Paquirrín, acosado en la escuela y vapuleado al contarlo
Contar que fuiste el niño al que zurraban en el recreo debería cerrar un ciclo de miedo. En el caso de Paquirrín, ha abierto otro: el del desprecio público. Porque la confesión del que fuera objetivo de las palizas de los chavales ha provocado algo más que la compasión de rigor; ha destapado una corriente de comentarios que le reprochan todo, desde su historial hasta su físico.
El escarnio que sigue al acosado
La noticia, difundida por un medio deportivo, se ha cruzado con la particular sinergia de redes y cajas de comentarios. Hay quien responde al relato con un “pobrecillo, todo por envidia”; otros responden con el inventario de sus cuentas pendientes: sus 42 años, sus dos ictus, su trayectoria, su aspecto. La discusión se desvía de la agresión al agredido, como si el testimonio del dolor diera licencia para reabrir el juicio.
El patrón de la doble victimización
Las líneas que separan el acoso escolar de la persecución adulta son delgadas. Cuando el acosado se convierte en personaje público, el escarnio se disfraza de opinión y la sentencia ya no requiere paliza: basta una red social y un teclado. El mecanismo es viejo, pero cada vez se parece más a una segunda ronda del castigo.
Al final, la historia de Paquirrín no es solo la del niño que recibía palizas por todos lados. Es un espejo de cómo la compasión se agota cuando el rostro que la pide no encaja en el guion de víctima perfecta. Si la pelea del recreo se cerraba al sonar el timbre, esta ración de castigo acaba de empezar. ¿Cuántos relatos de acoso seguirán topándose con el mismo muro de descalificaciones?