Ocho años de Tezanos al frente de un CIS bajo sospecha
El 22 de agosto de 2026, infoLibre abría «La despensa de Tezanos», la serie firmada por Sergio Sangiao y Ignacio Carrascón, con un balance incómodo: ocho años de José Félix Tezanos al frente del Centro de Investigaciones Sociológicas, con preguntas reformuladas, series que dejan de ser comparables, estimaciones electorales discutidas y críticos apartados del organigrama. El propio presidente lo había dejado dicho: «No sé si perjudicará a la imagen y la reputación del CIS que yo sea presidente». Ocho años después, esa frase funciona mejor como diagnóstico que como duda.
Qué se le reprocha a la gestión del CIS
El grueso de las críticas no apunta al número, apunta al marco. Cambiar la redacción de una pregunta —o el orden de las respuestas— cada pocas semanas rompe cualquier serie histórica: sin pregunta estable no hay comparación posible, y sin comparación el organismo pierde lo único que un instituto público puede vender, que es aburrimiento metodológico. A eso se suma el goteo de nombres propios: entran perfiles afines, salen los que incomodan. Hasta medios que no pueden acusarse de hostilidad hacia el Gobierno han puesto el foco en cómo se gestiona la casa.
2023: el dato que sostiene el otro relato
Frente al relato del panfleto hay un dato tozudo. El CIS publicó su encuesta el 13 de julio de 2023, diez días antes de las elecciones del 23 de julio, y el resultado quedó muy cerca del real: fue, según esta lectura, el sondeo más ajustado. Solo el CIS y 40dB acertaron que PP y Vox no sumarían, y hasta Electomanía —poco sospechosa de simpatías gubernamentales— felicitó al instituto por el acierto. La acusación de que el CIS dio ganador al PSOE se responde con un titular: Feijóo ganaría, pero la izquierda mantenía opciones de gobernar. Cada bando se queda con la parte que le conviene.
En el extremo más ruidoso se llega a decir que esto bordea el delito. No hay querella ni resolución judicial, y conviene tratarlo como lo que es: hipérbole de barra de bar. Pero el ruido mide algo. Un organismo que debería ser el sitio más tedioso de la administración se ha convertido en campo de batalla, y ahí —en quién decide qué se pregunta— el análisis se atasca.