Roma y España: el paralelismo que divide a los historiadores
Dos imperios separados por catorce siglos comparten un mismo patrón: fundaron ciudades, trazaron calzadas, impusieron una lengua común y extendieron una religión. La comparación entre el Imperio romano y el Imperio español en América no es nueva, pero sigue levantando ampollas. Unos ven en ambos un proyecto civilizador que sacó a medio mundo de la fragmentación tribal; otros, una economía de saqueo disfrazada de misión providencial. El debate, lejos de cerrarse, se reabre cada vez que alguien menciona la palabra «legado».
Qué dejó Roma y qué dejó España
El Imperio romano civilizó casi toda Europa, extendió el lenguaje escrito, dejó una lengua culta común y, en su última época, extendió el cristianismo. Su herencia incluye el latín, la cultura grecolatina, el derecho romano y el cristianismo inicial. El Imperio español en América, con catorce siglos de diferencia, replicó ese modelo: fundó ciudades, universidades y hospitales, impuso el castellano como lengua administrativa y extendió el catolicismo.
La comparación tiene defensores entusiastas. Se argumenta que ambos imperios fueron
generadores, no depredadores: incorporaron a los territorios conquistados a su estructura política y económica, crearon infraestructuras y promovieron la mezcla cultural. Frente a esto, el Imperio británico operó de forma distinta: factorías costeras, extracción de materias primas y, en muchos casos, sustitución de la población nativa.
Pero el paralelismo tiene grietas. Roma construyó anfiteatros, calzadas y acueductos; España, iglesias y campanarios. Un participante lo resume con retintín: unos llenaron su territorio de viaductos, otros de universidades donde se discutía si el Purgatorio era sólido, líquido o gaseoso.
La economía esclavista como freno tecnológico
Uno de los argumentos que aparecen en la discusión es económico. Roma tenía una economía esclavista sustentada por el expolio a provincias y estados clientes. Esa base, lejos de ser un detalle, explica por qué no hubo Revolución Industrial en el siglo V. Las máquinas no se cansan, no comen todos los días y no se rebelan. Si el argumento de que la esclavitud frenó la mecanización fuera cierto, jamás se habrían creado máquinas, ya que eran sustituibles por esclavos.
La ciencia grecorromana estaba mucho más avanzada de lo que solemos creer. Habían medido la circunferencia de la Tierra, conocían el tornillo sinfín, manejaban el fuego griego. Las calzadas y la Pax Romana facilitaban las comunicaciones. ¿Por qué no dieron el salto? La hipótesis más repetida: no tenían una potencia rival que los amenazara. Los partos nunca fueron una amenaza real. Sin carrera tecnológica militar, sin necesidad de innovar para sobrevivir, el incentivo se diluyó.
El legado español en América: ¿civilización o expolio?
La controversia sobre el legado español es más virulenta. Hay quien sostiene que España dejó en 1820 el territorio más desarrollado y próspero del planeta, con ciudades, carreteras, puentes, fuertes, cartografía completa del mundo conocido y estudios sistemáticos de todas las lenguas que se iban encontrando. El Imperio español consiguió que millones de personas aprendieran que dos más dos no son quince, resume un participante con ironía.
La réplica llega desde el otro flanco: la economía era corrupta, basada en saqueo e impuestos, y básicamente agrícola. Los esclavos daban prestigio; las máquinas no. Se hicieron artefactos técnicos, pero solo como medio de demostrar poder y gloria, sin aplicación práctica.
El punto más incómodo: ¿qué pasó después de la independencia? Los defensores del legado español sostienen que las excolonias británicas mejoraron al librarse del yugo, mientras que las españolas, sin la dirección peninsular, se dedicaron a organizar festivales de la OTI. La herencia romana fue buena porque la mayoría de los súbditos eran blancos, la base genética era buena, se llega a decir. El Imperio británico no deja la misma huella en Estados Unidos que en la India. Ni el francés en Quebec y en Senegal.
La ingratitud de la Iglesia y el mito de la Inquisición
Un punto recurrente es la ingratitud de la Iglesia católica con los dos imperios a los que debe todo. La Inquisición, se recuerda, fue fundada en Francia en el siglo XII, no en España. Las cruzadas se declararon en el siglo XI y participaron sobre todo franceses, flamencos y alemanes. El odio cateto-xenófobo-narcisista se alimenta de la ignorancia, sentencia un participante.
Frente a esto, se reivindica el papel español en la creación del derecho internacional, los derechos humanos (Escuela de Salamanca y controversia de Valladolid), el estudio científico de las lenguas (Elio Antonio de Nebrija) y la economía capitalista moderna, empezando por el mercantilismo. La defensa de la ciencia ante la barbarie protestante se contrapone a la quema de brujas y a la destrucción de bibliotecas.
El Rey Felipe VI y el título de emperador romano
Una de las curiosidades que surgen en la discusión es que el Rey Felipe VI es, de hecho, el heredero legítimo del título de emperador romano. La afirmación, lanzada sin más contexto, conecta con la idea de continuidad histórica entre Roma y España que atraviesa todo el debate.
El modelo económico: ¿generador o depredador?
La distinción clave que emerge es entre imperios generadores y depredadores. El generador se replica en provincias incorporando a la sociedad sometida sin prefijar techos de cristal que le impidan alcanzar la igualdad con los naturales del imperio. Su fundamento económico es simétrico o tiende a la simetría. El depredador crea factorías costeras de las que salen las materias primas y los impuestos y llegan la manufactura y el control colonial. Su grado de éxito, visto a día de hoy, radica en la suplantación exacta de la población nativa por la colonial.
Roma y España, según esta tesis, fueron generadores. El Imperio británico, un depredador. La discusión sobre cuál de los dos modelos es superior sigue abierta.
¿Por qué no hubo Revolución Industrial en Roma?
La pregunta planea sobre todo el debate. La respuesta más repetida es la ausencia de competencia real. Sin rivales que amenazaran su supervivencia, Roma no tuvo necesidad de innovar. La tecnología existía, pero no se aplicaba. Los esclavos eran más baratos que las máquinas, y las máquinas no daban prestigio. El resultado: siglos de avances potenciales que nunca se materializaron.
¿Y España? Si el Imperio español hubiese derrotado a sus rivales históricos (Francia, Inglaterra, Holanda) y hubiese llevado a cabo la Revolución Industrial, sería superior al Romano. Como eso no sucedió, el Imperio Romano se queda como el más grande de la historia y el Español, el segundo.
Con estos mimbres, la pregunta no es cuál fue mejor, sino si el legado justifica el método. Y ahí, cada cual elige su bando.