Bitcoin: nueve años de cotización sin un Estado detrás
¿Puede el bitcoin valer cero de la noche a la mañana? La pregunta persigue a la criptomoneda desde su nacimiento y, a comienzos de 2018, con el bitcoin en máximos históricos y casi una década de cotización a la espalda, no tiene respuesta tranquilizadora. No hay un Estado detrás. No hay un banco central dispuesto a salir al rescate. El precio lo sostienen los grandes tenedores, que pueden moverlo cuando quieran y hasta donde quieran. Y, según la tesis más incómoda, lo harán. Especulación pura, sin red.
La discusión no es nueva: lleva
nueve años rondando. Lo que cambia es el contexto. El bitcoin ya no es una curiosidad de laboratorio; mueve miles de millones y se ha convertido en activo de moda. Cuanto más sube, más duele la pregunta de qué pasa si baja.
Cuando la entidad auditada vale cero
El primer argumento que se lanza contra el pánico es el historial.
Gowex, Banco Popular, Bankia, Banco Madrid estaban auditados por no se sabe cuántas instituciones. No solo acabaron valiendo cero —el valor mínimo que se le atribuye al bitcoin—, sino que algunos arrastraron valor negativo y obligaron al Estado a poner dinero de todos. Si una empresa con auditoría, empleados, oficinas y cuentas depositadas puede desplomarse, el sello institucional no es ninguna garantía.
De ahí sale la pregunta que nadie responde con números: si lo auditado puede irse a cero, ¿por qué el bitcoin, que no promete nada parecido, iba a ser distinto? La diferencia es que un banco rescatado deja activos, deuda, hipotecas y una plantilla. El bitcoin, cuando cae, solo deja el precio. Y ese precio, además, tampoco es una constante física.
¿Por qué el bitcoin necesita al euro para tener valor?
Aquí está el punto más repetido y el más difícil de rebatir:
la referencia del valor. El bitcoin no se sostiene al margen de las monedas estatales, sino gracias a ellas. Con euros se compra en el supermercado; con bitcoins, todavía no. Su cotización depende de la del dólar o el euro y, sin una moneda grande enfrente, se queda en humo.
Los paralelismos con otros mercados tampoco consuelan. El S&P 500, el DOW, el DAX, el IBEX o el NIKKEI también se mueven a golpe de flujos. Se habla de
80 billions de capital flotante entrando y saliendo en cuestión de días. Si eso ya huele a manipulación en la bolsa tradicional, en un mercado sin horarios ni supervisor huele peor.
Drogas, armas y una trazabilidad incómoda
El uso criminal ha servido de argumento en las dos direcciones. Para unos, el bitcoin vive de pagar armas, drogas o servicios en la red profunda, y eso le da un valor residual que no desaparece. Para otros, ahí está justo su condena: sin esa demanda, el activo no valdría nada.
La respuesta más incómoda llega desde dentro del propio sector:
las transacciones en bitcoin son trazables para gobiernos y grandes empresas. Quien de verdad busca opacidad no usa bitcoin, usa Monero, Zcash o protocolos similares. Es decir, ni siquiera el dinero negro lo necesita.
A otra escala se discute si el futuro pasa por una moneda global. La respuesta que se apunta no consiste en saltarse a los bancos centrales, sino en integrarlos: llegará, si llega, a través de ellos, no contra ellos.
El oro jugaba en otra liga
La analogía con el oro es tentadora y engañosa. Durante milenios, lo único que ha mantenido valor y uso han sido los
metales preciosos. Y no por magia: el oro tiene
propiedades anticorrosivas, ductilidad y maleabilidad que lo hicieron idóneo como moneda y como joya. Un bitcoin no se oxida, pero es un registro contable que depende de que alguien lo acepte.
El problema es que el bitcoin introduce parámetros que el oro nunca tuvo:
velocidad de transferencia, ataques del 51% y protocolos alternativos que pueden dejarlo obsoleto. Compararlo con un metal que lleva siglos siendo constante es cómodo, pero no explica nada. La subida del bitcoin se parece más a una
tulipomanía que a una reserva de valor.
El límite técnico que descarta el pago cotidiano
Hay un tope que no depende de la confianza ni del precio:
la red no está diseñada para soportar un número muy alto de transacciones por minuto. Eso lo deja fuera del uso generalizado como medio de pago electrónico. Puede valer como apuesta de casino o para transacciones fuera del circuito oficial, pero no para pagar el pan.
Frente a eso, el contraargumento es siempre el mismo: si el sistema financiero fuera tan sólido, no harían falta alternativas. Los rescates bancarios y la emisión de dinero por parte de los bancos centrales alimentan la desconfianza. La discusión no es si el bitcoin es perfecto. Es si el sistema que lo rodea es mejor.
Y aquí seguimos. Nueve años después, nadie ha firmado el certificado de defunción del bitcoin. Tampoco ha aparecido todavía el que garantice que mañana, al otro lado, habrá alguien dispuesto a pagar por él.