El relativismo que se refuta a sí mismo, atribuido a una IA
Si no existen verdades ni valores objetivos, la condena de la esclavitud o del genocidio se queda sin suelo firme: también sería relativa. Ese es el arranque de un texto publicado en un foro que sostiene que el relativismo moral se derrumba en cuanto se lleva hasta sus últimas consecuencias. Enumera la autorrefutación performativa, la circularidad del consenso y la disolución de la tolerancia. Lo llamativo es otra cosa: quién parece haberlo escrito.
La autorrefutación performativa: el argumento que se muerde la cola
El núcleo del razonamiento es este: si todo valor es una construcción histórica o cultural, entonces el propio valor que se atribuye a esa tesis —su pretendida lucidez— es también una construcción. No puede reclamar validez universal y a la vez negar que exista algo así. Idéntica objeción cae sobre el conocimiento situado: si todo saber depende del contexto, la afirmación de que todo saber depende del contexto se limita a su propio marco. Y sobre la tolerancia: si todos los valores son relativos, el valor de tolerar también lo es, y no queda ninguna razón no-relativa para preferirla.
El texto anticipa la objeción del consenso: si todo criterio de validez es relativo, el propio consenso se vacía y se vuelve circular, porque ya no hay nada que legitime por qué debería respetarse el acuerdo alcanzado.
¿Quién escribe hoy los argumentos filosóficos?
El detalle incómodo llegó después. Una respuesta señaló que el texto tiene la firma inconfundible de una inteligencia artificial: estructura hiperorganizada, listas numeradas, sección de matices para exhibir neutralidad, tono impersonal y fluido, cero marcas de estilo personal. La secuencia, según ese mismo participante, termina de delatarlo: primero aparece el argumento; luego, un dictamen que diagnostica su origen artificial; y por último, la conclusión de que la máquina refuta sin problema lo que ella misma había producido minutos antes.
La paradoja resume bastante bien el estado del debate. Según ese diagnóstico, el texto que acusa al relativismo de no poder sostener nada acabaría siendo un producto intercambiable de un generador estadístico, replicable, corregible y desechable.
Queda ahí, en el punto donde el análisis se atasca. Si el relativismo se autorrefuta, alguien tendrá que explicar por qué un argumento así no lo firma nadie.