Miles de casos acumulados, cero pruebas: la lista que no cierra
Empezó con una enfermera que se desmayó en directo durante una retransmisión. Tiffany Dover, Pfizer, 2020. Años después, en pleno 2026, aquel vídeo se ha convertido en el punto de partida de una de las recopilaciones más exhaustivas —y más discutidas— de
muertes y enfermedades súbitas posteriores a la vacunación contra la covid. Casi 4.000 entradas y 355 días de rastreo diario de esquelas, obituarios y notas de prensa regional. El problema es el mismo que tenía la primera entrega: que alguien muera después de vacunarse no significa que muera por haberse vacunado. Coincidencia no es causalidad. Pero el volumen, insisten quienes mantienen la cuenta, ya no les parece cosa del azar.
El método se repite. Se peina la prensa local, se copia el obituario, se anota la edad del fallecido y, cuando la hay, la causa. Un conductor de autobús de 54 años que sufrió un infarto al volante en Picardía. Un operario de 59 que murió limpiando la chimenea de una incineradora en Sant Adrià de Besòs. Un motorista de 21 en la M-407. No todos los casos son iguales: hay accidentes de tráfico, enfermedades terminales de largo recorrido, muertes laborales sin relación aparente. La propia selección, admiten, es discutible.
Cómo se construye una lista de muertes súbitas
La mecánica es sencilla. Cada caso aporta un nombre, una edad, una fecha y, casi siempre, la fórmula que los medios usan para no decir demasiado: «descompensación», «repentinamente», «de forma inesperada». Los recopiladores han bautizado ese patrón como
repentinitis, y lo aplican sin distinción: al presentador estadounidense Chad Hasty, 43 años, fallecido mientras dormía en Lubbock, Texas; al periodista chileno Rodrigo Ulloa; al polista argentino de 34 años que se desplomó en pleno partido. La mayoría de las notas no menciona la vacuna. Y ahí está, precisamente, el argumento: el silencio mediático como prueba.
Al listado llegan también celebridades. El guitarrista de Oasis Paul Arthurs, Bonehead, con un cáncer de próstata a los 60. La enfermedad neurológica de Celine Dion. La intervención cardíaca de Roberto Carlos tras detectársele un trombo en una pierna. Y deportistas de perfil bajo: el futbolista turco Tolga Kalender, 25 años, fallecido en el hospital al que había acudido para un chequeo rutinario. Hay una escena que se repite: se rescata una publicación antigua del fallecido en la que celebraba la vacunación y se coloca junto al obituario. Lo llaman ironía. El efecto buscado es el mismo.
Cualquiera con nociones básicas de estadística sabe que cien casos sin denominador no prueban nada. Que en un país de 48 millones de habitantes muere gente todos los días, y que la mayoría de esas muertes no llega nunca a los medios. La tentación de leer cada esquela como una pieza del mismo mecanismo es fuerte. También es lo que hace que el registro, leído del tirón, impresione más de lo que aguanta un análisis pausado.
El argumento incómodo: el placebo también muere
En medio del goteo diario hay quien ha plantado cara al relato con datos. Al arrancar la recopilación se citaron los ensayos clínicos de Pfizer contra la covid:
seis participantes fallecieron, cuatro de ellos en el grupo que había recibido el placebo. En los ensayos de AstraZeneca, un voluntario murió, pero pertenecía igualmente al grupo de control. La lectura es incómoda para la tesis principal. Si en un ensayo controlado el placebo mata a más gente que la vacuna, ¿qué prueba exactamente el listado?
La respuesta de los escépticos es que el ensayo es pequeño y la lista es grande. La respuesta de los defensores del registro es que un ensayo no mide lo que ocurre cuatro años después. Y ahí se quedan las dos partes, mirándose. El dato del placebo ha quedado enterrado bajo cientos de entradas nuevas: lo recuerdan media docena de mensajes, el resto pasa página. Ese desequilibrio —el argumento que refuta frente al caso que confirma— es quizá lo más honesto de todo el conjunto.
Los estudios que se comparten (y los que se ignoran)
Cuando el caso concreto no basta, se recurre al estudio. Circulan cifras grandes. Un análisis de autopsias que, según la interpretación que se hace de él, atribuiría al
73,9% de las muertes posteriores a la vacunación la propia inyección. Tres estimaciones independientes que situarían entre 470.000 y 840.000 las muertes por ARNm en Estados Unidos. El caso de Waterford, en Irlanda: la localidad con la mayor tasa de vacunación del mundo que, después, habría registrado un
85% de mortalidad en exceso. Cada cifra llega con su gráfico y su captura de pantalla. Ninguna, con el enlace al estudio completo.
