Qué ETS se contagian en el sexo de pago: la sarna, el gran olvidado
Las ETS no entienden de moral ni de oficio. La conversación sobre el trabajo sexual y las prácticas de riesgo se mueve entre la demonización y la negación, pero los testimonios de quienes han estado en primera línea dibujan un mapa distinto. Las enfermedades clásicas –clamidia, gonorrea, herpes– aparecen identificadas y tratadas, mientras que la sarna, una infección de la piel que no es estrictamente una ETS, se cuela como el contagio real más citado. Y hay un detalle incómodo: casi siempre viene de un encuentro civil, no profesional.
Un relato describe décadas de sexo sin protección con trabajadoras sexuales, incluido el anal, sin una sola ETS clásica. La misma persona acabó con sarna contagiada por una mujer no vinculada al oficio. La picazón, que se intensifica por la noche, lo llevó a la dermatóloga; un gel la eliminó en dos días. La anécdota es ilustrativa de hasta dónde llega el azar en la salud sexual.
La gonorrea, por su parte, se cita como un recuerdo de otra época: en los años 90, “todo el que se movía acababa con una gonorrea de recuerdo”. El caso narrado se trató con antibióticos de la Seguridad Social y dos semanas de dieta, tras contagiarse en Torremolinos con una mujer “liberada”, no con una profesional. La moraleja es doble: el riesgo no distingue entre profesionales y aficionadas, y el sexo con preservativo sigue siendo la única vacuna fiable.
Mientras el trabajo sexual permanezca en el limbo jurídico, la información sobre qué se contagia y cómo seguirá saliendo de testimonios anónimos. La sarna, que pica de forma intensa, es el mejor resumen de que la prevención no entiende de etiquetas.