El coste de no subirse al carro woke: ¿valentía o tozudez?
Abrazar lo fácil tiene premio inmediato; rechazarlo, no tanto. Esa es la trampa del wokismo: la sociedad empuja a la conformidad con un discurso que promete inclusión, pero exige lealtad. Quien se sale del guión lo paga en oportunidades sociales y económicas. Sin embargo, un puñado de voces sostiene que el camino fácil es una ilusión, que detrás de la máscara progresista se esconde una nueva ortodoxia tan rígida como la que dice combatir.
La paradoja del crítico woke es que combate el sistema con las herramientas del sistema. Usa el mismo smartphone, el mismo sistema operativo, el mismo buscador que financia a las empresas que abrazan la causa. Una contradicción que algunos señalan como hipocresía, pero que otros ven como simple pragmatismo: no hay alternativa tecnológica limpia.
¿Qué lleva a alguien a no bailar al son de la victoria total del wokismo? Quienes resisten hablan de una capacidad para ver más allá, de un instinto de supervivencia frente a una tendencia que consideran nefasta. Creen que la historia juzgará esta época como decadente, y esperan sentados a que la burbuja estalle. Mientras tanto, asumen el coste de ser el raro en la cena, el que no sigue el consenso moral.
La verdad, dicen, es un valor a largo plazo. Pero a corto, el que se sale del relato oficial pierde puntos en el mercado social. Aún así, algunos prefieren la coherencia a la comodidad, aunque el premio sea solo la satisfacción de no haberse rendido.
A largo plazo, quizá la verdad prevalezca, pero el corto paga las facturas. Y mientras el río pasa, los cadáveres de las modas pasajeras acaban flotando.