La misantropía como competición: 8.000 millones de páginas
¿Cuánta lucidez cabe en un texto que pide la desaparición de la especie humana? El manifiesto existe, ocupa varias pantallas y llega firmado por un alias que se autoproclama
campeón de la ofensa en prosa. Su tesis es que la conciencia no es un privilegio sino el castigo biológico más cruel; su conclusión, escrita como sentencia, es una eutanasia colectiva supervisada por un vigilante inventado para la ocasión. No es una noticia, es un género: la misantropía de auditorio.
El texto repasa casi todo. Reprocha a la especie su forma de vestir, los vehículos que compra, la música que escucha, cómo camina sobre el asfalto y cómo ocupa la playa. Le atribuye milenios de un sistema organizado desde despachos, una incapacidad general para mirar una puesta de sol y una indiferencia selectiva ante el dolor ajeno.
El texto acumula reproches; no aporta una sola prueba.Qué propone el manifiesto contra la humanidad
La parte propositiva es la más ambiciosa. El autor calcula que su tratado completo tendría
8.000 millones de páginas en el primer tomo, una por cada contenedor biológico censado, y que haría falta
un anexo cada doce meses para actualizar la lista de supuestas tonterías nuevas. El remate es una figura de guardia inventada para la ocasión: el Niño Lunar, auditor único, encargado de vigilar que ningún espécimen se escape del veredicto y de quedarse después al cargo de un planeta vacío.
Hay una lógica interna, y es exactamente la de una auditoría: identificar al sujeto, medirlo, certificar su cierre. El problema es que el sujeto auditado firma el informe. No hay plan operativo ni destinatario al que ordenar nada; hay retórica apocalíptica, un género con siglos de solera y cero consecuencias prácticas documentadas.
Quién odia más: las primeras respuestas
Una de las primeras réplicas no discutió nada, estableció un ranking. Venía a decir que, puesto al lado del autor, quien respondía era la Madre Teresa de Calcuta; que el manifiesto roza el paroxismo. El misántropo de salón arrastra un problema clásico:
su género favorito es la competición, y en cuanto publica aparece alguien dispuesto a desbancarlo por la vía del chiste.
Otra réplica fue más quirúrgica. Si desprecias a la especie, se le vino a decir, la estás mirando desde la perspectiva de un parásito. La contestación no se hizo esperar: quien firma es humano y presume de distinguir su contenedor animal de su estructura racional.
La defensa del misántropo es siempre la misma: yo no soy como los demás. También es la frase que pronuncia cualquier vecino de rellano cuando sube la comunidad.
El detalle que delata a quien desprecia a la humanidad
Aquí está el dato que estropea la pose. El manifiesto se reflotó con una sola palabra,
arriba, hasta siete veces consecutivas. Un texto entero de desprecio hacia el personal y, acto seguido, la necesidad imperiosa de que ese personal mire.
El desprecio a la humanidad ejercido en voz alta exige humanidad delante, y a ser posible con el contador subiendo.
El propio autor reconoció que lo publicado era
el calentamiento, el prólogo de algo mayor. Nadie redacta 8.000 millones de páginas para nadie. Se redactan para que alguien pregunte cuándo sale el segundo tomo.
Queda el consuelo estadístico: un informe de 8.000 millones de páginas, con anexos anuales y un auditor eterno, arrastra el mismo defecto que todas las auditorías, que al final lo tiene que leer alguien. Y el único voluntario disponible es el que lo firma.