La cinefilia resiste: de la superproducción de 100 millones al terror que no asusta
Pagar 50 céntimos por un DVD de “Cabiria” (1914) y a la vez discutir si una película de 100 millones de dólares está bien rodada no es una contradicción. Es la rutina del cinéfilo en la era del streaming: un espectador que vive entre dos mundos, el clásico que se descubre en copias que casi nadie conoce y el gran estreno que se ve en una sala con 300 butacas vacías. La primera opción, la mayoría de las veces, gana por goleada. Y encima, con el móvil en la mano.
El terror moderno: de la angustia de Aster a la decepción en serie
El terror de autor ha marcado un antes y un después. “Hereditary” (2018) y “Midsommar” (2019), ambas de Ari Aster, se colocaron en el centro de la conversación. Hay quien sostiene que “Midsommar” es la mejor película de la década: esa angustia que va más allá del sobresalto, que recuerda a “La semilla del diablo” y que convierte el folclore sueco en una trampa psicológica. Otros, sin embargo, la consideran sobrevalorada y pretenciosa.
El desencanto llegó después. “It Trinc” es despachada como una medianía sobre las ETS, y “Weapons” deja demasiados flecos sin atar. La sensación de que el género da vueltas sobre sí mismo se extiende. Lo peor no es que fallen los estrenos, es que se comparan con obras que llegaron hace solo un lustro.
La escuela nórdica: cuando el drama se rueda sin red
Si el terror elevado tiene una cuna, está en el norte de Europa. Películas como “La caza” (2012), con una interpretación desgarradora de Mads Mikkelsen, o “La herencia”, se mencionan como lo mejor que se ha hecho en años. El cine danés y sueco se lleva los elogios por una escuela de actores que no necesita artificios. Hasta se llega a decir que el austríaco Haneke, al lado de los nórdicos, parece un aprendiz.
El Dogma 95 dejó huella: contar historias con lo mínimo, cámara en mano, y que el relato aguante. Esa idea reaparece en producciones de bajo presupuesto como “Deadstream”, que mezcla miedo y comedia con un montaje frenético y casi sin medios. No hacen falta cien millones para que una película tenga pulso.
Franquicias y batalla cultural: el caso RoboCop
Las sagas se han convertido en el termómetro de la lucha ideológica en Hollywood. La saga “RoboCop” se utiliza como ejemplo perfecto de degradación: la de 1987, de Paul Verhoeven, es una obra maestra del género; la segunda y la tercera ya avisan con un “protoprogresismo” que para muchos roza el esperpento; la reinvención de 2014 es directamente un engendro, y eso que la dirigió José Padilha, el de “Tropa de élite”.
El debate se repite con “Dune”, cuando se critica que el final se haya modificado para aumentar el peso de Zendaya, o con las amenazas de futuros remakes de “Hellraiser”. La acusación de fondo es siempre la misma: Hollywood ya no arriesga, obedece a una agenda y destruye la esencia de los títulos que fueron grandes. Quienes la defienden responden que el canon cambia y que las nuevas generaciones merecen su propia versión.
El canon que no pasa de moda: de Cabiria a Wilder
Frente a la industria, el clásico resiste. “Cabiria” (1914), superproducción del péplum dirigida por Giovanni Pastrone, se puede conseguir por 50 céntimos y su estreno, el 18 de abril de 1914, sigue siendo una lección de cine. Billy Wilder tampoco falta: “Primera Plana” (1974), “Perdición” (1944) y “El crepúsculo de los dioses” (1950) se repiten una y otra vez, junto con “La noche del cazador” (1955) o “Fargo” (1996).
La anécdota de una joven promesa llamada Steven Spielberg dirigiendo a Joan Crawford en un episodio de televisión y aguantando las críticas del equipo técnico se usa como metáfora: el talento acaba imponiéndose, pero conviene tener delante a una estrella que lo respete.
El cine español que compite en otra liga
El mejor cine español no necesita permiso de Hollywood. “Plácido”, de Luis García Berlanga, es una sátira navideña de una acidez que hoy sería casi imposible de estrenar. Se reivindican “Mi querida señorita”, con su famoso giro final, “Los gallos de la madrugada”, de José Luis Sáenz de Heredia, y “Surcos”, de Nieves Conde, como un retrato crudo de la posguerra. Y no solo clásicos: “70 Binladens”, una cinta vasca de atracos, se salva del olvido gracias a una fotografía decadente y una banda sonora que empasta con la historia.
El ritual perdido: del 70 mm al ordenador
El cine se ve hoy donde se puede. Hay quien añora la sala oscura, el estreno, la sensación de que apaguen las luces y la magia de formar parte durante un rato de la historia de otro. Verlo en casa tiene ventajas, pero se pierde la noche, se pierde el paseo de vuelta, se pierde el posparto cinematográfico.
Los presupuestos también generan extraños contrastes. Se dice que una superproducción de 1966 costó 100 millones de dólares, y que “Oppenheimer” manejó una cifra similar. La diferencia es que la primera se rodó en 70 mm, con extras, caballos y trajes de época; la segunda vino cargada de criterio y efectos. ¿De verdad el dinero es lo que define la ambición?
La nostalgia como último refugio
Cuando lo nuevo decepciona, el público vuelve a lo conocido. “Harry Potter”, “Rambo” o el “Verano del 42” aparecen una y otra vez en las sobremesas. La serie “Adolescentes”, de solo cuatro capítulos, también se cuela en la conversación, aunque por lo que retrata: la desconexión de los padres con los descendientes, un tema que al cine parece costarle abordar sin caer en el sermón.
Con estos mimbres, la pregunta no es si el cine ha perecid. Es si queda un lugar para encontrar lo inesperado. Cabiria espera en un DVD de 50 céntimos; la próxima obra maestra, quizá también. El que quiera verla, ya sabe dónde mirar.