Agosto de 2013: chicharros para la caja, dudas para el Ibex
El Ibex 35 empezó agosto de 2013 coqueteando con los
8.400 puntos y lo acabó mirando los
8.735 sin atreverse a confesar que quería los 10.000. Entre medias, el selectivo rompió el famoso nivel de los
8.600, se dejó mecer por una liquidez que no era española y firmó un tirón final que dejó a más de uno repitiendo que el índice iba «camino de los 10.000 con paso firme». No era euforia. Era otra cosa: dinero barato, elecciones alemanas a la vuelta de la esquina y un BCE dispuesto a hacer de la Reserva Federal mientras Berlín no miraba.
El Ibex entre 8.400 y 8.735: subir sin creérselo
La tesis dominante en los análisis de aquel agosto sostenía que el Ibex no subía porque España se estuviera recuperando de algo, sino porque el BCE estaba imprimiendo «a todo correr» aprovechando el silencio alemán previo a las elecciones. El cálculo más optimista daba por hecho que, superados los
8.600, el camino quedaba despejado. El pesimista ponía la corrección en los
8.400 como mínimo y avisaba de que el recorrido al alza era residual frente a un golpe bajista de 300 puntos «por volatilidad».
La disputa técnica se libró sobre el
S&P 500. Un bando marcaba los
1.687,50 como línea roja: mientras no se cerrara por debajo, los cortos eran peligro. Otro avisaba de que, rota esa referencia, el selectivo americano se iba a los
1.660 y arrastraba a todo. Un tercero hablaba de una «zona de dolor de osos» entre
1.723 y 1.727 que podía alcanzarse con poca pólvora, porque el ratio de compras y ventas entre grandes operadores seguía por encima de uno.
El fondo del asunto era viejo conocido: la expansión cuantitativa. Una parte del mercado sostenía que imprimir dinero para sostener la economía «beneficia a unos pocos y maltrata a muchos», y recordaba que la última vez que se habló de un nuevo paradigma fue a finales de los noventa. La respuesta de los alcistas no era mejor: Bernanke era un morlaco de cuidado, sí, pero mientras la música sonara, pocos tenían prisa por levantarse de la silla.
Los chicharros que pagaron las vacaciones: Prisa, Amper y Sacyr
Mientras el índice debatía consigo mismo, el dinero de verdad se movía en los valores pequeños. En
Prisa, la vigilancia era de relojero: un paquete de
35.383 acciones apareció durante segundos tanto en el bid a
0,202 euros como en el ask a
0,204. Coincidencia o no, la acción llevaba días por encima de los
0,20 euros, con operaciones sueltas de
18.000 títulos a 0,09 que alimentaban la sospecha de manipulación. La pregunta que nadie respondía con datos: ¿quién cruza esas órdenes y para qué?
En
Amper el cierre del viernes en
1,29 euros con poco volumen se leyó como una invitación: rotura de resistencias y dinero fácil para quien entrara el lunes. En
Sacyr se soltaron
10.000 títulos a mercado tras chocar con
2,99, con la advertencia de que si el valor se iba a la parte baja del canal podía visitar los
2,6X. Y en
Gamesa hubo quien cerró con
750 euros de plusvalía que, sumados a los de la mañana en Sacyr, hicieron
1.000 euros en un solo día. El resumen que circulaba: comprar con el desayuno y vender antes de la siesta.
La operación más llamativa la contó un particular que había llevado
60.000 acciones y saltó en
17,6 al ver el panorama: más de
3.600 euros de plusvalía en menos de 24 horas, y la confesión de haberlo hecho por miedo, no por convicción. Los chicharros no premian al valiente; premian al que sale a tiempo.
El límite de las pensiones: los 2.000 euros que no cuadran
Un giro de guion interesante llegó al hilo por la vía del gasto público. La pregunta era sencilla y demoledora: cómo se sostienen miles de pensiones de
2.000 euros cuando los ingenieros recién incorporados al mercado cobran «algo más de 1.000 euros» al mes. La respuesta más dura proponía
60 años como tope, un máximo de
1.500 euros, un mínimo de
800 y el fin de las prejubilaciones a los
55.
