Debate sobre el castigo divino: «Dios no lo va a permitir»
La idea de que Dios está enfadado con la humanidad y de que merecemos una corrección recorre un debate que se abre con una tesis incómoda: según un participante, la bondad se ha asociado a la tontería y el mal se ha instalado como algo normal. El planteamiento inicial sostiene que incluso se ríen de los buenos y que «Dios no lo va a permitir». A partir de ahí, la conversación deriva hacia terrenos muy distintos: la identidad nacional, la política, la teología y hasta la naturaleza de los gatos.
Qué se plantea en el mensaje inicial
El punto de partida es una queja moral: según quien abre el tema, hemos permitido que el mal se instale entre nosotros como algo normal. Sostiene que lo más justo para todos sería que todos fuésemos buenos, y que hoy día incluso se ríen de ellos. La conclusión que extrae es que «Dios no lo va a permitir», que merecemos una corrección y que no tardará mucho.
La respuesta no se hace esperar. Hay quien responde que actúa según sus principios y que lo que piensen de él le resbala, apelando a la personalidad como virtud. Otros tercian que Dios nos dijo que fuéramos hermanos, no primos, y que manejando el presupuesto y el BOE no hace falta personalidad: solo sentarse en un sillón y usar lo que tienes.
La deriva hacia la identidad y la política
El debate se desplaza pronto hacia la identidad de España, que se presenta como una identidad de milenios frente a la modernidad. Hay quien acusa a otros de haberse dejado influenciar por el satanismo y la modernidad, y quien responde que la identidad de España es la identidad de otros y que es hora de corregirla.
Aparece también la idea de que en este mundo te va mejor cuanto más cabrón seas, y que así nos va. La corrupción se describe como algo que está de arriba a abajo. La conversación mezcla la teología con la política sin ningún pudor.
El giro teológico: ¿un Dios que se enfada?
Una de las corrientes más repetidas sostiene que Dios no se enfada, porque eso es hacer de Dios un ser a imagen y semejanza del hombre. Somos nosotros los que cosechamos lo mismo que hemos sembrado, y la idea del Dios castigador se considera casi tan absurda como la materialista de que todo se creó de la nada.
Frente a eso, otra línea defiende que Dios es un árbitro justo e imparcial, y que los malvados son vengativos porque adoran al maligno. Y una tercera sostiene que esta vida es un filtro: para poder filtrar a la gente tiene que existir el bien y el mal, además del libre albedrío para que cada cual se posicione. Si finalmente Dios interviniera, no sería porque el mal reine, sino porque la tecnología actual nos está llevando a un punto donde el libre albedrío está dejando de existir.
El libre albedrío y la teoría de la fragmentación
Hay quien plantea que, según la teoría de un Dios creador, el todo no puede existir algo al margen de él, y que Dios es neutro: se recrea y experimenta a través de todas las experiencias. La respuesta es tajante: Dios no necesita experimentar a través de nosotros porque ya lo sabe todo. Y la contrarréplica: para crear esta realidad tiene que auto fragmentarse, y Satanás sería un fractal o un fragmento que cumple su rol dentro de la experiencia recreativa.
La discusión se enreda en si todos somos hijos de Dios o no. Una postura sostiene que muchos no quieren y otros no lo merecen, y que hay un grupo de personas que Dios no permite que sean Sus hijos, quizás decidido antes de nacer. Es un misterio, se admite.
La humanidad ante un fin de ciclo
Otra línea introduce la idea de que la humanidad está en un fin de ciclo de 26.000 años, y que vamos a pasar de un mundo de pruebas y expiación a un mundo de regeneración. Buena parte de la humanidad no pasaría este examen final y tendría que repetir curso en otro planeta.
La respuesta a esa tesis es dura: se cuestiona el nivel del que la plantea. El intercambio sube de tono y se cruzan descalificaciones, aunque también hay quien sentencia que la humanidad no existe.
Los gatos, la familia y el cierre
En medio de todo, aparece un debate sobre los gatos: se afirma que hay gatos con más personalidad que muchas personas, y se responde que la mayoría son inmensamente crueles y un mucho de asalvajados, aunque en algunas familias se hayan tenido gatos mansos y generosos.
El cierre queda abierto. Unos sostienen que ya estamos siendo corregidos y que todavía falta. Otros se declaran enfadados con Dios, aunque sea en broma. Y hay quien apunta que, dada la situación del mundo, un Dios todopoderoso se tiene que estar cagando de la risa. La pregunta queda en el aire: ¿está Dios enfadado o somos nosotros los que no queremos mirar lo que hemos sembrado?