La pseudociencia racial que vuelve a medir cráneos en Iberia
Hace unos meses, el presidente de Portugal describió su país como una nación multiétnica. La frase, rutinaria en boca de un jefe de Estado, ha acabado convertida en munición de una polémica que reaparece cada cierto tiempo: la clasificación de los portugueses como la población con más ascendencia norteafricana de Europa. Vuelven las comparaciones de rasgos faciales, las etiquetas de «berberid» y «atlanto-med», los porcentajes de ADN exhibidos como sentencia. La pregunta —cuánto de la historia de la península está escrito en los genes— es legítima. Las respuestas que circulan, en cambio, no.
De dónde sale la idea de un Portugal «más norteafricano»
Iberia estuvo bajo dominio musulmán casi ocho siglos, del 711 a 1492. Ese hecho afectó por igual a lo que hoy es España y Portugal: la frontera entre ambos reinos no separaba dos composiciones genéticas, sino dos proyectos políticos. A eso se sumó la expansión portuguesa, que abrió rutas coloniales en Brasil y en África y desplazó población en ambos sentidos entre los siglos XV y XVIII. Quien sostiene que los portugueses son un caso aparte suele apoyarse en ese tráfico colonial y en el componente norteafricano previo. El razonamiento tiene un problema de base: presenta como excepción portuguesa un fenómeno que atraviesa toda la fachada mediterránea, de Sicilia a Grecia.
Los números que circulan: 15% y 6% sin fuente a la vista
En las discusiones sobre el asunto se repiten cifras concretas. Un cálculo atribuye a los portugueses alrededor de un 15% de ascendencia norteafricana de media. A ese porcentaje se le suma un 6% de origen subsahariano, vinculado al tráfico colonial de los siglos XV a XVIII. Y se invoca el yacimiento de Taforalt, del que se afirma que un tercio de su componente genético es de origen subsahariano. Ninguna de esas cantidades viene acompañada de un estudio concreto: son estimaciones que se repiten hasta parecer datos. Sobre ellas se construye una conclusión racial que los propios números contradicen.
Una media no describe a nadie
Aquí está el argumento más sólido frente a la tesis racialista, y no lo firma ningún genetista. Si se analiza el ADN medio de un piso compartido por un sueco y una persona de Senegal, el resultado dará cerca de un 50% de origen subsahariano. El sueco seguirá siendo rubio. Esa obviedad aritmética desarma medio siglo de taxonomías. La mezcla existe, pero no es uniforme ni obliga a cada individuo. En el caso portugués, el norte del país —Braga fue capital del reino suevo— muestra poblaciones de ojos claros que no encajan en ningún promedio. Confundir la media de un grupo con el destino de cada uno de sus miembros es el error elemental que sostiene toda esta polémica.
El «berberid» y la ciencia que murió hace un siglo
Berberid. Atlanto-med. Berid. Son términos de la antropología física de principios del siglo XX, la que medía cráneos y narices para ordenar a la humanidad en tipos. Esa disciplina lleva décadas enterrada: la genética de poblaciones trabaja con mezcla, haplotipos y flujos migratorios, no con arquetipos raciales. Recuperar su vocabulario no es un gesto de erudición, sino un retroceso. Es como diagnosticar con la frenología.
Lo que de verdad se está midiendo
Detrás de los porcentajes hay otra cosa. Una parte de la controversia no discute ADN: discute pertenencia. La observación de que en Lisboa abundan las parejas mixtas y que la integración avanza se presenta a veces como amenaza, a veces como prueba de decadencia. El propio presidente portugués lo dijo sin adornos: el país es multiétnico. La genética sirve aquí de coartada para una pregunta que no es científica, sino política, y que ningún laboratorio va a resolver.
Con los datos disponibles, el porcentaje exacto de ascendencia norteafricana de los portugueses sigue sin una fuente firme. Da igual. Aunque mañana apareciera, no zanjaría nada: una cifra media no convierte a un país en una raza ni responde a quién pertenece a Europa. Ahí, justo ahí, el análisis se queda sin argumentos. Porque lo que se pretende medir no tiene alelo.