La réplica llegó por el flanco liberal: quien cotiza el máximo durante treinta años no debería cobrar menos para compensar al que cotizó poco. Y el contraataque, por el flanco de la casta: las prejubilaciones millonarias se concentran en políticos, banqueros y plantillas de empresas públicas, todas a cargo de la caja común, mientras el resto se prepara para jubilarse «a los 70» con pensiones que, si llegan, rondarán los
600 euros. El consenso, por llamarlo así: el sistema de reparto tal y como está diseñado no aguanta. El desacuerdo: quién paga la factura.
Siria, el gas y el petróleo: cuando la geopolítica entra en el gráfico
La última semana de agosto, el mercado dejó de mirar los gráficos para mirar el mapa. Con los observadores internacionales saliendo de Siria y Obama anunciando una intervención tras el supuesto ataque químico, la discusión se trasladó al Congreso con un plazo que dejaba «hasta el 9 de septiembre» sin movimientos militares. La lectura de mercado fue rápida: recular para ganar tiempo.
El análisis geopolítico iba más allá. Se sostenía que el trasfondo era idéntico al de Libia —un corredor para transportar gas a Europa y reducir la dependencia rusa— y que el país clave por donde debía pasar ese corredor era precisamente Siria, aliada de Moscú. Sobre quién financiaba a los grupos rebeldes,
Arabia Saudí y Qatar aparecían como los nombres repetidos. Y sobre las armas químicas, la tesis circulante apuntaba a un accidente en su manipulación por parte de la oposición, algo que, a juicio de los más escépticos, explicaría el cambio de tono de Washington. Nada de eso se ha demostrado.
Un MACD de una hora y un sistema que solo funciona en un cruce
En medio del ruido, apareció un testimonio técnico que merece conservarse. Un operador confesaba haber pasado años testeando sistemas y haber llegado a la conclusión inversa a la intuición general: cuanto más simple es el sistema, mejor funciona, y cuanto más complejo, menos señales da pero más fiables son. Su herramienta era un
MACD en temporalidad de una hora con confirmación retrasada de una vela, aplicado exclusivamente al cruce
EUR/JPY. Miles de operaciones al año y un solo mercado. La lección: los sistemas no valen para todo, se adaptan a los movimientos de determinados cruces.
Otros dejaron constancia de lo contrario: pasar meses fuera del mercado tras una mala racha, con un agujero del
12% sobre el capital apalancado, y volver solo cuando el gráfico vuelve a hablar claro. La honestidad de anotar las pérdidas propias es más rara de lo que parece.
La manipulación que casi nadie discute
La acusación recurrente de aquel agosto fue la de manipulación en valores concretos. El caso más citado fue la secuencia de velas diarias de un valor minero: idéntica pauta entre el
12 y el 23 de julio y entre el
16 y el 26 de agosto, con la última vela coronando la repetición. La conclusión que se sacaba era que el patrón no podía ser casualidad. Es un indicio, no una prueba.
El resto lo puso la propia operativa. Un operador que decía moverse con carteras de ocho cifras avisaba de que solo hacía «pequeñas incursiones» vendidas para tantear al resto, y que la suelta de papel llegaría de verdad en los
1.600. Si eso era cierto o era marketing, nadie lo comprobó.
Dónde se atasca el análisis
El Ibex cerró agosto sin romper nada. La resistencia de los
8.600 aguantó, los 10.000 prometidos no aparecieron y los chicharros devolvieron tanto como dieron. Queda una pregunta sin respuesta y no es menor: por qué un mercado que subía con dinero prestado y una economía que despedía ingenieros a mil euros convivían sin que el índice lo notara. Ese es exactamente el punto donde el análisis se detiene.