De 5.000 a 20.000 dólares en dos meses: el ciclo que desnudó a Bitcoin
Bitcoin no llegó a este mundo para sustituir al euro: llegó para poner a prueba los nervios de quien lo compra. Entre octubre de 2017 y septiembre de 2018, la criptomoneda recorrió de ida y vuelta uno de los ciclos más violentos que se recuerdan. Pasó de rozar los
5.000 dólares a amenazar los
20.000 en apenas dos meses, y de ahí se despeñó hasta los
5.700 euros al final del verano siguiente. Quien compró arriba perdió; quien vendió en el suelo, también. En medio quedó un debate que no se ha cerrado: si esto es dinero, si es una burbuja o si es, como sostenían los más convencidos,
la primera corporación descentralizada autónoma que ha creado el ser humano.
De la euforia de octubre al pico de diciembre de 2017
El arranque del tramo fue modesto. A comienzos de octubre de 2017 el precio de Bitcoin rondaba los
5.000 dólares y muchos veían ya ahí un techo razonable. La propia conversación lo refleja: había quien bromeaba con que el mercado llegaría a esa cifra y quien apostaba a que aún quedaba recorrido hasta los 7.000. Nadie hablaba de 20.000. Nadie serio, al menos.
Dos meses después la cifra parecía ridícula. A mediados de diciembre la moneda superaba los
16.000 y coqueteaba con los 20.000, y el relato cambió de golpe: la fiebre dejó de ser un fenómeno de nicho. Un participante contaba que había visto de reojo, en el ordenador de la recepción de un edificio de oficinas, una aplicación con el precio del Bitcoin en la barra superior. Otro relataba que en su empresa se había creado un grupo de mensajería solo para hablar de criptomonedas. La señal, decían, era inequívoca:
la cosa se estaba haciendo mainstream.
El detonante técnico que muchos señalaban era la llegada de los futuros. Faltaban
17 días para que el CME lanzara sus contratos, y la lectura dominante era que cubrir posiciones cortas iba a salir carísimo. A la misma hora, las plataformas de intercambio se desbordaban: una reconocía abrir
100.000 cuentas nuevas al día, y otra presumía de cifras aún mayores.
La corrección del 50% que casi nadie quiso ver venir
El giro llegó rápido y sin avisar. En enero de 2018 la cotización cayó a
9.982,05 dólares, un desplome del
15,13% en una sola jornada, y el lenguaje de los más fieles pasó del entusiasmo a la defensa numantina. Lo que antes era un desplome se rebautizó como
corrección, y quien señalaba la magnitud del daño —una caída cercana al 50% en apenas medio mes— recibía el sambenito de agorero.
No faltaban los que llevaban tiempo avisando. Algunos recordaban que la gráfica del fin del mundo cripto ya se había paseado al menos tres veces el año anterior, siempre con el mismo resultado: la muerte anunciada de Bitcoin que nunca llegaba. Otros replicaban con el argumento contrario, el que ha recorrido cada ciclo: sin fluctuaciones salvajes no habría oportunidad, y una moneda que se mueve cada hora sigue siendo una mala moneda para pagar el pan.
El caso más citado como advertencia era el de un gurú anglosajón que a finales de 2016 había pronosticado 3.000 dólares para el cierre de 2017. Acertó de pleno, y aun así se quedó corto por un factor de cinco. Un año antes, recordaba alguien, cualquier foro habría corrido a gorrazos a quien hubiera pronosticado 16.000 dólares. La lección del episodio no era el acierto, sino lo poco que sirven las previsiones cuando el mercado se mueve por pánico y codicia.
Futuros, ETF y la entrada de Wall Street en el relato
En la primavera de 2018 el mercado se estancó cerca de los 10.000 dólares y el foco se desplazó a los grandes jugadores. La compañía de pagos Square subió un
10% en bolsa tras los rumores de integración con Bitcoin, después de que su consejero delegado anunciara el trading para todos sus clientes. Ese tipo de noticias alimentaba la tesis de que la adopción institucional era inevitable, aunque el precio no terminara de acompañar.
