Eric Finch
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La entrevista de Pedro Sánchez en La 1 con Jesús Cintora y Esther Palomera ha sido calificada de "periodísticamente intrascendente" y una "pérdida de tiempo", con los periodistas acusados de seguir el argumentario de Moncloa.
La entrevista concedida por Pedro Sánchez a Jesús Cintora y Esther Palomera en La 1 ha generado un considerable debate sobre la calidad del periodismo y la relación entre el poder político y los medios de comunicación públicos. La crítica se centra en la aparente falta de rigor y de cuestionamiento por parte de los entrevistadores, quienes habrían cedido ante las directrices del presidente del Gobierno, llegando a ser calificados como "admiradores", "amigos", "esclavos" o "siervos" del sanchismo.
El propio Cristian Campos, autor de la columna que sirve de base a este análisis, expresa su vergüenza ajena ante lo presenciado, sugiriendo que la exigencia de Sánchez de ser entrevistado por Cintora y Palomera revela una percepción de estos como meros altavoces de su discurso, más que como periodistas independientes. La idea de que el "cariño de los corruptos" puede ser más revelador que el "desprecio de los honrados" se utiliza para ilustrar una situación donde la complacencia parece primar sobre la fiscalización.
La televisión pública, financiada con fondos de todos los españoles, se convierte en el escenario de este encuentro. La crítica apunta a que, en lugar de ejercer una función fiscalizadora, los periodistas habrían optado por una postura complaciente, facilitando el discurso del presidente. Se cuestiona la decisión de Cintora y Palomera de aceptar la invitación bajo estas condiciones, sugiriendo que un periodista íntegro debería haberse negado, argumentando que no desea formar parte de un "club" que le acepte como mero seguidor.
La entrevista es calificada de "periodísticamente intrascendente" y una "absoluta pérdida de tiempo", comparándola incluso desfavorablemente con la cobertura de eventos como el asedio de Waco. Se presentan ejemplos concretos para sustentar esta crítica. Uno de ellos se refiere a la jueza Tardón, investigada por una supuesta "violación del territorio nacional". En lugar de cuestionar a Sánchez sobre la investigación, se plantea si el objetivo era fiscalizar a la jueza o a quienes la investigan. La pregunta sobre por qué no se entrevistó directamente a la jueza si el fin era criticarla subraya la percepción de un enfoque sesgado.
La reacción de Sánchez ante las preguntas de Cintora, descrito como una "cara de recochineo" mientras este "recitaba el argumentario de la Moncloa", refuerza la idea de una entrevista orquestada. La ironía se acentúa al señalar que La 1 es descrita como "la más privada de todas las cadenas privadas españolas".
El análisis profundiza en las contradicciones y las preguntas no formuladas. Se señala que si la condición de ex consejero de Caja Madrid invalida a la jueza Tardón para su función, ¿por qué no invalida para la de presidente del Gobierno? Se plantea si Sánchez tuvo responsabilidad en la quiebra de la caja y a quién perjudica más haber sido consejero: a un juez que aplica leyes o a un presidente que gestiona la economía del país.
Otro punto de fricción es la cuestión de la inmigración, particularmente en relación con Ceuta. Cuando Sánchez afirmó que la alternativa a permitir la "invasión" de la ciudad por parte de Marruecos era "liarse a tiros", se cuestiona por qué Cintora y Palomera no exploraron soluciones intermedias o preguntaron por alternativas que otros países como Singapur, Japón, Corea del Sur o Polonia emplean para mantener una inmigración ilegal prácticamente nula sin recurrir a la violencia. La pregunta implícita es si la mente del presidente es tan "primitiva" o "incapaz políticamente" como para no ver más opciones.
La condena penal del hermano de Pedro Sánchez, David Sánchez, también es objeto de escrutinio. Cuando el presidente anunció que "recurrirían" la sentencia, se plantea quién es ese "nosotros" y por qué el presidente debería inmiscuirse en la defensa penal de su hermano. Se insinúa la posibilidad de que se utilicen abogados del Estado, lo cual podría constituir un delito. La pregunta final es si la condena de su hermano le afecta tanto como para movilizar recursos del Estado, pero no lo suficiente como para dimitir, como haría cualquier otro presidente en un país democrático si un familiar cercano fuera condenado por un delito directamente relacionado con su posición política.
El artículo menciona un informe de Interior que atribuye a Cintora una "ideología de izquierdas, especialmente afín a los grupos alternativos al PSOE" y a Palomera una "ideología moderada de izquierdas, favorable, en general, a las políticas del gobierno". Esta descripción, calificada como una "forma elegante de decirlo", sugiere que la alineación ideológica podría haber influido en la pasividad de los entrevistadores.
Se describe un momento en el que Sánchez apenas podía contener la risa ante una pregunta de Cintora, y Palomera habría permitido que su compañero asumiera el "ridículo" mientras el presidente disfrutaba de la situación. Se percibe en Palomera, a pesar de su aparente mayor autocontrol y pudor, ciertos "reflejos musculares" ante momentos clave.
Uno de estos reflejos se produce cuando Sánchez se queja de la repercusión mediática de las declaraciones de Aldama, calificado como "un delincuente". La respuesta de Palomera con un "la repercusión", susurrada, es interpretada como una admisión tácita de que la corrupción del presidente debería, efectivamente, tener repercusión. Otro momento destacado es cuando, preguntado por los Presupuestos Generales del Estado, Sánchez se "compromete" a que el debate tenga lugar "antes de final de año". La respuesta de Palomera, "muy bien, muy bien", es criticada por no cuestionar la incapacidad del Gobierno para aprobar presupuestos en cuatro años y su negativa a convocar elecciones.
Finalmente, se menciona la reacción de Sánchez al calificar como "descendientes del franquismo" a quienes cuestionan la actuación de la hermana de Óscar Puente en el BOE, creando nuevos españoles con derecho a voto. Ni Cintora ni Palomera habrían mostrado reacción ante esta "barbaridad guerracivilista". Tampoco respondieron cuando Sánchez redujo la situación de Ceuta a un problema de "capacidad de acogida", ignorando la pregunta de por qué debería haber centros para inmigrantes ilegales o por qué los ceutíes deben aceptar una vida rodeada de delincuencia. La entrevista concluye con Sánchez afirmando que hay que "odiar menos", a lo que Cintora responde con un "absolutamente", en un tono que el autor describe como casi de devoción.
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