Vender Ceuta, Melilla y Canarias a Marruecos: la propuesta que agita la política
La idea de vender con urgencia Ceuta, Melilla y Canarias a Marruecos ha pasado de ser una boutade a copar titulares. Hay quien sostiene que, si no se venden ahora, el país vecino acabará quedándoselas gratis. La propuesta, envuelta en prisa, choca contra la historia, la Constitución y el sentido económico.
Una operación de urgencia sin números
La tesis de fondo es simple: vender antes de que Marruecos las tome sin pagar. Se añade el argumento, repetido hasta la saciedad, de que esos territorios son un coladero de inmigrantes irregulares hacia la península. Pero ningún defensor de la operación ha presentado una tasación oficial, un plan de evacuación o una evaluación del coste real de mantener las tres plazas. La urgencia no es un plan: es un lema.
La réplica histórica y constitucional
La otra corriente recuerda que Ceuta y Melilla llevan más de 500 años bajo soberanía española y que Canarias es una región ultraperiférica de la Unión Europea. El artículo 8 de la Constitución encomienda a las Fuerzas Armadas defender la integridad territorial. Ceder territorio no es un trámite administrativo: exigiría reforma constitucional y, en la práctica, referéndum. Sin eso, la venta es papel mojado.
La sombra de los Sudetes
Uno de los paralelismos que más ha circulado es el de los Sudetes: la cesión de territorio para aplacar a una potencia expansionista no trae paz, sino más demandas. El apaciguamiento tiene un curriculum pésimo, y utilizarlo como referencia no favorece a los partidarios de la venta.
El coladero no es el que parece
Sobre la inmigración, hay quien ha señalado que la entrada principal no está en Ceuta o Melilla, sino en el aeropuerto de Barajas, con cifras de hasta 150.000 personas mencionadas para el próximo otoño. El control fronterizo se ha convertido en un terreno pantanoso de medias verdades, donde cada bando saca sus propios números.
La única certeza es que la controversia seguirá viva mientras no aparezca un análisis serio con números. Si el precio de la prisa es renunciar a más de cinco siglos de presencia, probablemente la operación se quede en el cajón. O al menos, hasta que alguien explique qué se haría con el dinero de la venta.