La directriz de EEUU que amenaza a Firefox
¿Se puede navegar por internet sin tocar Chrome ni Safari? Durante años la respuesta fue sí, y esa respuesta se llamaba Firefox. Esa puerta se está cerrando. Una directriz poco conocida para los desarrolladores de sitios web del gobierno de Estados Unidos amenaza con acelerar un declive que llevaba tiempo cocinándose: hay grandes entidades públicas y privadas cuyo soporte para el navegador de Mozilla es deficiente, y el pronóstico es que empeore. El aviso, recogido en el análisis de un desarrollador que ha puesto el tema sobre la mesa, no habla de un futuro remoto. Habla de un futuro próximo.
El diagnóstico no es nuevo. Lo que ha cambiado es el ritmo. Mientras Chrome se mantiene arriba y Safari se sostiene en una cuota —un
35% que, según se apunta en el hilo, no responde a una preferencia consciente sino al parque de iPhone—, Firefox se queda sin el oxígeno que da la compatibilidad. Y sin compatibilidad, una web deja de ser una web.
El paralelismo incómodo con Netscape
A Firefox se le está quedando cara de Netscape. La broma circula y tiene fondo: el navegador que fue la alternativa nació de las cenizas de Netscape y ahora repite el guion sin disimulo. Hay quien sostiene que todo empezó a torcerse el día que Netscape cerró; otros van más atrás y lo atribuyen a decisiones de gestión —despidos de directivos, dinero de Google destinado a causas ajenas al producto— más que a la propia tecnología.
El argumento tiene su lógica. Un navegador no muere porque sea malo, sino porque los desarrolladores dejan de probar en él. Y eso ocurre antes de que el usuario lo note. Cuando llega el aviso, ya es tarde. Lo que se discute ahora es si el cierre de esa ventana es cuestión de meses o de años.
Casi todos los navegadores son Chrome con otro logo
Aquí aparece el detalle que casi nadie mira. Brave es un Chrome modificado. Chrome fue, en su origen, un Firefox modificado. Firefox venía de Netscape. La cadena de parentescos explica mejor que ningún informe dónde está el poder: quien controla el motor controla lo demás, aunque el logo y el color cambien. Opera, Vivaldi, Edge —rebautizado por estos lares como «Borde»— y varios más beben del mismo pozo. De ahí que la guerra no se libre entre navegadores, sino entre quién decide qué puede hacer un navegador.
Manifest V3, el estándar de Google que limita el alcance de los bloqueadores, o el WEI, su propuesta para verificar la legitimidad del visitante, son las dos piezas que más temen quienes viven de filtrar publicidad.
La resistencia existe, aunque con matices. Hay proyectos que se desmarcan del rastro de Google hasta el extremo de arrancarle todos los servicios. Y hay distribuciones que presumían de lo contrario: el Chromium que venía con Linux Mint acabó con el buscador de Google por defecto y con el cambio de motor difícil de encontrar,
por intereses comerciales, según se comenta. Que el adjetivo «libre» aguante según de qué se trate dice bastante del ecosistema.
¿Es Firefox más inseguro que Chrome?
No. Chrome acumula más vulnerabilidades documentadas, pero no porque sea peor, sino porque tiene muchos más usuarios y más ojos buscándole las costuras. Es la ley del más grande. Algo parecido pasa con Linux: la vieja ocurrencia de que no tiene virus ignora que casi nadie se molesta en escribir malware para un parque tan pequeño.
Lo que sí pesa contra Firefox son cosas más mundanas. Consumo de memoria, congelaciones del equipo, extensiones que dejan de funcionar de un día para otro. En unos equipos va como un tiro; en otros es un lastre insoportable. La experiencia varía tanto que las conclusiones se contradicen sin que ninguna mienta, y esa dispersión es, en sí misma, un problema de producto.
Extensiones: el paraíso de los cuatro filtros
Buena parte de la fidelidad a Firefox se juega en el bloqueador.
uBlock Origin, con todos los filtros activados, deja poco margen al resto de complementos. Por ahí asoma Decentraleyes, una extensión que sustituye las peticiones a servidores externos por copias alojadas en local —idea elegante, pero ranciamente desactualizada; para ese mismo fin se recomienda ya LocalCDN—. Y añadidos como el antivirus de Malwarebytes, útiles en Windows, se vuelven redundantes cuando el filtrado está bien afinado. Además, es de código cerrado, lo que en un navegador abierto chirría.
El usuario que no se va
Pese a todo, hay quien sigue anclado a Firefox por cabezonería o por privacidad, con Edge reservado para los trámites que exigen firma electrónica y Opera para saltarse bloqueos cuando toca. Otros han migrado a Brave o a Vivaldi y no han vuelto; unos pocos se quedaron por pura pereza y ahora fingen que no lloran. El mejor resumen lo dio uno de ellos: Firefox es como Linux, lo usa poca gente, pero quienes lo usan saben lo que hacen.