El fin de una era: la decadencia de las galletas clásicas españolas
¿Alguna vez has abierto un paquete de galletas María y has notado que ya no saben a nada? No es nostalgia barata: la industria galletera española ha cambiado tanto que apenas queda rastro de lo que fue. Quienes crecieron en los 70 recuerdan surtidos Cuétara, panchitos de Gullón o los boercitos de Fontaneda con un sabor que hoy parece mitológico.
La absorción de un patrimonio industrial
Hasta finales de los 80, marcas como Artiach, Fontaneda, Cuétara y Gullón eran empresas de capital español, con fábricas locales y recetas propias. La entrada de multinacionales como Nabisco, Kraft o el grupo United Biscuits cambió el panorama. Las factorías se fusionaron, las recetas se homogeneizaron y los ingredientes se abarataron. El trigo castellano dio paso a harinas de menor calidad, y la mantequilla fue sustituida por aceites vegetales refinados.
Del azúcar al veneno: la nueva química galletera
El mayor cambio no fue solo el sabor. Las galletas de los 70, aunque cargadas de azúcar y grasas, se elaboraban con ingredientes reconocibles: mantequilla, huevos, harina. Hoy, los envases delatan aceite de palma, palmiste, jarabe de glucosa y una decena de aditivos. Quienes defienden la calidad antigua señalan que el problema no era la receta original, sino la suplantación por grasas trans y saborizantes artificiales. Otros replican que el azúcar y la mantequilla también son perjudiciales, y que la nostalgia nubla el juicio.
Pequeñas curiosidades de la merienda
Entre los recuerdos más vivos está el ritual de abrir la caja metálica del surtido y elegir las piezas en un orden sagrado: primero el barquillo con chocolate, luego la de coco, después la finita redonda. Algunas galletas tenían nombres insólitos, como las «tetillas de monja» que se vendían a granel en los quioscos, dos por una peseta. Las Príncipe de chocolate, con su relleno generoso, eran un vicio que obligaba a racionar. Hoy, las versiones actuales tienen una capa de chocolate tan fina que parece un calco de lo que fueron.
Hacélas en casa o resignate
Ante la deriva industrial, muchos optan por hornear sus propias galletas con mantequilla, harina y azúcar. La receta es sencilla y el resultado se acerca más al sabor de antaño. Pero el mercado sigue dominado por gigantes que compiten a base de precio, no de sabor. El último surtido comprado «por el recuerdo» acabó en la basura: todas las galletas sabían igual, a azúcar barato y edulcorantes.
Al final, el único surtido que sigue intacto es el de los recuerdos. Y ese, al menos, no lleva aceite de palma.