Marlasca, en la diana: Ceuta, Pegasus y homofobia
¿Cuánto pesa la presión de la red sobre un ministro del Interior cuando la queja legítima se cruza con el insulto intolerante y la conspiración sin pruebas? Fernando Grande-Marlasca ha vuelto a ser el centro de una tormenta digital que exige su destitución. La mezcla tiene tres ingredientes: la denuncia por la gestión de la frontera de Ceuta, el rumor de un presunto vídeo comprometido con el programa Pegasus y un reguero de descalificaciones que no aportan nada.
La acusación que no es homófoba: el doble rasero en Ceuta
El argumento con más sustancia no va del ministro a su intimidad, sino de su cartera a su comportamiento. Se le reprocha una asimetría evidente: mientras las agresiones, los acosos y los atracos a ceutíes se habrían quedado sin respuesta contundente, el delito de repruebo contra su propia persona movilizaría todos los recursos, incluido el cierre de espacios de opinión. Dicho sin rodeos: un ciudadano cualquiera no recibe la misma protección que el ministro cuando el que se queja es él. Si ese agravio es cierto, la exigencia de cese tiene recorrido; si no, al menos debería responder con datos.
El ruido de los supuestos vídeos no ayuda a nadie
En una deriva propia de los tiempos que corren, la conversación se ha llenado de insinuaciones sobre un material gráfico de naturaleza sensual que comprometería al titular de Interior. Unos lo sitúan en manos de servicios jovenlandés; otros, en el espionaje del programa Pegasus. Ninguno aporta pruebas, y la única función de esa corriente es que la crítica material se diluya en el barro. Al final, el gran perjudicado es el debate de fondo.
Que el ministro tenga que defenderse de una campaña homófoba no le exime de explicar su gestión en Ceuta. La diferencia es que una cosa es perseguir a quien le insulta y otra, bien distinta, es perseguir a quien le confronta con los datos de la frontera.