La juerga crediticia del boom de los 2000 pasa factura en 2026
A las once de la mañana, un tipo pide un cortado con hielo en la barra y sentencia que todo es culpa del Estado. Es el “langosto”, el especulador que se apuntó al dropshipping o a las criptomonedas de 2021 y acabó sin blanca. En 2026, con las crisis acumuladas, ese personaje es el reflejo de una época que todavía no quiere enterrar el boom de los 2000.
La lectura que se impone es dura: el boom de los 2000 fue la resaca de 20 años de fiesta pagada con dinero de mentira. La fiesta consistió en crédito a tutiplén, ladrillo y una clase media que creyó que la subida era eterna. Ahora llega la cuenta, y los mismos que la organizaron piden esfuerzo mientras se reparten el guano.
En el callejón, el lenguaje también se afila. Al tiburón financiero sin blanca se le llama “langosto”. Al que pide crédito para otra startup de venta de tazas, también. Y a la ideología que invita a conformarse con el catálogo de ofertas se le conoce como “lonchafinismo”: no te salvas ni en la sección de rebajas. Mientras el Paco y la Charo siguen con su terraza, la única corriente que no engaña es la del fondo de la cuenta.
Lo descolocante es que, con todos los discursos de esfuerzo, la cesta pesa lo mismo y los bolsillos vacíos se han vuelto la única constante. El boom de los 2000 no terminó: se mudó a la sección de ofertas, y sigue pasando por caja.