El flamenco: debate sobre su raíz oriental o castellana
La tesis que abre el asunto es incómoda: el flamenco y el fandango no serían música occidental, sino el último rastrojo de un sistema modal que llegó a la península desde oriente. Frente a las escalas diatónicas mayores y menores y la armonía tonal clásica, el material sostiene que tanto la música árabe como el flamenco y el fandango comparten el
sistema modal Maqam, con cuartos de tono y microtonos que producen esa sonoridad «quejumbrosa» y oriental tan reconocible. El compás de 6/8 y la estructura tonal clásica quedarían, según esta lectura, del lado de la jota; el jondo, del otro.
A partir de ahí el asunto se parte en dos. Unos defienden que el flamenco nace en Andalucía en un cruce de poblaciones —conversos, moriscos, gitanos y mozárabes— y que las influencias de Asia, Oriente Medio, el Levante y el norte de África son evidentes. Otros responden que el flamenco es español y castellano, que los palos matriz se construyen sobre estrofas de raigambre castellana y que la saeta, uno de los cantes que más ha trascendido, es una loa a Jesucristo y a la Trinidad. Difícil encajarlo con un sistema religioso que niega la divinidad de Cristo.
Qué es el Maqam y por qué se compara con el flamenco
El Maqam es el sistema modal de la música árabe clásica. Frente a la escala occidental de doce semitonos, trabaja con intervalos más pequeños, cuartos de tono incluidos, y de ahí sale esa tensión sonora que en España se asocia al cante jondo. La comparación no es nueva, pero sigue levantando ampollas.
Hay quien sostiene que el flamenco es un género nacido de la clase baja andaluza, no necesariamente gitana, y que después fue apropiado por un colectivo concreto. La respuesta llega rápida: si el flamenco fuera puramente castellano, no se entiende por qué nace en Andalucía y no en Burgos. La discusión se encona cuando alguien recuerda que el norte de África fue arabizado por árabes de Arabia, de modo que los almorávides y almohades que desembarcaron en la península ya llegaban orientalizados, y trajeron ritmos africanos visibles en el baile.
El origen del flamenco: ¿siglo XIX o legado de siglos?
La fecha que descoloca a más de uno es el
siglo XIX. El flamenco, tal como se conoce hoy, se organiza entonces: un italiano, Silverio Franconetti, pone orden en un material disperso de cantes gitanos y payos, a capella o no, y lo estructura en palos. Después llegaría la evolución, con la guitarra incorporada.
Eso no significa que naciera de la nada. Mucho de lo anterior venía del clasicismo: gente del pueblo imitando música culta, tanto en el cante como en la guitarra. Jácara, zarabanda, chacona, romances, seguidillas —futuras jotas y sevillanas— forman el poso previo. Y ahí aparece un dato que rompe el relato: las tres primeras, según se apunta, serían de origen americano, con Perú y Nueva España en el mapa.
Cádiz, el puerto donde se mezcló todo
El papel de Cádiz es difícil de exagerar. Durante los siglos XVII y XVIII fue el puerto más multicultural del mundo. Por sus muelles y tabernas pasaron síncopas de esclavos negros, cantos coloniales de indianos y melodías de comerciantes franceses, ingleses e italianos. De esa mezcla salieron ritmos mestizos de ida y vuelta: zarabanda, chacona, tanguillos, rumbas y guajiras, que después cristalizarían en el flamenco y sus palos.
La ironía llega cuando se compara con Italia. Los intelectuales del sur italiano no dan la turra con que la pizzica o la tarantella sean cosas moras: son italianas. En España, en cambio, la discusión sobre el legado islámico se convierte en campo de batalla. Ocho siglos de presencia musulmana, y aún se discute si dejaron algo más que monumentos y genes.
La batalla política: franquismo, turismo y España cañi
El franquismo no fue neutral. Según se recuerda, el régimen censuró las tesis de Américo Castro para imponer las de Sánchez Albornoz, y promocionó la España cañi como imagen de marca. Necesitaba divisas del turismo como agua de mayo. Ya en democracia, los gobiernos de turno han promocionado la imagen de España en el exterior según conveniencia.
La acusación de apropiación cultural circula en las dos direcciones. Unos dicen que los gitanos se han apropiado del flamenco; otros, que fueron ellos quienes lo crearon y luego se lo han querido arrebatar. En medio, un dato que se repite: hay muchos sitios con gitanos y sin flamenco, pero no hay sitios sin españoles y con gitanos donde el flamenco exista. La conclusión que se extrae es que el flamenco es español. Otra cosa es de quién sea la autoría.
El blues, el jazz y el mismo patrón
La comparación con Estados Unidos aparece varias veces. Los africanos del delta del Misisipi, intentando imitar la música culta de sus amos, crearon el blues, el ragtime y el jazz. Los moro-gitanos de Andalucía, intentando imitar la música instrumental centroeuropea, crearon el flamenco. El patrón es el mismo: periferia que copia al centro y produce algo nuevo.
La diferencia es que en España esa lectura incomoda. En Italia no. En Francia tampoco. Aquí, decir que el flamenco tiene raíz oriental se interpreta como ataque a la nación. Y no lo es: es una descripción de cómo se forma una música en un puerto del sur de Europa, con esclavos, comerciantes y campesinos en el mismo callejón.
Con estos mimbres, la predicción es fácil: el flamenco seguirá siendo objeto de disputa identitaria mientras la discusión se plantee en términos de propiedad y no de historia. Y la historia, con sus puertos, sus escalas y sus cuartos de tono, no suele pedir permiso a nadie.