El freno llegó desde la regulación. El mercado esperaba con incertidumbre la decisión de la SEC sobre los fondos cotizados ligados al Bitcoin, con fecha señalada para el
30 de septiembre de 2018, y cualquier señal de retraso o rechazo bastaba para tumbar el ánimo. La fuerza compradora se detenía, las medias móviles se cruzaban a la baja y la moneda se movía en lateral por encima de los
5.700 euros. El patrón se repetía: la expectativa regulatoria movía el precio más que cualquier avance tecnológico.
Prueba de trabajo, nodos y Lightning Network: la pelea técnica
Bajo el ruido del precio latía el debate de fondo, y era el más interesante. Una parte defendía que la seguridad de Bitcoin no depende del número de nodos que sostengan una versión de la historia, sino de la cantidad de
prueba de trabajo acumulada: la cadena con más cómputo gastado es la auténtica, aunque la sostenga un único nodo contra siete mentirosos. Es el argumento que separa a Bitcoin de las monedas basadas en participación.
La otra gran disputa era el escalado. Los defensores de la vía conservadora insistían en que el tamaño de bloque no debía tocarse hasta que el 99% de las transacciones fueran por
Lightning Network, el 99% del resto usara SegWit y llegaran las firmas Schnorr. Solo entonces, decían, tendría sentido discutir bloques más grandes. Frente a ellos, los críticos sostenían que mantener un nodo completo es caro, que la red es lenta y que las comisiones la hacen inservible para pagos pequeños. La conclusión que sacaban los más agoreros era la misma que hoy: sin cabeza visible, cambiar el protocolo es casi imposible, y a eso le llaman consenso.
Tether, las criptomonedas alternativas y la guerra de las mil monedas
El frente interno también ardía. La creciente familia de monedas alternativas —presentadas como soluciones rápidas y baratas— generaba una sospecha permanente: que parte de su volumen servía para apuntalar el precio del propio Bitcoin. Y en el centro de todas las dudas estaba
Tether, la moneda estable que decía tener un dólar guardado por cada token emitido. Por su estructura centralizada, cualquier rumor sobre su respaldo se convertía en un terremoto.
La discusión era casi imposible de cerrar. Quien defendía las herramientas alegaba que el problema no estaba en las monedas, sino en la estructura que las sostiene; quien desconfiaba replicaba que una moneda que depende de que alguien custodie los dólares nunca podrá ser descentralizada de verdad. Y sobrevolaba la referencia que nadie se atrevía a ignorar: el creador de una moneda privada en Estados Unidos acabó acusado de falsificación y terrorismo. De ahí que el anonimato del fundador de Bitcoin se leyera como la decisión más lúcida de todo el proyecto.
Hacienda, Montoro y el problema de convertir Bitcoin en euros
Para el inversor español, el verdadero muro llegaba al materializar. Emitir dinero al margen del Estado, recordaba alguien, es uno de los delitos que menos bromas admite, y ese era el motivo real de que la identidad del fundador siguiera oculta. Convertir una fortuna en criptomonedas a euros implicaba pasar por caja, y las estrategias que se barajaban iban desde la negociación fiscal de los millonarios hasta la relocalización a países sin plusvalías, con
Singapur y
Portugal entre los destinos citados.
La otra vía, la discreta, pasaba por monederos de mezcla y por monedas de mayor privacidad, con el cálculo —no siempre favorable— de las comisiones que se perdían por el camino. La conclusión más repetida era pragmática: asumir la mordida fiscal tiene más ventajas que jugársela a esconder el dinero.
Dejar de trabajar y su factura
El ciclo dejó situaciones que hoy suenan a fotografía de otra época. Un participante contaba que un empleado suyo se había marchado tras asegurar que tenía tanto dinero en Bitcoin que no volvería a trabajar en su vida. Otro relataba que algunos ya habían dejado el trabajo para vivir de rentas. La reacción dominante era de cautela: el trabajo, decía más de uno, es lo único que mantiene la mente atada a la realidad, y abandonarlo puede tener efectos más negativos que positivos. Mucho dinero habría que ofrecer para dejar de madrugar.
Con estos mimbres, la conclusión sobre Bitcoin debería ser clara: un activo capaz de multiplicarse por cuatro en dos meses y de devolver la mitad en seis. Lo que no está claro es si el siguiente tramo lo confirma como reserva de valor o lo hunde definitivamente en el cajón de las burbujas. Nadie, ni el más convencido, se atreve a poner fecha.