Los 90: mil pesetas la hora, alquiler de 45.000 y miedo en la calle
¿Se vivía mejor en los años 90 o simplemente se tenían veinte? La pregunta reaparece cada vez que una plataforma rescata una consola, una serie o una camiseta zain de manga corta, y siempre con el mismo choque de fondo: la memoria dice paraíso y los recibos dicen otra cosa. En 1999 un botones de hotel cobraba casi mil pesetas la hora, pagaba 45.000 de alquiler y salía de copas por 500. Fueron también los años en que algunas calles se recuerdan como un Mad Max de barrio. Las dos cosas son ciertas. Eso es lo incómodo.
Qué costaba vivir en el año 1999
El dato que mejor resiste la nostalgia no es una canción: es una nómina. Un puesto de botones de hotel, contratado vía empresa de trabajo temporal, se pagaba a casi mil pesetas la hora —unos seis euros— con ocho horas diarias en turno partido y dos días de descanso. Las propinas sumaban una media de 4.000 pesetas al día. Enfrente, un alquiler de 45.000 pesetas mensuales, unas 270 en euros. La copa costaba entre 450 y 500. Con esos márgenes no hace falta romantizar nada: sale aritmética.
La cara que la nostalgia borra
El reverso no es menor. La España de los 90 tenía una variada fauna de delincuencia casi impune —kinkis, yonkis, skins de uno y otro signo—, armas blancas en las reyertas y peleas que empezaban sin que mediara el robo. En las grandes ciudades, la película que mejor retrata ese clima es El día de la Bestia, y no como piropo. A las carreteras se sumaba otra sangría: se podía circular en moto sin casco hasta que la normativa lo prohibió, con dramas familiares que la siniestralidad registró durante años. Y la precariedad laboral era la norma: contratos sin firmar, temporadas, economía sumergida.
Dónde se torció la década
Aquí aparece el ladrillo. Una corriente sitúa el origen del desaguisado en la reforma liberalizadora del suelo de finales de los 90, la que convirtió la vivienda en activo de especulación y alumbró el modelo que después se financió a crédito. La lista de daños que se le atribuye es concreta: herencias rotas, compradores atrapados, capacidad de consumo exprimida y una clase media que se estrecha. La tesis contraria apunta a los ayuntamientos y a la maraña urbanística: si el suelo disponible es poco y caro, el precio sube gobierne quien gobierne. Ambas lecturas comparten un punto incómodo: el techo dejó de ser un techo para ser un mercado, y nada posterior ha desmontado ese mecanismo.
Dos mitades que no se parecían
La propia década se parte en dos. Hasta mediados de los 90, España se parece todavía a los 80: caminos de cabras, tecnología carísima y una televisión que compaginaba el erotismo de máxima audiencia con un país donde ser gai era peligroso y, a menudo, delito. Desde 1995 el salto se ve a simple vista: calles y coches mejores, consolas domésticas de calidad, carreteras por fin asfaltadas. El resumen cabe en una paradoja: la misma sociedad que estigmatizaba a un chaval por su orientación aplaudía el destape nocturno, y la normalización posterior llegó de la mano de gente como Pedro Zerolo. No era una España más libre. Era una España menos vigilada.
Con los recibos delante, la conclusión no tiene épica: los 90 no fueron mejores. Fueron nuestros. Que, con lo que cuesta hoy un alquiler, tampoco es un argumento tan flojo como para pasar de él.