Aparcar en un paso de peatones y ponerse chula: el drama de recriminar
¿Qué pasa cuando un conductor aparca sobre un paso de cebra, bloqueando el cruce, y al recriminárselo responde con desprecio? En un vídeo que circula estos días, dos mujeres estacionan su vehículo justo encima del paso peatonal. Un transeúnte les llama la atención. Lejos de disculparse, una de ellas se encara, le acusa de haberla tocado y lanza el mantra de que «no se puede tocar a una mujer». La discusión escala hasta que un tercero –otro varón– se interpone para separarlos. El incidente, grabado y difundido, aviva el debate sobre las dobles varas de medir y la instrumentalización de la ley.
La infracción y la reacción desproporcionada
Aparcar sobre un paso de peatones no es una falta menor: además de la multa de 200 euros, supone un peligro objetivo. Un vehículo detenido en el cruce oculta la visión a otros conductores, que pueden no ver a un niño cruzando. La maniobra es directamente temeraria. Sin embargo, en el vídeo se observa cómo las ocupantes del coche, lejos de reconocer su error, pasan al ataque. La que conduce se acerca al peatón, lo encara y eleva la voz. Cuando él la aparta –presuntamente para mantener la distancia– ella grita que la ha agredido. Es aquí donde aparece el factor de género: «no puedes tocar a una mujer», repetido hasta la saciedad. El debate se traslada entonces de una infracción de tráfico a una supuesta agresión machista.
El peligro de la denuncia falsa y la sombra de Viogen
Cualquier roce físico entre un hombre y una mujer en la vía pública se convierte hoy en combustible para un posible parte de lesiones. Como apuntan varios análisis, si la conductora hubiera llamado a la policía y se hubiera tirado al suelo llorando, el peatón podría haber pasado 48 horas detenido bajo la sospecha de violencia de género. Aunque Viogen solo aplica a parejas o exparejas –como aclara algún jurista– el peso de la acusación inicial es demoledor. El varón que intervino para separarlos, al que se tilda de «caballero blanco» o «salvador», puede que sin saberlo evitara que la situación llegara a mayores. El riesgo de una denuncia falsa es real, y el miedo a ella disuade a muchos de intervenir en conflictos cotidianos.
La lección: mejor la grúa que el careo
La secuencia del vídeo no es completa, y algunos se apresuran a especular sobre lo ocurrido antes de la grabación. Pero lo que no discute nadie es que el coche estaba mal aparcado y que las conductoras no lo movieron. La reacción proporcional habría sido llamar a la policía local, que suele estar deseando poner la grúa. El peatón, en lugar de enzarzarse, pudo haberse ido a un bar cercano y disfrutar del espectáculo de la multa y la retirada. Pero la calentura del momento –y la actitud chulesca– hicieron que las cosas se desbordaran. Y así, una infracción menor se convierte en un rifirrafe que recorre internet, alimentando la brecha entre sexos.
En resumen, aparcar mal es una estupidez. Pero encararse con quien te lo dice demuestra una mezcla de impunidad y mala educación que, en el clima actual, puede acabar con el denunciante esposado y el infractor convertido en víctima. Ironías de la justicia callejera.