«Son todos figurantes»: el argumento que se come el voto útil
¿De verdad da igual a quién se vote? Es la pregunta que recorre el debate, y una de las respuestas que más se repite es la incómoda: sí, da igual. O poco menos. Lo que hace no tanto era un exabrupto de barra de bar —que el PP y el PSOE son «prácticamente lo mismo»— hay quien lo formula ya sin sonrojo, en voz alta y con argumentos. Y cuando esa idea se instala, el mapa electoral entero tiembla.
«Diferencias meramente cosméticas»: el argumento que ya no se discute
Un participante sostiene que el PP y el PSOE son «prácticamente lo mismo» y que sus diferencias son «meramente cosméticas». Cuenta que, tras decirlo en alto, casi le linchan, y defiende que mucha gente piensa lo mismo en silencio. La tesis se apoya en una observación suya: en las votaciones europeas, los grupos mayoritarios votarían «casi todo de la manita». Si en Bruselas todo se aprueba de la mano, la lógica del «para qué cambiar el color del Gobierno» gana enteros. Quien defiende esa lectura añade un matiz que, en realidad, la refuerza: lo que de verdad separa a un bloque de otro no es el partido que los encabeza, sino quién se sienta a su lado a la hora de pactar.
El socio de gobierno pesa más que el propio voto
Ahí se enciende el debate. Un escenario que se plantea compara un ejecutivo del Partido Popular sostenido por Vox con la alternativa de un gobierno socialista que dependa de Sumar, Podemos, Bildu, ERC o Junts. Quien lo plantea lo hace para defender la primera opción: asegura que preferiría «mil veces» un gobierno del PP dependiente de Vox antes que uno del PSOE dependiente de esas formaciones.
Y luego está el escepticismo de fondo, el que no distingue siglas. Un participante duda de que ningún partido tenga capacidad real para salirse del guion que le marcan desde arriba, salvo que esté dispuesto a romper la baraja, y recuerda que eso no se hace desde las urnas. El resultado, sostiene otro, sería un Parlamento de figurantes «muy caros para nosotros» que, en el fondo, no deciden gran cosa. Es la versión política del «todos iguales», llevada a su conclusión lógica.
¿Qué se espera de la nueva fuerza que irrumpe en el Parlament?
En Cataluña, ese escepticismo convive con una expectativa muy concreta. La irrupción de una nueva formación en el Parlament se sigue con atención, y un participante plantea el escenario de una fuerza que pasa de 2 diputados a 22 o 25. El cálculo viene acompañado de otra previsión: Junts se quedaría en 15 o 16 escaños, lo que cambiaría por completo los equilibrios de la cámara.
La descripción que usa ese mismo participante es la de un actor que entra «como elefante en cacharrería». Ya lo hizo, sostiene, cuando llegó al Parlament con solo dos escaños. El razonamiento es simple: con dos se ríen de ella; con veinticinco, la risa cambia de bando.
Las dudas, sin embargo, no se disuelven. Hay quien cuestiona abiertamente la capacidad de gestión de la nueva formación y quien, por el contrario, sostiene que si aplicara las políticas económicas y sociales que promete, le perdonaría incluso su discurso independentista. Las previsiones se hacen, pero nadie firma el resultado. Y hay quien avisa de que el batacazo, si llega, dejará el hemiciclo patas arriba.
El desencanto también se compra: el mercado del coche barato
Mientras la política se percibe como un espectáculo con figurantes, el debate se refugia en lo medible. Un buen ejemplo es la pregunta, medio en broma medio en serio, de si existe un mercado real de segunda mano de Dacia. El coche barato funciona como pequeño tratado de economía doméstica: no se discute la potencia, se discute cuánto pierde de valor con los años.
La comparación con los eléctricos es inevitable. Si un modelo de combustión barato aguanta el tipo y encuentra comprador, el coche eléctrico se percibe como un activo que se queda pegado a su primer dueño. No es un dato verificado, sino la impresión que domina en la conversación.
La familia moderna y las cuentas del divorcio
El otro refugio de lo concreto son los pleitos familiares. Un divorcio con patrimonio de por medio que cruza fronteras se cuela en la conversación. La duda que planea es si las reglas son iguales en todas partes o si, según el país, el reparto de lo adquirido durante el matrimonio acaba sorprendiendo a una de las partes.
La reflexión de fondo es siempre la misma: si lo que es de los dos es de los dos, poco se puede rascar por mucho que se estire el procedimiento. Y quien lo alarga, sostienen algunos, no busca tanto ganar dinero como desgastar al contrario. Hay quien añade una capa más de ironía sobre las nuevas formas de familia —parejas de hecho, adopciones, suegros compartidos— que ya no caben en el viejo esquema.
Cierre
Total, que la próxima vez que alguien pregunte si da igual a quién se vota, la respuesta ya está lista en la barra del bar: da igual, pero conviene ir, no sea que el figurante de turno se tome el papel en serio.