León XIV excomulga a los lefebvrianos: el cisma consumado que arrastra al carlismo
La ruptura ya está sobre la mesa. El papa León XIV ha decretado la excomunión de los lefebvrianos (FSSPX) después de que ordenaran a cuatro obispos sin mandato vaticano. La decisión cierra décadas de tira y afloja que comenzaron con las consagraciones de Marcel Lefebvre en 1988 y que Juan Pablo II no logró encauzar. Benedicto XVI levantó las excomuniones en 2009, abriendo una vía de regreso que los tradicionalistas nunca acabaron de pisar. Ahora, la paciencia de Roma se ha agotado.
De la mano tendida al portazo definitivo
El movimiento de León XIV no es una sorpresa. Ya Francisco advirtió que no toleraría más desobediencias, y su sucesor ha sido coherente. La decisión llega en un contexto donde la Santa Sede negocia sin excomulgar con la Iglesia china, permitiendo que el Partido Comunista designe obispos. La diferencia de trato alimenta la sensación de que Roma aplica dos varas de medir: mano dura con los tradicionalistas occidentales, flexibilidad con Pekín. Pero los hechos son tozudos: ordenar obispos sin permiso papal es un acto cismático, y las consecuencias han llegado.
El carlismo, huérfano de pretendiente y de coartada
Entre los damnificados colaterales asoma el carlismo, o al menos su rama más intransigente, los llamados "sixtinos". Fieles a un príncipe francés de la familia Borbón-Parma, vieron en los lefebvrianos un aliado natural. La jugada les ha salido mal: se han quedado fuera de la Iglesia por apoyar un cisma que ni siquiera les beneficia. La pregunta incómoda es qué sentido tiene un carlismo sin pretendiente viable con posibilidades reales. La corriente que mezcló religión y nacionalismo se queda sin relato y, lo que es peor, sin iglesia donde misear.
Un cisma que nadie quería, pero que algunos provocaron
La excomunión no es un gesto gratuito. León XIV ha preferido el orden canónico a la unidad a cualquier precio. Los lefebvrianos, que siempre se presentaron como los guardianes de la tradición, han sido expulsados precisamente por no someterse a la autoridad que dicen defender. Y el carlismo, ese movimiento que sobrevivió a guerras, exilios y olvidos, se enfrenta a su disolución más silenciosa: sin rey, sin Papa y sin argumentos.