trabajar necesito permanentemente el permiso de quien sí lo posee, entonces no me habré liberado de la propiedad.
Me habré convertido en dependiente del propietario.
Y eso cambia completamente el problema.
No tener propiedades puede ser extraordinariamente liberador cuando puedo elegir entre muchos proveedores, abandonar uno y acudir a otro.
Puede ser aterrador cuando sólo existe uno.
La diferencia entre ambas situaciones tiene un nombre:
libertad de salida.
Por eso voy a aceptar la Agenda 2030 de una manera bastante peculiar.
Voy a recorrer sus principios uno por uno.
No para preguntar si son de izquierdas o de derechas.
No para averiguar si gustan a Davos, a Bruselas, a Naciones Unidas o al Gobierno de turno.
Ni siquiera para determinar si sus intenciones son buenas.
Voy a hacer una pregunta mucho más elemental:
¿esto aumenta o disminuye mi capacidad para decidir sobre mi propia vida?
Si la aumenta, lo aceptaré.
Si puedo vivir de alquiler por mucho menos dinero y conservar mi capital, adelante.
Si puedo utilizar un automóvil sin cargar con él durante veinte años, adelante.
Si puedo compartir determinados servicios y pagar únicamente por lo que utilizo, adelante.
Si la tecnología elimina burocracia, adelante.
Si una ciudad me permite vivir perfectamente sin automóvil, estupendo.
Pero si para obtener esas ventajas tengo que entregar mi capacidad de decidir, entonces cambia la respuesta.
Si sólo puedo pagar de determinada manera, no.
Si sólo puedo desplazarme mediante sistemas que pueden excluirme, no.
Si mi dinero depende de una autorización permanente, no.
Si mi vivienda depende de obedecer determinadas condiciones ideológicas, económicas o administrativas, no.
Si cada aspecto de mi existencia queda registrado, puntuado, autorizado y eventualmente bloqueado, no.
Porque entonces ya no estamos hablando de comodidad.
Estamos hablando de poder.
El error está en la última palabra:
«No tendrás nada y serás feliz».
Quizá llevamos años discutiendo sobre la parte equivocada de la frase.
El problema podría no estar en «no tendrás nada».
Podría estar en «serás feliz».
Porque detrás de esas dos palabras aparece una pregunta formidable:
¿quién ha decidido qué debe hacerme feliz?
No necesito que ningún gobierno me haga feliz.
Ni una empresa.
Ni Naciones Unidas.
Ni el Foro Económico Mundial.
Ni un algoritmo.
Ni siquiera necesito que la sociedad tenga un proyecto de felicidad para mí.
Sólo necesito algo bastante más humilde y, al mismo tiempo, mucho más exigente:
que me deje elegir.
Por eso he decidido rendirme.
Acepto no poseer aquello que no necesite poseer.
Acepto alquilar.
Acepto compartir.
Acepto pagar por uso.
Acepto aprovechar cada subvención, tarifa social, servicio público o ventaja económica a la que legítimamente pueda acceder.
Acepto desprenderme de todas las propiedades que consuman más libertad de la que proporcionan.
Voy a ser un ciudadano ejemplar de 2030.
Pero con una condición.
No prometo ser feliz.
Prometo intentar ser libre.
EL ICONOCLASTA
He tomado una decisión difícil. Muy difícil.
Me rindo ante la Agenda 2030.
He decidido dejar de luchar contra ella.
No porque haya llegado a la conclusión de que quienes pretenden organizar nuestro futuro tengan razón. Tampoco porque haya descubierto de pronto las virtudes de que gobiernos, organismos internacionales, grandes corporaciones y ejércitos de expertos nos expliquen cómo debemos vivir.
Es algo mucho más sencillo.
He comprendido que llevo demasiado tiempo peleándome con una realidad que probablemente no puedo cambiar. Así que voy a hacer otra cosa: voy a estudiarla cuidadosamente, aprovechar todo aquello que pueda hacerme más libre y esquivar cuanto pretenda hacerme más dependiente.
Voy a practicar una especie de judo político.
Utilizaré la fuerza del adversario en mi propio beneficio.
Empecemos por la frase más famosa asociada a esta concepción del futuro:
«No tendrás nada y serás feliz».
Hagamos primero una precisión, porque no quiero construir un argumento sobre una falsedad. Esa frase no forma parte de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. Procede de una publicación del Foro Económico Mundial de 2016 que imaginaba cómo podría ser el mundo en 2030.
