El diputado de Más Madrid Eduardo Escudero rompe a llorar en la Asamblea al denunciar que las familias gitanas son rechazadas en los tanatorios: «¿Acaso nuestro dolor vale menos?»
Eduardo Escudero, diputado de Más Madrid, protagonizó el pasado miércoles un momento de gran tensión emocional en la Asamblea de Madrid. Entre lágrimas, relató cómo varias familias gitanas, incluida la suya, han sido expulsadas o maltratadas en tanatorios de la capital al intentar despedir a sus seres queridos. «Llaman a un tanatorio, a otro, y no les cogen; cuando encuentran sitio, les ponen pegas», afirmó. La bancada de su partido le ovacionó, pero el debate social que ha desatado es mucho más complejo.
Una práctica recurrente o una anécdota aislada
Las declaraciones de Escudero han reabierto la discusión sobre la discriminación hacia la comunidad gitana en servicios funerarios. Según el diputado, no se trata de un caso aislado: «Esto lo viví yo, lo vivió Abraham Jiménez una semana después y lo viven cientos de familias gitanas en los tanatorios de Madrid». Por contra, hay quienes sostienen que el problema no es la discriminación sino el comportamiento de algunas familias, que organizan velatorios multitudinarios y ruidosos que perturban a otros usuarios. «No es que valgan menos, es que son más escandalosas», se argumenta.
El factor económico y las costumbres funerarias
Un dato que emerge del debate es que las familias gitanas suelen ser «excelentes clientes» para las funerarias: eligen los ataúdes más caros y los ramos más costosos, y pagan al contado. Sin embargo, también se señala que sus velatorios pueden ser largos, con gran afluencia de personas y cantos, lo que choca con la privacidad de otras familias. Algunos abogan por que utilicen sus propias iglesias evangélicas o locales de culto, mientras que otros recuerdan que antes los velatorios se hacían en casa.
El trasfondo de la mortalidad juvenil
Un comentario inquietante que ha circulado en redes señala que el diputado habla de «madres que lloran a sus hijos», un patrón demográfico inusual en la población general, donde es más común que los hijos lloren a los padres. Esto ha llevado a especulaciones sobre las causas de esa mortalidad temprana, aunque sin datos concretos. Lo cierto es que la esperanza de vida de la comunidad gitana en España es entre 8 y 10 años inferior a la media, según estudios académicos.
La pregunta que queda en el aire es si las instituciones fallan al no garantizar un trato igualitario o si la solución pasa por adaptar los servicios funerarios a la diversidad cultural. Mientras tanto, las lágrimas de una madre gitana siguen pesando —para algunos— menos que las de cualquier otra.