El valor de mercado en el amor: autoengaño y realismo
La analogía económica aplicada a las relaciones sentimentales ha ganado tracción en los últimos años. El concepto es tan simple como incómodo: cada persona tiene un valor de mercado que determina su capacidad de atraer pareja. Factores como edad, atractivo físico, ingresos y estatus social funcionan como variables de oferta y demanda.
Quienes no logran encontrar pareja suelen sobreestimar su posición en el ranking. Una mujer de 40 años con hábitos sedentarios difícilmente competirá con una de 25 en el mismo segmento; un hombre con empleo precario y vivienda modesta enfrenta un techo bajo en el mercado del ligue. No es sexismo ni clasismo: es una correlación estadística que los datos de las aplicaciones de citas confirman.
El problema surge cuando la autoimagen choca con la realidad. La teoría económica diría que el precio de equilibrio es aquel que vacía el mercado; el equivalente sentimental es ajustar las expectativas al propio perfil. Ignorarlo lleva a frustración perpetua.
La discusión, sin embargo, deja fuera variables menos cuantificables: la química, los gustos idiosincrásicos, la suerte. Reducir el amor a una subasta puede ser útil como ejercicio de realismo, pero peligroso como dogma.