Pero la frase hizo fortuna porque condensaba perfectamente una determinada idea de sociedad: sustituir pogre la propiedad por el acceso a los bienes y servicios.
Pues bien.
Acepto.
Con una pequeña modificación.
No tendré nada, pero tampoco quiero que nadie se ocupe de hacerme feliz.
La felicidad es asunto mío.
Lo que quiero es ser libre.
Y ése será mi único criterio para juzgar cada una de las propuestas que pretendan construir el mundo de 2030:
¿Me hace más libre o menos libre?
Todo lo demás es propaganda.
La trampa de la propiedad, por ejemplo.
Durante siglos nos explicaron que la propiedad nos hacía libres.
Y seguramente fue verdad.
Quien poseía su casa, sus tierras, sus herramientas o su negocio disponía de una esfera material que el poder difícilmente podía arrebatarle.
Pero algo ha cambiado.
Los Estados modernos han descubierto que la propiedad es también una extraordinaria forma de tener localizado al ciudadano.
Compre usted una vivienda. Y comenzará la fiesta.
Impuestos por adquirirla. Impuestos por poseerla. Impuestos municipales. Comunidad. Derramas. Seguros. Mantenimiento. Reparaciones. Certificados. Normativas. Inspecciones. Restricciones. Y algún día, impuestos por transmitirla.
La casa es suya, naturalmente.
Salvo para decidir unas cuantas cosas sobre ella.
Con el automóvil ocurre algo parecido.
Cómprelo. Páguelo. Matricúlelo. Asegúrelo. Manténgalo. Repárelo. Pase la ITV. Pague impuestos. Busque dónde guardarlo. Y observe cómo las sucesivas normativas determinan por qué calles puede circular el objeto que usted compró precisamente para circular.
Magnífico negocio. Para alguien.
Quizá ha llegado el momento de formular una pregunta que hace treinta años habría parecido absurda:
¿y si poseer ciertas cosas ya no nos hace más libres?
Entonces, de acuerdo: no poseeré
Aquí comienza mi conversión a la Agenda 2030.
No quiero coche.
Quiero automóvil cuando necesite automóvil.
Si puedo alquilarlo un día por 25, 30 o 40 euros y sólo necesito utilizarlo unos pocos días al mes, ¿para qué quiero poseerlo?
Quiero cogerlo, conducirlo y devolverlo.
No quiero saber cuándo toca cambiar los neumáticos.
No quiero saber cuándo vence el seguro.
No quiero pasar la ITV.
No quiero averiguar por qué se ha encendido una lucecita naranja en el salpicadero.
No quiero buscar aparcamiento durante los otros 330 días del año.
Quiero transporte. No automóvil. La diferencia parece pequeña. Es gigantesca.
Porque empiezo a sospechar que durante décadas hemos confundido tener cosas con disponer de cosas.
Y no son lo mismo.
Tampoco quiero una vivienda
Quiero vivir bien. Que es diferente.
Si existe una vivienda de alquiler adecuada, estable y barata, ¿por qué tengo necesariamente que inmovilizar una parte enorme de mi patrimonio en cuatro paredes?
Más aún: si el Estado quiere impulsar vivienda protegida, alquiler asequible, ayudas a determinados colectivos o fórmulas de acceso que reduzcan drásticamente el coste de vivir, pienso estudiarlas todas.
Absolutamente todas.
No voy a sentir ninguna obligación sarracena de pagar más por vivir simplemente para poder pronunciar las palabras mágicas:
«Esta casa es mía».
Quiero utilizar una buena vivienda durante el tiempo que me convenga.
Después quiero poder marcharme.
Sin vender.
Sin inmobiliaria.
Sin notario.
Sin plusvalía.
Sin preguntarme si éste es buen año para vender.
Sin descubrir que una decisión tomada veinte años atrás determina dónde tengo que vivir hoy.
Eso también es libertad.
No estoy proponiendo abolir la propiedad.
Sería una patidifusez.
Estoy proponiendo algo bastante más incómodo: dejar de considerarla automáticamente una ventaja.
Hay propiedades que proporcionan independencia. Y hay propiedades que producen dependencia.
Una herramienta que utilizo constantemente puede hacerme más libre.
Un patrimonio productivo puede hacerme más libre.
Un pequeño objeto que necesito diariamente probablemente tiene sentido poseerlo.
Una lechuga también.
No voy a alquilar una lechuga.
