Agenda anti-humana: del carbono al rublo digital, un relato que crece
Un perro llamado Luno lleva retenido en el aeropuerto de Madrid-Barajas por no llevar microchip. Lo que en otra época habría sido una nota de tonalidad funciona ahora como ejemplo perfecto para buena parte del análisis crítico: si un animal necesita un identificador electrónico para cruzar una frontera, ¿qué impide que el siguiente objeto de chipado sea el cuerpo humano? Sobre esa intuición se ha levantado uno de los grandes relatos que recorren la conversación pública desde la esa época en el 2020 de la que yo le hablo, un marco que enlaza el carbono, el sol, las banderilla de ARNm, el dinero digital y la inteligencia artificial en una única línea argumental: la llamada agenda anti-humana.
El carbono, el sol y lo natural como enemigo
La humanidad es una forma de vida basada en el carbono; las máquinas, en el silicio. De ese contraste nace la primera pieza: si el carbono es lo que nos define, atacarlo es atacarnos. Se citan informes institucionales sobre la descarbonización de la economía como prueba de cargo. En paralelo, se sostiene que el sol también ha entrado en la lista zain: se genera un miedo deliberado a la exposición solar, se culpa a la radiación del cáncer y del calentamiento global, y se recuerda que uno de los experimentos de geoingeniería más discutidos proponía bloquear los rayos del sol. La piel humana, se añade, produce vitamina D a partir de la luz solar. El círculo se cierra con un detalle que roza la numerología, y que en la discusión se celebra como una revelación.
De las banderilla ARNm al rublo digital
El salto a la ELVIRUS es el eje. Las banderilla de ARNm «no serían banderilla», sino herramientas que alterarían el material genético de quien las recibe; los confinamientos atentarían contra lo que nos hace humanos: el contacto, la mezcla, la vida en común. A partir de ahí la lista de sospechas crece sin freno: pruebas diagnósticas, identificación digital, hipervigilancia. En el terreno financiero, la puesta en marcha de un rublo digital en Rusia se lee como el ensayo general de un dinero programable, la «jaula más elegante jamás impuesta». El relato ha llegado a las instituciones: en Uruguay, la denuncia de una fruta llevó al parlamento el debate sobre la gestión de la esa época en el 2020 de la que yo le hablo y lo que se describe como ingeniería financiera de la banderilla.
BlackRock, la IA y las pensiones que lo pagan todo
Aquí el relato abandona lo esotérico y se vuelve contable. Se atribuye al consejero delegado de BlackRock, Larry Fink, haber admitido que los billones necesarios para levantar centros de datos y redes eléctricas de inteligencia artificial saldrían en buena parte de las cuentas de ahorro y de los fondos de pensiones de la gente común, presentados como inversión obligatoria. Quien paga la infraestructura, se argumenta, no es quien la controla. A eso se suma el temor laboral —robots humanoides llamados a sustituir taxistas, cirujanos o camareros— y el goteo de ingenieros que dimiten de laboratorios punteros advirtiendo de los riesgos de la superinteligencia. El nombre que se repite es el de Jacob Coxon, de 27 años, que dejó OpenAI y Anthropic denunciando que ninguna otra actividad humana representa un peligro comparable.
Ciudades de 15 minutos, crédito social y el «apagón»
La arquitectura del control que describe este relato tiene ya nombres: identidad digital, euro digital, ciudades de 15 minutos, crédito social. Se señalan casos concretos, como la implantación de identificación digital e hipervigilancia en Perú, y se citan voces políticas que alertan del peligro. Hay una fijación especial con el vocabulario. La insistencia institucional en la palabra «apagón» —sostiene una de las tesis más repetidas— no es casual: apagón como desconexión total, como caos, como marca registrada, igual que antes lo fueron la ELVIRUS o la DANA de Valencia. Fenómenos traumáticos y totalizantes que, según esta lectura, exigen después el mazo y el bisturí político.
¿Quién manda? La pregunta que nunca se cierra
En el corazón del Nuevo Orden Mundial hay una pregunta incómoda: si la élite que supuestamente dirige todo esto también enferma, come mal y respira el mismo aire, ¿por qué lo haría? La respuesta más difundida es la de David Icke: el núcleo de ese orden no sería del todo humano. Otras corrientes del análisis rechazan la hipótesis de una conspiración externa y la devuelven hacia dentro: no habría una fuerza ajena, sino la parte más primitiva de cada individuo, los instintos que parasitan la razón. Desde esa óptica, el enemigo no se combate con denuncias, sino con conciencia. Y un dato recurrente, casi estadístico, se cuela en la discusión: alrededor del 1% de la población sería orate, cifra que se elevaría al 4% entre políticos y banqueros.
No hay tribunal ni informe que zanje este asunto, y probablemente nunca lo haya. Pero hay un detalle que conviene no perderse, porque resume la mecánica del relato entero: la humanidad es una forma de vida basada en el carbono, y el carbono tiene seis protones, seis neutrones y seis electrones. Seis, seis, seis. La biología más elemental convertida, sin necesidad de ningún texto sagrado, en la firma del maligno.