Sindicatos policiales: Marruecos no frena las entradas a Ceuta
Marruecos no está haciendo nada para impedir las entradas a Ceuta. Quien lo sostiene no es un tertuliano de madrugada, sino los sindicatos policiales españoles, que a la fecha de esta discusión describían la situación como «una guerra híbrida». En paralelo, las plantillas de Ceuta y Melilla esperaban nuevos recortes de efectivos antidisturbios. Las dos cosas, juntas, dibujan un problema que no admite eufemismos: una frontera que se abre por decisión ajena y se vigila con menos gente.
La alerta venía de dentro. Tres informes de Seguridad Nacional avisaban del posible uso hostil de la migración, y el CENIF remitió a otros cinco organismos un aviso fechado el día 29 en el que figuraban las palabras «urgente» y «remisión inmediata» por «riesgo extremo» de entradas. El presidente del Gobierno restó importancia a esa comunicación en el Congreso.
El vídeo donde se ve el mecanismo
La pieza que mejor explica el asunto no es un informe, es una grabación. En ella se observa a fuerzas de seguridad del lado marroquí abriendo la puerta para que los migrantes crucen la valla y entren en Ceuta. Sobre esa imagen se construye el argumento central de la denuncia sindical: no es una marea espontánea, es un grifo que se abre y se cierra desde Rabat. Como palanca de negociación resulta barata, negable y, a la vista de los hechos, eficaz.
A ese episodio se suman otros elementos que la acusación enumera: el indulto de 1.788 presos firmado por Mohamed VI con motivo de la Fiesta del Trono en plena presión migratoria, la detención de efectivos de la Marina Real marroquí vinculados al narcotráfico que entra fardos en España y la convocatoria en redes de una marcha el 20-S para «liberar Ceuta y Melilla», que puso en alerta a Policía, Guardia Civil y CNI. Sobre el retorno de los migrantes llegados, el Parlamento Europeo aprobó una resolución que deplora el «ataque híbrido» y exige el regreso a su país, con el voto en contra del PSOE.
La frontera propia tampoco se cierra
Aquí el análisis se parte en dos. Una corriente sostiene que el problema es exclusivamente marroquí y que España solo puede responder con medios. Otra apunta hacia dentro: la Policía temía más recortes de Marlaska en el número de agentes en Ceuta y Melilla, y los antidisturbios desplegados en ambas ciudades se reducían mientras se pedía «ojalá que no haya un salto masivo». La pregunta incómoda la formula buena parte del debate: si el garante del orden no refuerza la frontera, ¿de qué sirve exigirle a Rabat que la contenga?
Circula además una tesis sobre el cálculo electoral que no resiste el calendario. Un extranjero no vota en unas generales; para votar hay que tener la nacionalidad española, y la vía de residencia exige diez años legales y continuados. El cálculo completo, con plazos y supuestos, desmonta la hipótesis más repetida.
El pulso diplomático que nadie televisa
Debajo de la valla hay un asunto energético. España disparó el consumo de gas argelino, un movimiento que tensiona las relaciones con Marruecos y con Italia y que Rabat y Roma no ven con buenos ojos. En ese contexto, la Eurocámara aprobó una condena unánime al «chantaje» de Marruecos en Ceuta con los menores migrantes. Polonia, por su parte, recomendó a España militarizar la frontera siguiendo su propio modelo.
El marco se completa con la advertencia de Irene Montero de que «Canarias está en peligro» por el plan expansionista de Marruecos, y con el testimonio de un exmilitar marroquí que afirmó en televisión que su país busca tomar Ceuta, Melilla, Canarias y Andalucía. Declaraciones, no sentencias: conviene distinguir el ruido de la propaganda de los hechos verificables.
¿Qué es exactamente una guerra híbrida?
Es el uso combinado de presión migratoria, campaña de desinformación y gestos diplomáticos por debajo del umbral del conflicto armado. No hay ejército cruzando una línea, pero sí un coste político y económico calculado. Ese es el encuadre que utilizan los sindicatos policiales y el que asumió la resolución del Parlamento Europeo al hablar de «ataque híbrido»: no se describe una invasión militar, se describe presión instrumentalizada desde el Estado vecino.
Con el grifo entreabierto y las plantillas a la baja, el escenario más probable a corto plazo no es una crisis abierta, sino la gestión permanente de pequeños picos de entrada y de una retórica cada vez más alta en ambos lados del Estrecho. Nada de eso se resuelve con comunicados. Y la predicción, conviene advertirlo, depende de algo que no controlamos: qué decida Rabat la próxima vez que necesite apretar una tuerca.