La compro, me la como y se acabó el problema.
El criterio no puede ser ideológico.
Tiene que ser práctico.
¿Poseer esto aumenta mi libertad?
Si la respuesta es sí, lo poseo.
Si la respuesta es no, que lo posea otro.
Que otro inmovilice el capital.
Que otro pague las reparaciones.
Que otro soporte la obsolescencia.
Que otro discuta con la Administración.
Yo pagaré por utilizarlo cuando lo necesite.
Y después me marcharé.Pero aquí aparece la verdadera trampa
Porque existe otra posibilidad mucho menos agradable.
Quizá el problema no sea dejar de poseer.
Quizá el problema sea quién posee aquello que nosotros dejamos de poseer.
Ésta es la pregunta que rara vez acompaña al famoso «no tendrás nada».
Porque alguien tendrá las viviendas.
Alguien tendrá los automóviles.
Alguien tendrá las plataformas.
Alguien tendrá los servidores.
Alguien tendrá las tierras.
Alguien tendrá las infraestructuras.
Alguien tendrá el capital.
Y si yo no poseo nada pero para comer, vivir, desplazarme, comunicarme o trabajar necesito permanentemente el permiso de quien sí lo posee, entonces no me habré liberado de la propiedad.
Me habré convertido en dependiente del propietario.
Y eso cambia completamente el problema.
No tener propiedades puede ser extraordinariamente liberador cuando puedo elegir entre muchos proveedores, abandonar uno y acudir a otro.
Puede ser aterrador cuando sólo existe uno.
La diferencia entre ambas situaciones tiene un nombre:
libertad de salida.
Por eso voy a aceptar la Agenda 2030 de una manera bastante peculiar.
Voy a recorrer sus principios uno por uno.
No para preguntar si son de izquierdas o de derechas.
No para averiguar si gustan a Davos, a Bruselas, a Naciones Unidas o al Gobierno de turno.
Ni siquiera para determinar si sus intenciones son buenas.
Voy a hacer una pregunta mucho más elemental:
¿esto aumenta o disminuye mi capacidad para decidir sobre mi propia vida?
Si la aumenta, lo aceptaré.
Si puedo vivir de alquiler por mucho menos dinero y conservar mi capital, adelante.
Si puedo utilizar un automóvil sin cargar con él durante veinte años, adelante.
Si puedo compartir determinados servicios y pagar únicamente por lo que utilizo, adelante.
Si la tecnología elimina burocracia, adelante.
Si una ciudad me permite vivir perfectamente sin automóvil, estupendo.
Pero si para obtener esas ventajas tengo que entregar mi capacidad de decidir, entonces cambia la respuesta.
Si sólo puedo pagar de determinada manera, no.
Si sólo puedo desplazarme mediante sistemas que pueden excluirme, no.
Si mi dinero depende de una autorización permanente, no.
Si mi vivienda depende de obedecer determinadas condiciones ideológicas, económicas o administrativas, no.
Si cada aspecto de mi existencia queda registrado, puntuado, autorizado y eventualmente bloqueado, no.
Porque entonces ya no estamos hablando de comodidad.
Estamos hablando de poder.
El error está en la última palabra:
«No tendrás nada y serás feliz».
Quizá llevamos años discutiendo sobre la parte equivocada de la frase.
El problema podría no estar en «no tendrás nada».
Podría estar en «serás feliz».
Porque detrás de esas dos palabras aparece una pregunta formidable:
¿quién ha decidido qué debe hacerme feliz?
No necesito que ningún gobierno me haga feliz.
Ni una empresa.
Ni Naciones Unidas.
Ni el Foro Económico Mundial.
Ni un algoritmo.
Ni siquiera necesito que la sociedad tenga un proyecto de felicidad para mí.
Sólo necesito algo bastante más humilde y, al mismo tiempo, mucho más exigente:
que me deje elegir.
Por eso he decidido rendirme.
Acepto no poseer aquello que no necesite poseer.
Acepto alquilar.
Acepto compartir.
Acepto pagar por uso.
Acepto aprovechar cada subvención, tarifa social, servicio público o ventaja económica a la que legítimamente pueda acceder.
Acepto desprenderme de todas las propiedades que consuman más libertad de la que proporcionan.
Voy a ser un ciudadano ejemplar de 2030.
Pero con una condición.
No prometo ser feliz.
Prometo intentar ser libre.
EL ICONOCLASTA
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