Deporte de élite y ejercicio moderado: el error que sostiene la polémica
El deporte de élite no se practica para estar sano, sino para rendir. Confundirlo con el ejercicio moderado es el error que sostiene cada discusión sobre salud y esfuerzo físico desde hace una década. La última vuelta de tuerca la dio Juan Manuel de Prada con una tesis sencilla y perfectamente vendible: el deporte es malo para la salud, y por eso él no lo practica. El texto original está fechado en 2015 y ha vuelto a circular con la misma capacidad de incendiar una sobremesa.
El asunto tiene dos capas. Una es médica: cuánto ejercicio, de qué tipo y a qué edad. La otra es económica y moral: quién cobra por decir lo impopular y por qué esa estrategia funciona casi siempre.
Deporte y ejercicio no son lo mismo
La distinción es vieja y casi nadie la aplica. El ejercicio es actividad física moderada y regular, orientada a mantener la capacidad funcional: caminar, nadar, pedalear sin buscar marca. El deporte, sobre todo el de competición, lleva el cuerpo al límite y acumula lesiones que se cobran factura años después. Cuando se mezclan ambos conceptos, cualquiera puede defender lo indefendible.
De ahí que buena parte de la discusión se atasque en los extremos: o maratones a los 50 o sofá y bollería industrial. El término medio —moverse a diario sin obsesión y comer con cabeza— no genera titulares, pero es lo que sostienen la mayoría de las voces con algo de criterio.
La falacia de la foto y del centenario
Aparecen dos trampas argumentales recurrentes. La primera es la de las dos imágenes separadas por medio siglo: se atribuye al deporte una diferencia que explica el simple paso del tiempo. La segunda es la del abuelo longevo. Que una bisabuela llegara a los 103 años sin pisar un gimnasio no demuestra nada sobre el deporte, igual que un torero que se puso a los 90 no prueba que la actividad taurina sea saludable. Es correlación disfrazada de causa.
Aun así, el dato que más circula —casi siempre sin fuente— es incómodo: que casi ningún deportista de élite alcanza los 80 años. La cifra se lanza como martillo en cada discusión y nadie la respalda con un estudio.
Provocar es un modelo de negocio
El episodio tiene un componente económico difícil de ignorar. Se estima que un artículo de opinión de este tipo se paga entre 600 y 700 euros. Para una firma con audiencia, soltar cada temporada una provocación calculada sobre salud, religión o dieta es una inversión de rentabilidad garantizada: genera indignación, respuestas y tráfico.
El patrón se repite. Los polemistas profesionales, herederos declarados de los grandes provocadores de la prensa española, aciertan cuando afinan la ironía y se pasan de rosca cuando la convierten en doctrina. Aquí, sostienen las críticas, se pasa.
El cuerpo como marcador moral
Y luego está la capa incómoda: el físico del que firma el texto. Buena parte de las réplicas no discuten el argumento, sino al argumentador. Si defiendes que estar gordo puede ser una elección legítima mientras tú lo estás, el mensaje se lee como coartada. La obesidad mórbida, recuerdan, multiplica el riesgo de enfermedad cardiovascular, articular y metabólica.
La defensa seria del derecho a no hacer deporte existe y no necesita padrinos con sobrepeso. Pero cuando el mensaje y el mensajero se estorban, gana el espectáculo.
Con estos mimbres, la polémica no se resolverá con datos, porque nunca fue un asunto de datos. Si algo enseña el ciclo, es que la provocación rentable no se agota: la próxima ya está escrita y solo falta una firma. Que esta vez se hable de ejercicio moderado y no de cuerpos sería pedir demasiado, pero la puerta queda abierta.