España, ¿laboratorio mundial de la decadencia?
En los últimos meses, una corriente de análisis ha señalado a España como foco recurrente de noticias que, hace solo una generación, se habrían considerado propias de sociedades lejanas. La BBC, entre otros medios internacionales, ha cubierto con asiduidad episodios que van desde la eutanasia a jóvenes deprimidos hasta supuestos casos de corrupción que rozan lo inverosímil. El relato que emerge no es nuevo, pero sí creciente: el país habría devenido en un experimento social donde los límites se difuminan a una velocidad que desconcierta incluso a sus propios ciudadanos.
El espejo internacional y el complejo de inferioridad
Uno de los datos más repetidos en la discusión es el exceso de mortalidad durante la pandemia. Según Eurostat, España figuró en la zona alta de la tabla europea entre 2020 y 2022, aunque varios países del este la superaron. Pero más allá de la cifra, lo que llama la atención es cómo ese dato se ha utilizado como indicador de una supuesta maldad sistémica. Algunos analistas señalan que el verdadero problema no es sanitario, sino de percepción: existe una extendida sensación de inferioridad nacional que lleva a los españoles a asumir que cualquier fallo es prueba de una degeneración moral, mientras que los mismos fenómenos en otros países se tratan como disfunciones normales. El caso Epstein, que salpicó a la monarquía británica y a expresidentes estadounidenses, suele citarse como contraejemplo: si España es el epicentro del mal, ¿qué son esos países?
Política, religión y conspiraciones
La discusión sobre las causas se divide en dos grandes bloques. Por un lado, quienes atribuyen la deriva al gobierno de turno —en particular al PSOE— y a su presunta agenda progresista. La expansión de la eutanasia, las leyes de identidad de género o la gestión de la inmigración se presentan como pruebas de una voluntad deliberada de subvertir el orden tradicional. Por otro, las corrientes que ven fuerzas ocultas: la masonería, el satanismo o una conspiración global que utiliza España como banco de pruebas. Un hito recurrente es la supuesta advertencia del Papa Benedicto XVI a un ministro español en 2015: «El Diablo va a por España; quiere destruirla». La frase, entonces ridiculizada, ha ganado eco en sectores que consideran que los acontecimientos posteriores la validan.
El factor estructural: incentivos perversos
Una tercera vía, más escéptica, sostiene que no hay maldad ni satanismo, sino un diseño institucional fallido. La falta de rendición de cuentas, el clientelismo político y un entramado de chiringuitos públicos que generan rentas para una casteja política y sindical crean un caldo de cultivo donde las «aberraciones» no son sino el resultado lógico de incentivos perversos. Como ocurre con las bacterias resistentes a los antibióticos, el propio sistema produce los desinfectantes que no funcionan. La discusión, en este punto, se empantana: corregir el problema requeriría reformas que el propio sistema bloquea.
Al final, el debate deja más preguntas que respuestas. España suma noticias extrañas, pero sus vecinos no se quedan atrás. Quizá la singularidad no esté en los hechos, sino en cómo los contamos y, sobre todo, en cómo nos los creemos.