La suerte que salvó a Inglaterra en el siglo XVIII
En 1793 la Real Armada española alcanzaba su cénit con
80 navíos de línea y 180 fragatas, una capacidad de proyección que se había demostrado en la expedición de Cevallos. Dos décadas después, en Trafalgar, esa misma flota se había reducido a
35 navíos. Entre ambos momentos no hubo una derrota militar decisiva, sino una sucesión de casualidades —malas cosechas, revoluciones, un emperador imprevisible— que beneficiaron sistemáticamente a los británicos. La pregunta que recorre el análisis no es si Inglaterra hizo méritos para su hegemonía, sino cuánto de ella se debió al azar.
El monopolio naval que Inglaterra no supo capitalizar
Tras la guerra de independencia americana, el sector naval británico que dependía de las atarazanas de Boston y de las materias primas de las trece colonias quedó en la ruina. En Trafalgar, según el análisis más detallado, los ingleses luchaban con barcos de la guerra de los Siete Años que deberían estar fuera de servicio porque no había recursos para botar unidades nuevas. El sector naval español, en cambio, estaba en su cénit:
80 navíos de línea y 180 fragatas con una capacidad de proyección enorme.
Pese a esa ventaja, los británicos no lograron conquistar ningún virreinato español ni ninguna isla relevante. La reorganización defensiva de Carlos III y el hecho de que ellos también estaban
realmente en la mierda explican el resultado. Hubo oportunidades claras: tras el asedio de Cartagena de Indias en 1741, donde la Royal Navy perdió
23 navíos de línea y 4 fragatas —además de 16.000 soldados y marineros y 1.500 cañones—, la América anglosajona quedó desprotegida. No hubo respuesta española. Una ocasión perdida que se repite en el análisis.
La Revolución Francesa como accidente geográfico
Cuando Inglaterra estaba en su peor momento, los franceses iniciaron su revolución por una serie de malas cosechas que desencadenaron una crisis europea. La conscripción francesa generó ejércitos tan grandes que la mayoría de países continentales se arruinaron intentando igualarlos. El único país que no tenía que hacer frente al ejército de tierra francés, por ser unas islas, era el Reino Unido.
España, poco a poco, desmanteló su armada: no podía mantener simultáneamente un ejército de tierra enorme y una flota enorme. Los revolucionarios franceses, además, se cargaron a todos sus oficiales navales, convirtiendo su armada en una sombra de lo que fue. Cuando la revolución parecía aceptada y se vislumbraba paz, llegó Napoleón y multiplicó la intensidad de las guerras.
¿Fue Trafalgar una batalla decisiva?
La respuesta corta es no. Aunque los británicos hubieran sido derrotados decisivamente, la mayor parte de su armada permanecía intacta en Inglaterra y otros lugares: sin contar los barcos de Trafalgar, disponían de unos
50 navíos de línea y 355 unidades de tamaño fragata o menor. La batalla se ha convertido en un mito de la propaganda británica, pero se diluye entre otras tantas derrotas navales que sufrieron.
Lo que realmente quebró a la armada española no fue Trafalgar, sino la invasión francesa. Buena parte de lo que quedó se desguazó o se pudrió en los puertos. Para 1808 España estaba casi en quiebra técnica: la deuda pública alcanzó los
4.000 millones de reales, casi ocho años de ingresos corrientes.
El error de Napoleón y el siglo inglés
Napoleón invadió España de forma que el análisis califica de rastrera y cobarde, dando la estocada final al imperio español y al francés, y destruyendo de paso la industria y la economía de ambos países. La política exterior napoleónica benefició sistemáticamente a los ingleses, hasta el punto de que algunos análisis se preguntan si no era un topo británico.
Tras 1815, el único país marítimo que no estaba en la absoluta ruina era el Reino Unido. Holanda y Dinamarca, potencias navales menores, ya no podían flotar ni un barco. A partir de ahí construyeron su imperio sin resistencia hasta la Alemania de Bismarck. La tesis central es incómoda: si se altera cualquiera de estas variables —una cosecha, una fecha, un rey— el siglo XIX habría sido completamente distinto. El análisis se atasca exactamente aquí, en cuánto de aquel imperio fue mérito y cuánto fue el siglo de los milagros ingleses.