Aquí conviene una advertencia que el registro rara vez incluye. Las correlaciones temporales no establecen causalidad, y la afirmación de un vínculo directo entre las vacunas contra la covid y la mortalidad general no cuenta con respaldo científico establecido. Los organismos reguladores y la comunidad sanitaria no han confirmado ese patrón. Distinguir entre «murió después de» y «murió por» es exactamente el nudo que la lista nunca desata.
Del obituario al diagnóstico: el giro hacia el cáncer joven
Con las semanas, el registro ha ido girando del obituario al diagnóstico. Menos esquelas y más enfermos. El foco se ha desplazado hacia el aumento de tumores en menores de 50 años, una tendencia que los propios participantes reconocen que la prensa general sí ha recogido. Un titular señala que
el cáncer de piel ha crecido un 40% en cuatro años. Otro, que se investiga el aumento de cánceres en menores de 50 con causas «desconocidas». La sospecha es evidente; la atribución, no.
Aquí el registro se vuelve más literario y más flojo. Un participante compone una estrofa enumerando lo que, según los expertos, sí explicaría el fenómeno —alimentación, sedentarismo, estrés, microplásticos— y la cierra con una frase que no se sostiene como dato pero captura el tono del conjunto: de vacunas, ni una palabra. Los motivos clásicos que la propia lista aduce para descartar la causalidad —que la gente apenas fuma, bebe menos, acude al gimnasio— sirven, paradójicamente, para reforzar la sospecha.
Los testimonios que no se pueden verificar
Junto a los casos con enlace hay otro material que no se puede comprobar: relatos personales. Alguien cuenta que el padre de una amiga, 71 años, se desplomó en el mostrador de un centro de salud mientras pedía cita. Otro asegura que en su pueblo hay varios jóvenes de entre 20 y 40 años con cáncer. Un tercero recuerda una conversación con una vecina que se puso las dosis de gripe y covid juntas y le restó importancia al riesgo. Son testimonios anónimos, sin parte médico ni seguimiento, y funcionan como el pegamento emocional del listado.
Los mensajes sobre suicidio se tratan de pasada, con la misma lógica difusa: se atribuye al efecto de la vacuna un fenómeno del que no se aporta ningún dato. Es el punto donde el registro pierde cualquier aspiración de rigor y se convierte en lo que siempre fue: una conversación sobre lo que cada uno cree haber visto a su alrededor.
La campaña que no se detiene
Mientras el listado crece, la maquinaria pública sigue su curso. La campaña de vacunación de gripe y covid arranca en Andalucía con novedades: la dosis de alta carga se amplía a los mayores de 75 años, y se suma la protección frente al virus respiratorio sincitial en residencias. Los primeros en vacunarse son los niños de entre seis meses y casi cinco años, junto a embarazadas y personal sociosanitario. En paralelo, los casos de covid se doblan en siete días entre mayores y niños, con la incidencia disparada en bebés.
El contraste entre las dos velocidades —la recopilación acumulando nombres y la administración pinchando dosis— es el telón de fondo de todo el asunto. También aparece, de refilón, el caso del futbolista suizo Granit Xhaka, apartado de su selección tras admitir un certificado de vacunación falso durante la pandemia. Un recordatorio de que la documentación y la realidad no siempre coincidieron.
Dónde se atasca el análisis
La lista lleva un año acumulando nombres y no ha producido un solo caso con autopsia, seguimiento clínico y nexo causal demostrado. Tampoco lo va a producir, porque no es eso lo que busca. Lo que hace es dibujar un fondo estadístico difuso —gente joven con cáncer, infartos a los cuarenta, desvanecimientos sin diagnóstico— y colocar cada pieza en la misma bandeja. La coincidencia importa; la prueba, no. Un jubilado de 70 años que fallece «de forma inesperada» y un adolescente de 14 que sufre un ictus acaban en la misma columna.
Y ahí, exactamente ahí, el registro se detiene. Sigue creciendo cada semana, con cada nueva esquela que un medio local publica sin atreverse a decir la causa. Alguien muere, alguien anota la edad, alguien lo cuelga con el mismo ritual. Nadie cierra la cuenta. Nadie puede cerrarla. La pregunta que la lista lanza —cuánto de esto es la vacuna— no la responde la lista, ni el periódico que publicó el obituario, ni el juez que no ha investigado nada. La única certeza es que los nombres siguen sumándose.