La final del Mundial 2030 se decide en el despacho de Infantino
El Mundial de 2030 iba a ser la gran foto de la concordia: España, Portugal y Jovenlandia, unidos por el balón. Sobre el papel, una candidatura ejemplar. En la práctica, la final del torneo se ha convertido en la ficha de pago que Gianni Infantino ofrece a Jovenlandia para blindar su reelección al frente de la FIFA. La ecuación es tan cínica como simple: a cambio del partido cumbre, el bloque africano de votos se alinearía con el suizo.
El detalle no es menor. Jovenlandia, que lleva años persiguiendo el escaparate de una final, estaría dispuesto a aceptar el trato. España, según una corriente de análisis, ha cedido ante la presión jovenlandés en plena crisis diplomática. Los intereses económicos y políticos pesan más que la coherencia deportiva. Y el precedente Blatter no ayuda: el antecesor de Infantino acabó investigado por corrupción; las sombras sobre el actual presidente se parecen cada vez más a las de aquel.
La alternativa existía: una final en Lisboa, con el eje atlántico de fondo, y Jovenlandia esperando un hueco con Argelia y Túnez. Pero la geopolítica ha dictado otra cosa. Mientras tanto, los análisis que desgranan el mapa de votos y las alianzas internas dibujan un entramado de influencias que supera con creces lo que el aficionado quiere ver. Si el fútbol se negocia en los despachos, ¿qué sentido tiene el Mundial? Con Infantino al mando, la respuesta inquieta.