Claudia Tacoronte: su hermana pide no normalizar la violencia
Claudia Tacoronte murió sola en el exterior de la Casa de la Cultura de Cuautla, en México, después de acudir a un encuentro dedicado a las plantas medicinales. Según las informaciones publicadas, hasta allí llegó un hombre que intentó robarle el móvil. Ella trató de huir; el agresor la alcanzó y la mató con un arma blanca. Del crimen no ha quedado solo una investigación abierta: ha quedado un vídeo, el de su hermana, preguntando por qué nadie hace nada.
De esa pregunta salen tres discusiones que se solapan. La primera, la seguridad real del país. La segunda, la responsabilidad de las universidades que envían estudiantes. La tercera, qué se hace con el dolor ajeno cuando se convierte en munición política.
Qué se sabe del asesinato de Claudia Tacoronte
El homicidio se produjo en una zona que las advertencias de seguridad describen como de riesgo, y en un contexto —un encuentro sobre plantas medicinales— que no encaja con el relato del viaje de placer. Las informaciones difundidas apuntan a un sospechoso señalado por vecinos de la zona, cuya implicación no ha sido confirmada por ninguna resolución judicial.
El entorno de la víctima ha pedido, a través de los medios que se han hecho eco del caso, que no se utilice para difundir discursos de odio, racismo y xenofobia. Tratándose de un crimen ocurrido a miles de kilómetros, la petición dice bastante sobre el tono que ha adquirido la conversación pública.
«¿De verdad tenemos que normalizar esto?»
La frase completa de la hermana apunta a una cifra concreta: que en un mismo mes se hayan asesinado a tres mujeres en la misma universidad sin que nadie interviniera. Leída en frío, es una denuncia de la rutina. Leída junto al resto de la conversación, es también la constatación de un desfase: el que separa la imagen inocua de un intercambio universitario y la realidad del destino.
Hay quien ve en ese vídeo un ejercicio de responsabilidad: la familia de una víctima pidiendo que su caso no se banalice. Y hay quien lo interpreta como la prueba de que nadie advirtió nada. Las dos lecturas caben, y ninguna responde a la pregunta de fondo.
Intercambios con México: el argumento de la UNAM en 2002
La reacción más citada ha sido la del exvicepresidente del Gobierno Pablo Iglesias, que fue estudiante de intercambio en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 2002. Su razonamiento: «suspender los intercambios con México sería como si después de un tiroteo en un campus de Estados Unidos suspendiéramos los programas de estudio con ese país». Un argumento consistente en abstracto y más discutible cuando se aterriza en mapas concretos.
Enfrente, otra corriente sostiene que la universidad no puede limitarse a tramitar el expediente. Su propuesta no es prohibir, sino informar: advertencia por zonas, protocolos y, en algunos casos, una firma de descargo que deje constancia de que el estudiante conocía el riesgo. La responsabilidad institucional existiría, pero con nombres y apellidos, no en abstracto.
Cuautla, feminicidios y cifras que se cruzan
Aquí los números se disparan y conviene manejarlos con pinzas, porque muchos llegan sin verificación independiente. En España se registran entre 180 y 250 homicidios al año; en México, la cifra que circula supera los 30.000. En Cuautla se habla de 69 feminicidios en lo que va de año y de cuatro estudiantes asesinadas de la misma universidad. Ajustado por población, el diferencial sigue siendo de un orden de magnitud difícil de digerir.
Del miedo al estigma
El crimen ha servido también para algo más incómodo: la tentación de convertir un homicidio en un juicio sobre un país entero y sobre las personas que lo habitan. Esa generalización es justo la que el entorno de la víctima intentó atajar de antemano. Un crimen explica un crimen; no explica a todo un país. Confundir ambas cosas es el atajo que la propia familia pidió no tomar.
Queda el dato que descoloca. El mismo mes en que, según el relato de la hermana, murieron tres alumnas en la misma universidad, una cuarta cogió el avión de ida. Los programas de intercambio siguen abiertos, las advertencias siguen siendo genéricas y la pregunta —por qué nadie hace nada— sigue sin una respuesta que no sea un comunicado.