Argentina: ¿llega el fin del ciclo progresista?
En los círculos políticos argentinos resuena con fuerza una afirmación: el progresismo habría agotado su ciclo. La frase no es neutra –lleva carga de hartazgo– pero refleja un estado de ánimo que va más allá de las etiquetas. El dato disponible es escaso, pero la intensidad del sentir invita a preguntarse si el péndulo político en Argentina está a punto de oscilar.
Tras años de gobiernos que se reclamaban progresistas –con distintas variantes peronistas y kirchneristas–, la fatiga social se ha instalado. Inflación, cepo cambiario, inseguridad y un constante deterioro del poder adquisitivo han desgastado al relato oficial. Que el hastío se traduzca en un giro electoral es otra cuestión.
Lo cierto es que el debate sobre el fin del progresismo no es nuevo en la región. Argentina, con su histórica bipolaridad entre peronismo y antiperonismo, siempre ha sido un termómetro. Pero la peculiaridad actual es que la crítica no viene solo de la oposición tradicional, sino de sectores que antes apoyaban al modelo.
Con una economía atada a cepos y una inflación que no cede, el progresismo retrasista –como lo llaman sus críticos– tiene difícil defensa. Pero el relevo tampoco está claro. Ironías del destino: puede que el fin del progresismo no sea el principio de nada mejor, sino más de lo mismo con otro nombre.