La cesta de emergencia para dos personas: qué meten y qué falta
¿Cuánta comida hay que tener en casa para aguantar una semana sin pisar el supermercado? La propuesta que circula entre los aficionados a la prevención cabe en un folio: un bote pequeño de café, medio kilo de leche en polvo, seis yogures que no necesitan frío, dos panes de molde, dos kilos de patatas, cuatro latas de atún, dos de lentejas, dos de alubias, un kilo de verdura, un litro de zumo, fruta en conserva, cuatro refrescos,
doce litros de agua y una botella de vino. Todo calculado para dos personas y siete días. Si el horizonte se estira a un mes, la receta se multiplica por cuatro.
Es la lógica del superviviente doméstico: comprar lo que no caduca, apilarlo y esperar. La pregunta útil no es si el escenario llega, sino si la lista está bien dimensionada. Y ahí empieza el desacuerdo.
¿Qué incluye la cesta de emergencia para dos personas?
La lista se ordena por grupos: lácteos, hidratos de carbono, grasas y proteínas, vitaminas y bebidas. Nada exótico. Pan de molde, patatas, aceite, huevo en polvo, conservas de pescado y legumbre, frutos secos, cebollas y pimientos, zumo, piña y melocotón en almíbar. El agua, doce litros, es la partida que más espacio ocupa y la que menos margen tiene.
El envite tiene truco de calendario: quien diseña la cesta da por hecho que el corte de suministro dura poco y que después se vuelve a la normalidad. Bajo ese supuesto, siete días de comida son un colchón, no una despensa. El propio autor del listado admite la duda y pide que le corrijan si se ha pasado o se ha quedado corto. Se quedó corto, y lo sabía.
Cuánto cuesta de verdad prepararse para un colapso
Con esa cesta semanal, dos adultos comen. Poco más. El primer reproche que aparece es de escala: para aguantar dos años, calculan, hay que multiplicar por cuatro lo previsto y desembolsar entre
1.500 y 2.000 euros solo en comida. Otras estimaciones suben la apuesta a
300 botellas de trigo o a 180 kilos de arroz y pasta como colchón razonable para una pareja.
Existe material más desarrollado. El divulgador Pedro Prieto publicó una hoja de cálculo,
Equipo de emergencia v1.0, que promete tres años de autonomía teórica salvo imprevistos de otra índole. Y una calculadora estadounidense de almacenamiento familiar obliga a disponer de unos
200 metros cuadrados de vivienda para apilar todo lo que exige. La conclusión práctica es incómoda: el cuello de botella no es la lista de la compra, es el metro cuadrado.
Los huecos del kit: sal, seguridad y algo para el trueque
Las ausencias cantan más que las presencias. Falta sal, sin la que la comida sosa no hay quien la trague. Falta gasolina. Falta, según el humor reinante, preservativo, con el argumento de que un encierro largo y sin distracciones acaba en población nueva a la que alimentar. La broma es vieja y sigue funcionando.
Más serio es el capítulo de la seguridad. Hay quien sostiene que de poco sirve acumular víveres si no se protege la casa: aislar el perímetro, evitar visitas indeseadas o, directamente, contar con ballesta y flechas. En paralelo aparece la tesis del trueque: en ausencia de dinero, lo prudente es guardar lo que históricamente ha funcionado como moneda, y ahí el
tabaco encabeza la lista por delante de cualquier lata.
Conservas, cristal o deshidratados: cómo almacenar sin tirar la comida
La técnica importa tanto como la compra. El consenso técnico apunta a que el cristal conserva mejor que la lata, y a que la pasta envasada aguanta entre uno y dos años sin dramas. Arroz integral y blanco, legumbre seca, miel, azúcar, sal marina sin refinar, bacalao salado y muesli forman el núcleo duro de una despensa que envejece bien.
Para el que produce su propia cosecha hay un truco que se repite: congelar el grano 24 horas antes de envasarlo al vacío, para matar cualquier insecto que venga dentro. Y una disciplina de rotación que casi nadie practica: consumir siempre el envase más próximo a caducar y reponerlo. Las fechas impresas, recuerdan, son conservadoras de más; un alimento pierde propiedades antes de pudrirse, y hay bastante trecho entre una cosa y la otra.
La alternativa que se cuela en la conversación es la comida deshidratada, que no caduca y que se vende en packs anuales con envío a España. Sale cara por ración. Nadie ha encontrado la forma de que salga barata.
Del kit teórico al acopio real: la pandemia como ensayo
El ejercicio dejó de ser teórico en
febrero de 2020. Quien ya tenía el plan hecho lo ejecutó sin aspavientos: latas de atún, legumbres, leche, arroz, harina, levadura, sal, aceite comprado a granel a productores locales y proteína de reserva en forma de bacalao salado. A eso se sumaron calabazas enteras, que aguantan mucho más que las patatas, y congelados. Varias personas describen semanas sin pisar la calle.
El espejo que se usa como referencia no es una película de desierto, sino Argentina tras la crisis de 2001: cómo vive una familia de clase media cuando el dinero se evapora pero la vida continúa. De ahí salen también las derivadas agrícolas del asunto: depósitos enterrados para recoger agua de lluvia, riego por goteo nocturno para evitar evaporación, semillas de variedades antiguas y la vieja discusión sobre regar con agua de mar, que solo funciona donde la lluvia lava la tierra y el pH se controla con cal.
Casi dos décadas después del primer mensaje, la cesta sigue teniendo doce litros de agua y una botella de vino. El rifle, de momento, no ha hecho falta. La linterna de dinamo, en cambio, se agotó.