La meseta del hambre: ¿yermo o bosque? Los datos desmienten el mito
Afirmar que la Meseta del Hambre –término coloquial para la España interior– no reúne las condiciones mínimas para albergar vida es rotundamente falso. Al menos si se atiende a los datos objetivos de superficie forestal, densidad de árboles y producción agrícola. Sin embargo, la percepción de un paisaje árido y hostil persiste, alimentada por experiencias personales y una literatura que retrata la llanura como un infierno de polvo y sol.
Los números de la España verde interior
Castilla y León es la comunidad autónoma con mayor superficie forestal de España: el 14,38% del total nacional, según datos de la Junta. La comunidad alberga 1.171 millones de árboles, casi el doble que Andalucía (603 millones), y tiene una densidad de 12.427 árboles por kilómetro cuadrado, frente a los 6.883 de la comunidad andaluza. Incluso su superficie arbolada supera a la de Suiza. Un foro de discusión lo resume con un dato: Castilla y León cuenta con más de 700.000 propietarios forestales, con una superficie media de 6,73 hectáreas por titular.
Pero no todo es monte: el valor del PIB agrario de Castilla y León y Castilla-La Mancha juntos iguala al de Andalucía, pese a tener la mitad de habitantes. La alfalfa de estas tierras se exporta incluso a Arabia Saudí. Lejos del tópico del desierto, la meseta produce trigo, cebada, girasol y vino.
El bosque continuo de 24 kilómetros
En la provincia de León, al final de un pueblo, comienza un bosque de 24 kilómetros de longitud y 4 o 5 de ancho. Sin nombre, sin cartel, con árboles centenarios. Sus defensores aseguran que en toda Inglaterra no existe un bosque continuo de ese tamaño. Castilla y León, insisten, tiene mayor masa forestal que todo el Reino Unido, incluida Escocia, donde el pastizal sin árboles domina por el viento. La clave no es la falta de vegetación, sino su gestión: miles de hectáreas privadas se aran año tras año, manteniendo el suelo desnudo y erosionado, cuando bastaría con dejar actuar a especies tapizantes para reverdecer amplias zonas.
El mito literario y la realidad administrativa
La imagen de una llanura yerma, de polvo lunar y sol que calcina hasta las piedras, debe mucho a la literatura. Fragmentos de Juan Rulfo ambientados en México se citan para describir la Sagra toledana. Hay quien recuerda que la meseta siempre fue un secarral natural, agravado por incendios históricos y talas masivas durante la Edad Media y el siglo XIX. Pero la realidad es que la España interior es una de las regiones más arboladas de Europa. Paradójicamente, también es la que más superficie forestal quema: Zamora encabeza los rankings de incendios. El fuego, no el clima, es el verdadero enemigo.
¿Hay vida en la meseta?
Sí, y en abundancia. Otra cosa es que el modelo de poblamiento disperso, los pueblos envejecidos y la falta de servicios hagan la vida dura. Pero el diagnóstico de que la tierra no puede sostener vida es un error estadístico. Los datos de superficie forestal y producción agraria lo contradicen. La cuestión no es si la meseta es habitable, sino cómo revertir la despoblación y la percepción negativa. Con una reforestación bien planificada –no solo de pinos– y la introducción de fauna como osos, lobos o bisontes, algunos proponen convertir la meseta en un gran bosque. Otros sueñan con un mar interior. A corto plazo, lo más probable es que la meseta siga siendo lo que es: un territorio de contrastes, con enormes extensiones verdes y otras que parecen sacadas de Marte. Pero de ahí a decir que no alberga vida, va un abismo.