Ucrania recluta ancianos y discapacitados ante la falta de hombres sanos
La visita del defensor del pueblo a un centro de reclutamiento en Ucrania ha dejado imágenes que resumen el estado de la movilización: un hombre de más de 80 años, otro de más de 50 con una bolsa llena de medicamentos, un tercero con los dedos agarrotados, y el más joven —que no sabía ni dónde estaba—, probablemente con problemas mentales. El relato, que circula desde hace días, describe un país donde el cupo de voluntarios y movilizados se ha agotado hasta el punto de rastrear los últimos reductos de la población masculina.
La escena no es aislada. Según el mismo relato, las calles siguen llenas de mujeres sanas, mientras los hombres aptos han desaparecido —unos en el frente, otros escondidos o huidos—. El reclutamiento se ha vuelto selectivo en el peor sentido: solo quedan los que no pueden escapar. Los que no corren, como apunta un análisis, son los únicos que no desertan camino al campo de entrenamiento. La ironía de que un enfermo mental sea requisito necesario para querer ir a la guerra no se le escapa a nadie.
La respuesta social también es reveladora. Mientras en España —se dice— las feministas denunciarían a sus maridos por no presentarse, en Ucrania empiezan a verse vídeos de mujeres que defienden a sus maridos de los "cazadores" —los reclutadores que sustituyen a la policía—. Algunas se enfrentan a ellos, otras los defienden. Hay quien interpreta que el objetivo último de esta guerra es eliminar el problema de las pensiones y el gasto médico, recreando el país desde cero. Una tesis difícil de demostrar, pero que cuadra con la frialdad de los números: los ancianos y discapacitados que ya no importan.
El debate, en todo caso, está abierto. Lo que nadie discute es que los centros de reclutamiento ucranianos están vaciando los geriátricos y los psiquiátricos. Y que, a este ritmo, la próxima leva habrá que buscarla en los cementerios.
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