El 22% de alumnos españoles repite curso y la medida no les sirve
Un 22% de los alumnos españoles de 15 años ha repetido al menos una vez desde Primaria. Es el dato que dejó el informe PISA 2022, la misma edición en la que España anotó un descenso apreciable en comprensión lectora, matemáticas y ciencias. Más repetición y menos aprendizaje. Y una segunda cifra que incomoda bastante más: repetir es cuatro veces más probable entre los alumnos más desfavorecidos y el doble entre los migrantes. La segunda oportunidad, resulta, se reparte por código postal.
La medida más cara con el retorno pedagógico más bajo
Repetir un curso está en la parte alta del ranking de coste por alumno y en la parte baja del de resultados. Un año más del mismo temario, con el mismo método y a menudo con el mismo profesor, no arregla lo que no funcionó la primera vez: lo vuelve a intentar con las mismas herramientas y con doce meses más de desventaja acumulada.
El espejo del norte de Europa se usa en los dos sentidos. Allí la repetición apenas se aplica y los resultados en PISA son mejores. La respuesta habitual es que esas comunidades ya casi no repiten y que, cuando España sí lo hacía, sacaba mejores notas. Es una hipótesis razonable y sin medir. Nadie ha demostrado que aquel nivel viniera del castigo académico y no de aulas con menos alumnos, una FP con prestigio y un mercado laboral que absorbía a quien salía del sistema a los 14.
El argumento que no habla del repetidor, sino del resto
La defensa más sólida de la repetición no se apoya en el alumno que repite, al que concede poco o ningún beneficio, sino en los que se quedan: la clase avanza sin lastre, el grupo aprende que las decisiones tienen consecuencias y el que se esfuerza ve recompensado su trabajo. Es un argumento de disciplina. También es, de momento, un argumento sin medición: nadie ha cuantificado cuánto mejora el rendimiento ajeno por tener un repetidor al lado. Y tiene un punto ciego evidente: quienes interiorizan el aviso son, casi siempre, los que no lo necesitaban. Los que repiten una vez son los que tienen más papeletas para repetir otra.
Sin base no se sigue: probabilidad sin aritmética
La objeción técnica es difícil de rebatir. No se puede aprender probabilidad sin álgebra, ni analizar oraciones sin saber clasificar sus elementos. Ahí la repetición y el arrastre de lagunas compiten en desventaja. La experiencia de la LOGSE, cuando se generalizó promocionar con asignaturas suspendidas, sirvió para comprobar que pasar de curso con agujeros básicos produce estudiantes que se enfrentan a textos que no entienden y arrastran el retraso durante años. Conclusión incómoda para los dos bandos: sin refuerzo real, ni repetir ni promocionar resuelven nada.
Nacer en enero también cuenta
Hay un factor del que casi nadie habla y que se decide antes de la primera clase: la fecha de nacimiento. Meter en la misma aula al nacido el 1 de enero y al del 31 de diciembre reparte una diferencia de madurez que roza el año completo, y esa diferencia acaba pesando en quién es señalado como el que no llega. Es la misma trampa que el código postal: una lotería ajena al mérito que después se nos vende como mérito.
Redes que se rompen y gente que vuelve a clase a los 23
En los relatos de quienes repitieron hay un patrón que se repite. Se pierde el grupo de amigos de la infancia —ya no se comparten aulas ni recreos, solo actividades fuera del centro—, se cae la poca motivación que había y el curso se convierte en una losa social. Hay quien lo dejó por las mañanas y lo terminó por las tardes, en clases para adultos, donde el ambiente era otro y el resultado también. Hay quien retomó los estudios a los 23 y sacó mejores notas que muchos de los que pasaron de curso sin pausa. Y hay quien repitió dos veces por problemas en casa, superó el bache y acabó en la universidad. Los tres casos existen; lo que no existe es evidencia de que repetir fuera lo que los salvó.
Las calculadoras para los diez peores
Hay una anécdota que explica el sistema mejor que cualquier informe. Un día llegaron diez calculadoras a un aula y el material se entregó a los diez peores alumnos de matemáticas, con el argumento de que quien ya destaca no las necesita. Otra versión de lo mismo: una beca de idiomas denegada a quien había sacado la nota más alta porque «ya tienes un nivel excelente». Es el reverso exacto del discurso meritocrático que justifica la repetición, y convive con él sin demasiado pudor.
Lo que se pone encima de la mesa
Las alternativas que circulan son de dos tipos. Unas van al aula: refuerzo durante el curso y en verano, agrupamientos por ritmo de aprendizaje o volver a estructuras tipo escuela unitaria, donde convivían edades y cada uno avanzaba a su paso sin romper su grupo. Otras van al título: cuatro años para completar la ESO sin repetición y el diploma solo para quien supera el 90% de las materias, de modo que el papel signifique algo. La vieja receta de derivar a los disruptivos a un grupo aparte —lo que se hacía en los noventa— hoy se considera contraproducente.
¿Cuánto del fracaso escolar es del alumno y cuánto del mes en que nació, del barrio donde vive y de un sistema que confunde repetir con aprender?