Femiestalinismo: El negocio de la Nomenclatura que vive del conflicto de género
En 2020, cuando el estado se preparaba para gestionar una crisis sanitaria bajo el mantra de la seguridad, otra maquinaria burocrática seguía funcionando sin pausa: la del Femiestalinismo. Este término, acuñado para describir la institucionalización de la ideología de género, va más allá del viejo "feminazi". Describe un sistema donde ministerios, juzgados de excepción y observatorios se nutren de presupuestos millonarios que dependen de que el conflicto entre hombres y mujeres nunca se resuelva. Como ocurrió con el estalinismo soviético, la Nomenclatura —esa nueva clase política— necesita perpetuar el enemigo interno para seguir cobrando.
De la actitud a la institución
El paso de la actitud individual al aparato estatal es la clave. Si el "feminazi" describía un comportamiento agresivo, el Femiestalinismo se refiere a la creación de estructuras de poder que gestionan presupuestos y votos. La izquierda, tras el fracaso de Mayo del 68, abandonó la lucha de clases por la guerra cultural gramsciana. El resultado: un estado que trata a las mujeres como seres incapaces que necesitan ser pastoreados, mientras los hombres autóctonos de clase media-baja son desarmados legal y socialmente.
El negocio del conflicto perpetuo
La Nomenclatura no busca soluciones, sino presupuestos. Cada nuevo observatorio, cada ley específica, cada juzgado de excepción es un chiringuito que alimenta a una casta. La estadística se ignora cuando no conviene: el enemigo es el hombre blanco de a pie, no la escoria que llega de África, como apunta un sector del análisis. La hipocresía es total: mientras se protege a Charo que vota fielmente, se importa mano de obra barata que compite con el trabajador autóctono.
La estafa piramidal de la ideología de género
El mecanismo es simple: crear miedo e indolencia al mismo tiempo. Como en los regímenes totalitarios, se sustituyen los intereses reales por señales emocionales: oyes "nazi" o "Franco" y se enciende el piloto automático. La masa se vuelve inercia, y esa inercia es explotada por el estado. El Feminismo, en esta deriva, se convierte en un neo-patriarcado gestionado por el Estado, que es el verdadero patriarca.
La pregunta que nadie responde es si este sistema puede desmantelarse o si estamos condenados a ver cómo la Nomenclatura sigue alimentándose del conflicto de género, mientras la seguridad real —la de las calles, la de los empleos— se sacrifica en el altar de los votos y el dinero.
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