Bitcoin: de 460 a 10.000 dólares con el efectivo en retirada
El 26 de abril de 2016 un bitcoin se pagaba a 460 dólares. Dieciséis meses después, el 17 de agosto de 2017, la cotización marcaba 4.330, con máximo histórico de 4.480. Poco después cruzaba la barrera de los 5.000 y pasaba los 10.000. La tesis que acompañaba a esas cifras no era nueva, y sigue sin serlo: el dinero físico desaparece y, con él, se va la última rendija por la que un ciudadano común puede moverse al margen del sistema. En 2016, en el panel
The Transformation of Finance del Foro Económico Mundial de Davos, se lanzó la pregunta de si el dinero físico desaparecería en diez años. Minuto 30:14. El mensaje original reta a adivinar quién levanta la mano.
El fin del efectivo y el control total del dinero
El escenario que se dibuja no tiene nada de abstracto. Si el efectivo se retira y solo queda dinero electrónico de código cerrado y centralizado, el rastro de cada operación queda en un registro que no controla el que paga. Es lo contrario, punto por punto, a lo que propone Bitcoin, y encaja con la aspiración de cualquier aparato que quiera saber dónde está cada euro: trazabilidad total, bloqueo a un clic y capacidad de vaciar una cuenta sin tocar un billete.
Hay un matiz que suele olvidarse en el relato oficial. Los arquitectos de ese sistema no renuncian a sus propias excepciones. Las cuentas offshore seguirán existiendo para quien tenga posición para pagarlas, en algún país que ofrezca el hueco. La asimetría es el meollo del asunto: control para la mayoría, flexibilidad para los de arriba.
Como precedente de lo que puede venir cuando se cierra la vía alternativa, circula el episodio griego recogido por Zero Hedge: la confiscación del mayor alijo de oro introducido de contrabando en el país. La lección que se extrae es sencilla. Antes de prohibir el dinero, se prohíben las formas de guardarlo.
¿Por qué Japón y Alemania reconocen Bitcoin como forma de pago?
Porque varios reguladores han decidido tratarlo como medio de pago legal en lugar de perseguirlo. Japón aprobó normas que lo reconocen como forma de pago válida y Alemania también lo reconoce, lo que contrasta con la imagen de un activo clandestino perseguido por todos los gobiernos por igual.
El argumento de que haría falta ser un especialista para usarlo tampoco se sostiene. La misma persona que maneja un billete no sabe qué es el multiplicador monetario, y quien navega no sabe qué es el DNS ni el TCP/IP. Nadie necesita entender el protocolo para usar el servicio. En marzo de 2016 se cerró la primera compra en Steam pagada con bitcoin.
¿Se puede bloquear Bitcoin cerrando internet?
La respuesta corta es que el remedio costaría más que la enfermedad. Un país sin internet es inviable, y su economía sufriría mucho más de lo que ganaría intentando frenar la red. Además, la propia arquitectura está pensada para sobrevivir a ese tipo de embestidas: existen protocolos de autodescubrimiento de nodos que, una vez localizan uno, reciben la lista de los demás y así sucesivamente.
Y hay refugios más viejos que la propia criptomoneda. Usenet sigue siendo un sistema distribuido del que resulta casi imposible borrar algo, y ahí se podría publicar cada hora una lista actualizada de nodos. La comparación con eMule es pertinente: quince años funcionando sin interrupción pese a todo el aparato legal en contra. El caso chino cierra el círculo, porque con el cortafuegos más agresivo del mundo sigue habiendo nodos activos.
La economía sumergida no desaparece: sobrevive en otra moneda
Suecia y Dinamarca llevan años reduciendo el uso del efectivo y la actividad al margen del circuito oficial no se ha esfumado. Simplemente se ha mudado: euros, dólares entre comerciantes asiáticos e incluso zloty polaco. Mientras el monopolio no sea del cien por cien, la gente encuentra sustitutos.
Otros van más atrás en el tiempo. En la posguerra, lo que tenía valor eran los bienes tangibles, y de ahí sale una estrategia que sigue vigente: acumular artículos no perecederos. Zapatos, whisky, herramientas, vehículos dados de baja. El trueque siempre queda. El dinero es un medio de intercambio, no un bien en sí mismo; si se le quita esa función, se puentea y asunto resuelto.
De los 460 dólares a la barrera de los 10.000
La evolución del precio es el otro hilo de toda esta discusión. 460 dólares el 26 de abril de 2016. 904 el 23 de diciembre de ese año. 1.025 el 2 de enero de 2017. 1.231 el 1 de marzo. 1.421 el 1 de mayo. 4.330 el 17 de agosto, con máximo histórico de 4.480 y la barrera de los 5.000 reventada poco después.
En el camino quedaron los que vaticinaban la caída. Cuando cotizaba a 1.100 dólares hubo quien anunció que caería a 300, y el desplome desde 19.000 hasta 10.000 sirvió para repetir el mismo diagnóstico con dos años de retraso. Después volvió a 12.000. Un participante resumía así la crítica: que está entrando dinero de forma masiva y que huele a manipulación.
Quien sí entró lo resume de forma más prosaica: dinero multiplicado por diez en menos de cuatro años. El que se quedó fuera seguirá esperando la caída que justifique no haber entrado.
De fondo queda la pregunta que nadie ha cerrado: si el efectivo se apaga de verdad, ¿qué se usará para pagar cuando el sistema diga que no?