El enigma de la inmigración en Europa del Este: por qué no llegan
Polonia, Hungría y Chequia apenas reciben inmigrantes. La explicación más simple dice que es porque no quieren, y hay algo de cierto. Pero los datos y el contexto económico matizan esa afirmación: el fenómeno responde a una mezcla de políticas fronterizas, incentivos económicos y factores culturales.
Fronteras y actitud social
En estos países, la política migratoria es explícitamente restrictiva. Se argumenta que la población autóctona mantiene una actitud más hostil hacia la llegada de extranjeros, y que los partidos que promueven políticas de acogida suelen ser castigados electoralmente. A diferencia de otros estados europeos, aquí no hay una corrección política que limite el debate público sobre inmigración. Además, los sistemas de ayudas sociales son menos generosos, lo que reduce el atractivo para quienes buscan beneficios económicos. Un viajero que recorrió el Danubio en crucero relata que en Budapest o Bratislava apenas vio presencia de migrantes, en contraste con Viena. Es solo una impresión, pero ilustra la percepción de seguridad en esas ciudades.
Factores económicos y demográficos
El clima frío y los idiomas difíciles (húngaro, polaco, checo) también juegan un papel. Pero hay un dato más relevante: estos países están creciendo económicamente. En poder adquisitivo, Chequia, Polonia, Lituania o Eslovenia ya han superado a España. Portugal está en el 81% de la media de la UE, igual que Polonia hace dos años, y Rumanía o Croacia crecían al 4% cuando España lo hacía al 2% en 2024-25. La conclusión incómoda es que España, en poder de compra real, ya ocupa el puesto 19-20 de la UE, pese a ser el 14º en nominal.
Si la tendencia se mantiene, estos países del Este podrían convertirse en destinos más atractivos para el talento y la inversión, pero la brecha cultural y climática seguirá siendo un filtro. La receta no es única: es una combinación de política, economía y sociedad. El tiempo dirá si se sostiene.