La mujer de 48 años y el alud de descalificaciones por un selfie
Una mujer de unos 48 años publica un selfie y la red responde con un coro de comentarios que mezclan edad, apariencia física y desprecio. La escena no es aislada: cada día hay decenas de casos similares, y el de hoy sirve de termómetro de una corriente que no se ha extinguido.
El cuerpo de la mujer madura, territorio de batalla
Las críticas no se dirigen al contenido, sino a la forma: la bisutería, los dientes, las pecas. Detalles que en un hombre pasarían desapercibidos y que en una mujer de cierta edad se convierten en pretexto para el improperio. Hay quien lo justifica con el argumento de que «quien se expone, aguanta». Pero la exposición no es una invitación al insulto.
La edad se convierte en arma arrojadiza. Se habla de «criatura» como si el paso del tiempo fuera una vergüenza. Y el lenguaje empleado —grosero, animalizador— revela más sobre quien lo usa que sobre quien lo recibe.
Nadie sabe quién es esta mujer, pero el patrón es reconocible: el machismo digital no distingue entre desconocidas y famosas. La única diferencia es el alcance.
El selfie sigue ahí, con su carga de normalidad. La reacción que ha provocado dice poco de ella y mucho de una cultura que aún no sabe cómo mirar a una mujer sin convertirla en objeto. Quizá el problema no sea el selfie, sino quienes no han aprendido a ver.